En una ciudad acostumbrada al concreto, al ruido y a la prisa, a veces olvidamos que debajo de nuestras calles todavía vive la memoria del agua. No en forma de leyendas urbanas o ciudades secretas escondidas bajo tierra, sino en algo mucho más valioso: las obras hidráulicas que hicieron posible la vida en la Ciudad de México. Recientemente volvió a circular una historia fascinante sobre Chapultepec. Muchas personas creen que existe una “ciudad subterránea” debajo del bosque, llena de túneles misteriosos y construcciones ocultas. Pero la realidad, aunque menos fantástica para algunos, es mucho más extraordinaria: lo que existe bajo nuestros pies es una monumental infraestructura hidráulica que durante décadas permitió llevar agua a millones de personas.
Los Tanques de Dolores, la antigua Casa de Bombas y diversas estructuras hidráulicas históricas son testimonio de una época en la que la ciudad entendía el agua no solamente como un recurso, sino como un elemento estratégico para sobrevivir. Son monumentos silenciosos que narran cómo el Valle de México intentó adaptarse a una relación compleja con sus ríos, manantiales y acuíferos. Y es ahí donde debemos detenernos a reflexionar. Porque el problema del agua en nuestra ciudad no comenzó ayer.
Durante décadas fuimos enterrando ríos, cubriendo barrancas y sustituyendo ecosistemas enteros por asfalto. Convertimos el agua en algo invisible: la escondimos en tuberías, drenajes y túneles. Dejamos de verla correr y, con ello, dejamos también de respetarla. La fachada histórica ubicada en Tlalpan, que todavía conserva la memoria de aquella infraestructura hidráulica, es mucho más que una construcción antigua. Es un recordatorio de que la ciudad alguna vez tuvo una conexión más consciente con el agua. Nos habla de ingeniería, sí, pero también de visión pública. De gobiernos y generaciones que entendieron que garantizar el acceso al agua era una prioridad colectiva. Hoy vivimos una contradicción dolorosa.
Mientras algunas personas siguen creyendo que bajo Chapultepec hay secretos ocultos, el verdadero misterio es cómo llegamos al punto de tener crisis hídricas recurrentes en una ciudad construida sobre lagos. La respuesta está en nuestras decisiones urbanas. Hemos permitido que los ríos desaparezcan de la vista. El Río de la Piedad fue entubado y convertido en vialidad. El Río Tacubaya quedó reducido a infraestructura oculta. El Río Becerra, que alguna vez fue parte del equilibrio ecológico de la zona poniente, hoy enfrenta contaminación y abandono. Por eso he insistido en la necesidad de recuperar nuestros ríos urbanos y replantear la relación de la ciudad con el agua.
No podemos seguir viendo el drenaje como el destino natural de nuestros cuerpos de agua. Necesitamos avanzar hacia proyectos de saneamiento, recuperación ambiental y rescate de espacios hídricos que le devuelvan oxígeno a la ciudad. Hablar de agua ya no es solamente hablar de medio ambiente. Es hablar de salud pública, de justicia social, de desigualdad y de futuro.
Porque mientras algunas zonas padecen inundaciones, otras viven escasez extrema. Y en medio de esa paradoja, seguimos ignorando la historia que literalmente sostiene esta ciudad desde abajo. Las antiguas obras hidráulicas de Chapultepec y Tlalpan no deberían verse únicamente como reliquias arquitectónicas. Deberían convertirse en símbolos pedagógicos de lo que fuimos capaces de construir cuando entendíamos que el agua era el centro de la vida urbana. Necesitamos recuperar esa visión. Porque hoy la Ciudad de México enfrenta una paradoja alarmante: tenemos una de las infraestructuras hidráulicas más grandes del continente y, al mismo tiempo, una de las crisis hídricas más severas.
De acuerdo con datos oficiales de SEGIAGUA y del Gobierno de la Ciudad de México, la capital cuenta con alrededor de 14 mil kilómetros de red de agua potable y más de 11 mil kilómetros de red de drenaje. Sin embargo, durante décadas olvidamos construir una verdadera red pluvial separada que permita captar, infiltrar y reutilizar el agua de lluvia de manera eficiente. La verdadera historia bajo Chapultepec no habla de ciudades perdidas, habla de algo mucho más importante: de cómo el agua construyó esta capital… y de cómo todavía estamos a tiempo de salvarla.