Otro joven inadaptado y sin monitoreo parental. Otra serie de publicaciones turbias en redes sociales. Y, al final, otra trágica historia de una masacre escolar, algo que cada vez se vuelve más común en nuestra sociedad. Esta vez, Michoacán es el escenario. El asesinato de Rosario y Tatiana, dos trabajadoras de la preparatoria Anton Makárenko en Lázaro Cárdenas, a manos de un estudiante de apenas 15 años, es producto de una “cultura de la muerte” que germina en el abandono institucional y se nutre de la disponibilidad de armas militares en los hogares.
El atacante, hijastro de un elemento de la Secretaría de Marina, accionó un fusil de asalto AR-15 con un cargador de 40 cartuchos. De entrada, el acceso a un calibre de guerra en un entorno doméstico revela una negligencia familiar y sistémica que las autoridades no pueden omitir. Sin embargo, en este caso, el arma fue apenas el instrumento de un odio que ya habitaba en el discurso del menor. En sus redes sociales, la estética de los narcocorridos y el resentimiento misógino (enfocado en las feministas) anticipaban una violencia que las instituciones dejaron pasar desde noviembre pasado, cuando las primeras amenazas fueron minimizadas como simples “bromas” de adolescentes.
Este doble feminicidio expone la putrefacción de una juventud expuesta a foros de odio y a la narrativa del crimen organizado como única vía de autoafirmación, situación que sólo se recrudece ante la falta de atención familiar, por una parte, y la indiferencia de las fiscalías al no poder ver como “delitos a perseguir”, los discursos de odio en redes sociales.
Hoy, la muerte de Rosario y Tatiana, de 36 y 37 años, es la factura que paga la sociedad por el abandono de sus jóvenes. No basta con operativos de revisión de mochilas si no existe un saneamiento profundo de la cultura de violencia que rodea a los menores en Michoacán. El sistema de justicia para adolescentes procesará al agresor, pero la responsabilidad ética recae en un Estado que permite armas de guerra en las casas y en una sociedad que mira hacia otro lado mientras sus hijos se convierten en verdugos. La tragedia en la preparatoria Makárenko es, en esencia, el fracaso de todos los filtros de protección que debieron evitar que un niño de 15 años decidiera que matar era su única forma de expresión.
Esta semana, dos vidas humanas se convirtieron en cifras de un fenómeno cada vez más común, y los discursos de odio en foros de internet ganaron adeptos y un nuevo ídolo. A sus 15 años, Omar selló el futuro del resto de su vida en nombre de una serie de ideas y aspiraciones de las que, quizá, ni terminó de estar consciente. Después de lo que hizo, es difícil verlo como una víctima más de esta cadena de podredumbre social, pero no podemos ignorar todos los eslabones que fallaron para que tres vidas, incluida la suya, terminaran de esta manera.
Ejemplos urgentes
La historia de México no debería centrarse en los destructores, hay que enfocarnos en los constructores. Para cambiar un poco el tono, rescato esta cita que dijo el historiador Enrique Krauze durante la presentación del libro “Liderazgo con propósito”, que rinde homenaje al legado de Eugenio Garza Lagüera, quien terminó de consolidar a FEMSA como el gigante empresarial que es hoy. Y es que, en estos tiempos, donde la violencia y el crimen parecen ser el modelo ideal de jóvenes, urge que como sociedad recuperemos ejemplos positivos, y, sin duda, la vida y obra de Garza Lagüera es un ejemplo de liderazgo. Más allá del éxito financiero, el texto, editado por Clío, rescata una ética de responsabilidad social y “pureza financiera” que priorizó la lealtad a sus colaboradores incluso en las devaluaciones más severas. Por ello, el legado del empresario regiomontano es una referencia obligada para quelas nuevas generaciones de emprendedores recuerden que, al innovar y crecer, nunca se debe perder de vista el sentido humano y la visión de Estado.