La inflación en México ha dejado de ser un dato técnico para convertirse en una experiencia cotidiana: está en la mesa, en el mercado, en la angustia de quien estira el gasto y no alcanza. No es la cifra -ese 4.6 % anual que aún parece “controlado”- lo que define el momento, sino su composición. Porque hoy la inflación tiene rostro, y ese rostro es el del jitomate, la tortilla, el huevo y la carne.
El problema no es solo que suban los precios, sino por qué están subiendo. Y ahí es donde la narrativa oficial se queda corta. La inflación actual no es producto de un exceso de demanda ni de un desorden monetario; es una inflación de choques, de disrupciones, de fragilidad estructural.
Primero, el contexto internacional. La guerra en el golfo ha tensionado el mercado energético global, elevando el costo del petróleo y, con él, toda la cadena de producción y transporte. Pero el golpe no termina ahí: también ha impactado los fertilizantes, insumo clave para el campo. El resultado es directo: producir alimentos es más caro, y ese costo termina inevitablemente en el consumidor.
Segundo, la inseguridad carretera. En México, mover mercancías es cada vez más riesgoso. El robo al transporte de carga no solo encarece los seguros, sino que obliga a rutas más largas, mayores tiempos y costos logísticos adicionales. Cada tráiler asaltado no es solo una estadística: es un incremento silencioso en el precio final de lo que comemos.
Tercero, la propia vulnerabilidad del sector agrícola. Dependiente del clima, de insumos importados y de cadenas logísticas frágiles, cualquier disrupción -sequía, encarecimiento de fertilizantes o bloqueos- se traduce en volatilidad de precios. Por eso el jitomate puede duplicar su costo en semanas y arrastrar consigo toda la inflación.
En este contexto, la tortilla se vuelve símbolo. No es solo un producto: es el indicador más sensible del bienestar. Cuando sube, no hay discurso que lo contenga. Y hoy está bajo presión por todos los frentes: maíz, energía, transporte e incluso factores políticos.
El gobierno ha respondido con subsidios a combustibles, acuerdos de contención y presión a productores. Medidas útiles, sí, pero insuficientes frente a un fenómeno estructural. Porque no se puede subsidiar indefinidamente una realidad global adversa, ni contener por decreto lo que responde a fuerzas económicas profundas.
La inflación que vivimos no es pasajera. Es el reflejo de un país expuesto a choques externos, con debilidades internas no resueltas. Y mientras no se atiendan esas raíces -seguridad, autosuficiencia energética, fortalecimiento del campo-, el problema no desaparecerá.
Así, la pregunta ya no es si la inflación seguirá. La pregunta es cuánto más puede resistir la mesa de las y los mexicanos antes de que el dato económico se convierta en problema político.