La cortina metálica está a punto de bajar como bajan las cosas que han dejado de ser necesarias: sin escándalos ni ceremonias. En la calle 5 de Mayo número 19 B, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, la tienda Artículos Ingleses, fundada en 1936, se prepara para cerrar en este mes, tras casi un siglo de vida.
Detrás del vidrio del exhibidor, quedarán algunos paraguas de mango curvo que no salieron ni en oferta, sombreros, corbatas de lana que, aunque elegantes, entraron en desuso después de la pandemia de COVID 19 y bastones junto a ese olor persistente a madera encerada que otorgó a la ciudad, una elegancia venida de lejos. No fue solo un comercio, fue una forma cotidiana de asomarse a la sobriedad británica sin abandonar la capital mexicana.
Hubo un tiempo en que los aires londinenses cabían en esa vitrina que hoy se desmonta. Bastaba detenerse frente al aparador para reconocer otra cadencia: la de la discreción. En una ciudad acostumbrada al exceso visual y al ruido permanente, la tienda ofrecía un descanso. Entrar ahí implicaba modular la voz y aceptar que el buen vestir es, en el fondo, una forma de educación. Hoy, en cambio, el reflejo del cristal devuelve apenas el paso apurado de los transeúntes, el celular en la mano y el aviso del cierre definitivo. El local se vacía, la memoria queda suspendida. Adentro, un cliente habitual baja la voz frente al dependiente del mostrador, como si el cierre exigiera todavía esa antigua cortesía.
Durante buena parte del siglo XX, este establecimiento funcionó como un pórtico urbano. No hacía falta viajar a Londres para comprender la estética británica: estaba ahí, entre telas sobrias y colores contenidos, recordando que el estilo no es moda, sino carácter. Artículos Ingleses no vendía objetos, transmitía una ética del tiempo largo, una confianza en la permanencia que hoy parece fuera de lugar, en una ciudad entrenada para la sustitución constante.
Esa continuidad no surgió de la nada. Desde los primeros años de vida independiente de la Nación, México e Inglaterra se observaron con cautela. Si en el siglo XIX la relación fue de deuda y diplomacia, en el XX la influencia se volvió un imaginario cultural que se filtró en los hábitos. Esa historia encontró en la tienda de 5 de Mayo, una expresión doméstica, casi íntima, donde la cultura se probaba frente al espejo.
Por ello, su cierre no responde únicamente a razones comerciales. Es síntoma de una ciudad que modifica sus referentes, presionada por dinámicas inmobiliarias donde la memoria pesa menos que la ganancia inmediata. La gentrificación no siempre expulsa con violencia, a veces lo hace por agobio. La elegancia dejó de ser argumento y, sin aviso, se volvió estorbo.
Resulta una paradoja del calendario que, mientras la tienda baja su cortina, se anuncie la designación de Alejandro Gertz Manero, como embajador de México en Inglaterra, en vísperas del bicentenario de las relaciones diplomáticas. La coincidencia adquiere un espesor particular: el futuro Embajador está obligado a la mutación de su perfil —del fiscal moroso ensimismado en los pliegues del poder al diplomático diligente—, ojalá sea posible, capaz de leer la cultura como el instrumento central de la política internacional.
La relación bilateral se sostiene ahora en otros espacios. Universidades, residencias artísticas y sitios como el University Club of México, que funcionan como los nuevos reductos donde la herencia británica, la disciplina cívica y la conversación ilustrada intentan preservar un método de convivencia. Ya no hay vitrinas a pie de calle, pero persiste el intercambio.
Quizá el problema no es que las ciudades cambien, sino qué deciden olvidar mientras lo hacen. No se trata de embalsamar nostalgias, sino de preguntarnos qué hacemos con aquello que ya no vende, pero todavía significa. Entre la cortina metálica de la calle 5 de Mayo y la prisa del peatón que no mira, la ciudad toma nota de algo incómodo: la elegancia no desapareció, simplemente dejó de atender al público. Y como suele ocurrir en esta capital, nadie protestó, nadie levantó la voz por la asfixia de un local casi centenario. Todos siguieron caminando. Solo un ‘hasta pronto’ entre el cliente habitual y el leal dependiente del mostrador.