Hablar de los derechos de las mujeres en México no es ya solo una discusión jurídica; es ya una conversación que los ciudadanos tenemos en la vida cotidiana, sobre lo que ocurre en nuestro hogar, con la pareja, con los hijos y en nuestras relaciones familiares. La familia, ese espacio que debería ser sinónimo de cuidado y protección, sigue siendo para muchas mujeres un lugar de desigualdad, silencios impuestos y, en los casos más graves violencia.
Desde la reforma constitucional de 2011, México reconoció que los derechos humanos contenidos en los tratados internacionales forman parte del orden jurídico nacional. Entre ellos, la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discrminación contra la Mujer (CEDAW) y la Convención Belém do Pará representan compromisos claros del Estado para transformar las relaciones de género, dichos instrumentos no hablan de privilegios, si no de justicia, igualdad y dignidad.
La CEDAW nos recuerda que la discriminación contra la mujer no es natural, ni inevitable; es una construcción histórica y cultural, que debe y puede cambiarse en la familia, esto se traduce en igualdad en el matrimonio, corresponsabilidad en las responsabilidades como el cuidados de los hijos, respeto sobre decisiones personales y reconocimiento del trabajo doméstico mismo que durante siglos ha sido invisibilizado y no remunerado.
Por su parte, la Convención Belem do Pará rompió una barrera histórica al reconocer que la violencia contra la mujer es una violacion a los Derechos Humanos, aunque sea dentro de su propio hogar. En este sentido la violencia familiar dejó de ser un “asunto privado” para convertirse en un problema público que exige una acción inmediata del Estado y de la sociedad.
En 2018, el Comité de CEDAW evaluó a México y emitió observaciones contundentes, sobre los avances normativos, ya que expresó una gran preocupación por los altos niveles de violencia de género, feminicidios, desaparición forzada, mismas que persisten a pesar de los avances. También señaló la falta de armonización legislativa entre los estados y las barreras que enfrentan las mujeres para acceder a la justicia, especialmente aquellas en situación de pobreza, indígenas migrantes o con discapacidad. El documento es claro: las leyes existen, pero su aplicación es insuficiente.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha incorporado estos estándares internacionales y ha desarrollado criterios que obligan a juzgar con perspectiva de género. Esta ha señalado que los estereotipos de género son una forma de discriminación y que los jueces deben considerar las desigualdades estructurales que afectan a las mujeres, de igual forma, ha reconocido el trabajo doméstico y de cuidados, y ha establecido que la violencia familiar es una violacion a los derechos humanos que genera obligaciones de prevención, investigación, sanción y reparación.
A pesar de ello, la transformación no depende solo de tribunales y leyes, depende de lo que ocurre en cada familia; ¿Quién cuida, quién decide, quién decide renunciar a su desarrollo profesional, quien soporta la violencia en silencio, estas preguntas no son abstracta, reflejan realidades que millones de mujeres viven diariamente.
Concientizar sobre los derechos de las mujeres en la familia, implica reconocer que la igualdad no se logra solo con discursos, si no con cambios concretos en la práctica cotidiana, implica criar a las niñas y niños, sin imponerles expectativas determinadas por estereotipos culturales, fomentar el respeto mutuo, y enseñar que el valor de las personas no depende de su sexo, si no de su dignidad y capacidades.
El Comité de la CEDAW fue claro, México debe cerrar la brecha entre una norma y la realidad. La igualdad sustantiva exige políticas públicas, presupuesto, capacitación judicial, y sobre todo es necesario un cambio cultural profundo. Los derechos humanos no solo se consolidan en los tribunales; se construyen en el hogar, en la crianza, en el respeto y la consideración con los demás individuos que se encuentran en nuestro entorno.
El medio familiar es el primer espacio donde se enseña y valora a la dignidad humana, si en nuestro núcleo se tolera la discriminación o la violencia, la sociedad entera reproducirá esas desigualdades, pero sí por el contrario en la familia se practican la igualdad, el respeto, y la corresponsabilidad, se construyen las bases de una sociedad igualitaria.
Concientizar es el primer paso. Transformar, la tarea pendiente. Y el territorio donde empieza esa transformación sigue siendo, irremediablemente, nuestro hogar.