Treinta y nueve días de atención colectiva tendrá la Copa Mundial de la FIFA 2026, concluyendo el próximo 19 de julio. Esta edición presenta rasgos extraordinarios: se realiza en Canadá, Estados Unidos y México, abarcando 16 ciudades, 48 selecciones y 104 partidos. La distribución favorece a Estados Unidos con 78 encuentros, 13 para México y 13 para Canadá. México alberga juegos en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, convirtiéndose en el primero en recibir tres mundiales.
Ninguno de los mandatarios norteamericanos asistió a las inauguraciones en sus territorios. La presidenta mexicana declinó ir al hoy llamado “Estadio Ciudad de México” —antes Azteca—; cedió su boleto a la joven indígena Yolett Cervantes, de Tlaquilpa, Veracruz, justificando solidaridad social por el alto costo del boletaje, aunque el motivo implícito pareció ser evitar los abucheos de la grada. En la inauguración optó por el Fan Fest, zonas públicas con pantallas gigantes y territorio afín. La decisión evoca los torneos de 1970 y 1986, donde los expresidentes Gustavo Díaz Ordaz y Miguel de la Madrid recibieron históricas silbatinas.
Por su parte, el Rey Felipe VI de España apoyó a su selección en Jalisco frente a Uruguay y la Princesa Hisako de Takamado de Japón a la suya en Monterrey ante Túnez. Al contrario, el presidente de Sudáfrica canceló su viaje al partido inaugural en México, mientras que la Casa Blanca delegó su representación en Los Ángeles en el Secretario de Estado, Marco Rubio, ante Paraguay.
Aprovechando esta coyuntura, el monarca español se reunió con Claudia Sheinbaum en el Palacio Nacional el 25 de junio. El encuentro abrió un paréntesis en la “pausa” diplomática dictada por el insolente expresidente Andrés Manuel López Obrador tras exigir una disculpa pública a la Corona por la Conquista; reclamo desatendido por Madrid y considerado fuera de proporción por analistas. En una escena propia del teatro del absurdo, el balón destrabó la rigidez bilateral: el jefe del Estado español fue recibido en la misma sede donde fue censurado, sin que mediara el perdón solicitado.
El diseño del torneo confirma la prioridad del negocio sobre la esencia deportiva. Al inflar el calendario para maximizar los derechos de transmisión y patrocinio corporativo, la FIFA asegura una recaudación de 11,000 millones de dólares, transformando la competencia en una operación de mercado global; el torneo funciona como el soporte de una maquinaria financiera administrada desde el extranjero.
Mientras los reflectores se posan en la cancha, la agenda pública sigue dominada por la inseguridad y las carencias en salud y educación, en un marco judicial y democrático degradados y altos índices de impunidad. Las calles muestran hospitalidad, pero también exponen las contradicciones socioeconómicas de una nación en permanente búsqueda de rumbo. El verde de la camiseta funciona como una tregua momentánea frente a la polarización política alimentada por huestes del propio gobierno de la transformación, entre “fifís” y “chairos”. Esta tensión no se reduce al simple fanatismo; coexiste el deseo genuino de unión nacional con una evasión catártica ante una realidad desafiante para los jóvenes.
Entre tanto, las embajadas de Estados Unidos y Gran Bretaña emitieron alertas de riesgo para sus nacionales por aglomeraciones e inseguridad en zonas turísticas y estados de la República. Bajo la lluvia inaugural marcharon la presión sindical de la CNTE —vista por especialistas como extorsión mediática—, transportistas agobiados por la extorsión y madres buscadoras de desaparecidos; sumados desordenes, agresiones y cinco muertes.
Después de los éxitos contra Sudáfrica, Corea del Sur, República Checa y Ecuador, todo parece desmoronarse con la derrota ante Inglaterra. El resto del mundial ya no será el mismo sin México. Pero el mexicano ha aguantado y reído como lo sabe hacer. Bien cabe recordar al maestro Octavio Paz en “El Laberinto de la Soledad” (Los hijos de la Malinche): “Toda la angustiosa tensión que nos habita se expresa en una frase que nos viene a la boca cuando la cólera, la alegría o el entusiasmo nos llevan a exaltar nuestra condición de mexicanos: ¡Viva México, hijos de la chingada!”. Una frase que, dice Paz, se convierte en un verdadero grito de guerra, cargada de electricidad.