Los días en que solamente fuimos mexicanos

7 de Julio de 2026

Los días en que solamente fuimos mexicanos

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José Pérez Linares

El Azteca guardó un silencio que pareció demasiado largo.

México había recibido dos goles en apenas unos minutos y el partido comenzaba a escaparse. Raúl Jiménez acomodó el balón sobre el manchón penal. Durante un instante desaparecieron las cornetas, los tambores y el murmullo de las tribunas. Luego vino el disparo.

El rugido brotó en una cabecera y se extendió por todo el estadio como una descarga eléctrica. Ochenta mil voces empujaron el mismo grito mientras el eco del Himno Nacional, entonado minutos antes, parecía seguir suspendido sobre el césped. Un hombre abrazó al desconocido que tenía al lado. Dos filas abajo, una mujer lloraba sin avergonzarse. Un niño, sobre los hombros de su padre, agitaba una bandera demasiado grande para sus brazos. Nadie preguntó nombres, oficios, procedencias ni historias. Bastó aquel gol para reconocerse.

A cientos de metros del estadio ocurría algo parecido.

En una fonda de barrio los comensales dejaron enfriar los platos. En una caseta de vigilancia alguien acercó un radio al oído. En una tienda de abarrotes el dueño dejó de contar el cambio a la mitad. Un taxista bajó el volumen de la música. En un taller de la Doctores un mecánico dejó la llave sobre el cofre de un automóvil. La misma exclamación atravesó calles, mercados, talleres y viviendas, como si por un momento toda la ciudad respirara al mismo compás.

Durante aquellas semanas ocurrió algo inusual en la Ciudad de México.

No cambió su ritmo. Siguieron las obras, el Metro abarrotado, las prisas y los pendientes. Lo que cambió fue otra cosa. Bastaba una pregunta:

—¿Dónde vas a ver el partido?

Y la respuesta abría una charla que no necesitaba presentaciones. El balón iba de una cancha a otra, pero también de una mesa a otra, de un mercado a una oficina, de una escuela a una casa. Durante aquellas semanas la ciudad habló un mismo idioma.

Las diferencias nunca desaparecieron. Seguían ahí, como siguen en cualquier sociedad abierta. Lo extraordinario fue que dejaron de ocupar el centro de la escena. Durante noventa minutos importaba mucho menos aquello que distinguía a unos de otros que la posibilidad compartida de un gol más.

Entonces llegó el pitido final.

El silencio regresó.

En la fonda alguien volvió a su plato frío. El taxista subió el volumen de la música. El mecánico retomó la llave y siguió apretando tuercas. Poco a poco la ciudad recuperó su respiración cotidiana.

Volvieron las noticias, las obras que seguirán modificando sus calles, los debates públicos y los asuntos que reclaman respuestas. Ningún Mundial podía cambiar esa realidad. Tampoco era su misión.

Las ciudades, no sólo se levantan con el concreto de sus obras; se sostienen también con el hilo invisible de sus recuerdos. Ojalá el de 2026 nos deje algo más que estadios relucientes y fotografías para el archivo. Que nos devuelva la memoria de esos días en que la urbe habló un sólo idioma, recordándonos que debajo del barniz de las discordias late una patria compartida. Es decir, la certeza de que esa tarde, junto al desconocido de la tribuna o el comensal de la fonda, volvimos a ser solamente mexicanos: ni chairos ni fifís, ni bandos irreconciliables suspendidos en un agravio perpetuo. Si el eco de ese grito conjunto logra ganarle el partido a la rutina, el verdadero legado no se habrá quedado atrapado en las estructuras del Azteca, sino en la milagrosa posibilidad de reconocernos, sin adjetivos, con la misma camiseta.