¿De izquierda o de derecha? Esa ya no es la pregunta

23 de Julio de 2026

¿De izquierda o de derecha? Esa ya no es la pregunta

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Annia Quiroz

Antes, decir que eras de izquierda o derecha, comunicaba una idea al mundo.No resolvía todas las diferencias, pero sí permitía entender desde qué principios hablaba una persona. La izquierda privilegiaba la igualdad, la redistribución y un Estado con mayor capacidad de intervención. La derecha apostaba por la libertad económica, la propiedad privada, el orden institucional y una menor intervención estatal. Entre ambos extremos existían matices, contradicciones y evoluciones, pero había una lógica reconocible.

Pero hoy ya no podemos simplificarlo de esa manera. Por ejemplo, en México, llamamos “derecha” a cualquiera que critique al gobierno e “izquierda” a cualquiera que lo defienda. Las categorías dejaron de describir ideas para convertirse en descalificaciones.

“Conservador”, “chairo”, “neoliberal”, “comunista” o “fifí” ya no buscan explicar una postura política; más bien, parece que se quiere cancelar al interlocutor antes de que termine de hablar.

Pero, ¿qué significa hoy ser de izquierda?, ¿defender un Estado fuerte? Entonces habría que explicar por qué gobiernos que se reivindican de izquierda han fortalecido a las Fuerzas Armadas, una institución históricamente asociada por la propia izquierda latinoamericana con la concentración del poder.

¿Significa ampliar los programas sociales? Esa bandera ya no pertenece exclusivamente a la izquierda, porque gobiernos conservadores en Europa sostienen amplios estados de bienestar, mientras gobiernos de distintas corrientes utilizan la política social como una herramienta de legitimidad.

¿Y qué significa ser de derecha?, ¿reducir impuestos?, ¿defender el libre mercado?, ¿promover valores tradicionales? Tampoco existe una respuesta única, porque hay partidos que defienden el libre comercio y el matrimonio igualitario; así como otros impulsan políticas económicas liberales mientras endurecen su agenda migratoria o de seguridad.

La realidad es que ya no existen sólo dos colores en este manual. Sin embargo, seguimos actuando como si todo pudiera resolverse preguntando: ¿de qué lado estás?, y eso no resuelve lo que se pretende.

Cuando la discusión se reduce a identidades, desaparece la obligación de explicar decisiones. Ya no importa si una reforma fortalece las instituciones o las debilita; basta con saber quién la presentó. Y entonces pasa a segundo término lo importante: las políticas públicas.

Porque lo que cambia la realidad son las decisiones y la capacidad institucional para ejecutarlas, ¿estás tomando en cuenta eso?, ¿estás cuestionando lo importante?, ¿cumplió lo que prometió?, ¿su programa de gobierno coincide con sus decisiones?, ¿sus legisladores votan conforme a los principios que dicen defender?, ¿existe coherencia entre sus estatutos, su plataforma electoral y el ejercicio del poder? Ésas son las preguntas que fortalecen una democracia, porque los partidos políticos no son marcas.

Te explico que por mandato constitucional, los partidos políticos deben contar con una Declaración de Principios, un Programa de Acción y Estatutos. Es ahí donde un partido define qué entiende por democracia, qué modelo económico propone, qué derechos pretende proteger y cuáles son los mecanismos mediante los que ejercerá el poder. Esos documentos son el contrato político con la ciudadanía, pero el problema es que casi nadie los lee.

Entonces, mientras la ciudadanía discute si un partido es “de izquierda” o “de derecha”, pocas veces revisa si ese partido realmente gobierna conforme a los principios que él mismo escribió. Y ahí es donde dicen: “todo es un engaño”.

Y es quelas etiquetas no generan identidad, pero los principios sí generan obligaciones; y un partido puede decirse humanista, liberal, progresista o conservador. Tiene derecho a hacerlo. Lo que no debería poder hacer es abandonar los principios con los que pidió el voto sin enfrentar el costo político de esa contradicción.

Una ideología explica desde dónde parte un proyecto político. Pero son las políticas públicas las que revelan hacia dónde realmente quiere llevar al país. Entonces, el error más grande que hemos cometido como electores ha sido creer que votamos por una palabra, y no es así. Votamos por un proyecto de nación. Y ese proyecto no se encuentra en un eslogan de campaña ni en una etiqueta de izquierda o derecha.

Se encuentra —o debería encontrarse—, en los principios que un partido promete defender y en la congruencia con la que decide gobernar.

Ahí está la diferencia entre un ciudadano informado y un simpatizante, y también la diferencia entre una ciudadanía responsable que no sustituye las ideas por etiquetas.