El modelo chinampa no es una reliquia del pasado. Es, probablemente, una de las respuestas más inteligentes que existen frente a la crisis ambiental, hídrica y alimentaria que vive la Ciudad de México.
Mientras el mundo busca soluciones tecnológicas millonarias para enfrentar el cambio climático, en Xochimilco y Tláhuac sobrevive un sistema agrícola creado hace siglos que ya entendía algo fundamental: la ciudad y el agua no pueden vivir separadas.
Las chinampas nacieron como un sistema artificial de cultivo construido sobre zonas lacustres. Los pueblos originarios aprovecharon el agua como aliada y no como un enemigo que debía entubarse o desaparecer. A través de islotes formados con lodo, vegetación y raíces de ahuejotes, lograron crear uno de los sistemas agrícolas más productivos y sostenibles del planeta.
Hoy, cuando la capital enfrenta hundimientos, escasez de agua y pérdida de biodiversidad, el modelo chinampero cobra una relevancia urgente. Las chinampas no sólo producen alimentos: funcionan como pulmones ambientales, reguladores térmicos y espacios de captación hídrica. Son una infraestructura ecológica viva que ayuda a mantener el equilibrio ambiental de la ciudad.
De acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente de la Ciudad de México, el sistema chinampero fue reconocido por la FAO como Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), debido a su enorme valor ecológico, cultural y alimentario. La zona protegida comprende más de 2 mil 215 hectáreas en Xochimilco y Tláhuac, donde miles de familias todavía trabajan la tierra mediante técnicas heredadas de generación en generación. En contraste, el modelo chinampa demuestra que sí es posible construir una relación distinta con el territorio.
Las chinampas mantienen canales vivos, permiten la infiltración del agua y conservan especies nativas. Además, representan una barrera natural frente a la expansión urbana descontrolada. La propia Sedema ha informado que, en los últimos años, se han destinado inversiones históricas para la recuperación de la zona chinampera, incluyendo limpieza de canales, saneamiento ambiental y apoyos directos a productores.
Entre las acciones destacan la limpieza anual de 160 kilómetros lineales de red canalera y la rehabilitación de humedales que forman parte del equilibrio ecológico de la capital. Sin embargo, la amenaza continúa. La urbanización irregular, la contaminación del agua y el abandono del campo ponen en riesgo este patrimonio vivo.
Muchas chinampas han dejado de producir alimentos y han sido sustituidas por construcciones, bodegas o espacios turísticos que olvidan el verdadero valor ambiental de la zona. Defender el modelo chinampa implica entender que el futuro de la ciudad depende también de recuperar su relación con el agua. No podemos seguir pensando en los humedales como terrenos “vacíos” o improductivos. Son infraestructura natural indispensable para la resiliencia urbana.
En tiempos donde se habla tanto de ciudades inteligentes, quizá la mayor inteligencia ambiental sea aprender de quienes hace siglos ya sabían convivir con los lagos sin destruirlos. Las chinampas no son solamente historia: son una lección vigente de sustentabilidad, soberanía alimentaria y adaptación climática.