Dos años

2 de Junio de 2026

Dos años

Julieta Mendoza - columna

Hay momentos en la política en los que una victoria deja de pertenecer a quien la obtuvo y comienza a pertenecer a la historia. Claudia Sheinbaum está entrando en ese territorio. Dos años después de la elección que la convirtió en la primera mujer presidenta de México, el país ya no observa el tamaño de su triunfo, sino el peso de sus decisiones. La emoción de aquella noche de junio de 2024 ha sido reemplazada por una pregunta mucho más exigente: ¿qué ha cambiado realmente en México desde entonces?

La respuesta no cabe en una consigna ni en una conferencia matutina. Se encuentra en un país que sigue apostando por la continuidad de un proyecto político, pero que también empieza a exigir resultados propios.

Y quizá la mejor pista la ofreció la propia presidenta el pasado fin de semana desde el Monumento a la Revolución. El acto fue presentado como una rendición de cuentas por el segundo aniversario de su triunfo electoral, pero políticamente significó algo más profundo: una declaración de identidad. Sheinbaum habló de crecimiento económico, programas sociales, empleo e inversión. Sin embargo, el concepto que atravesó todo su discurso fue otro: soberanía.

No es un detalle menor.

Los gobiernos suelen elegir cuidadosamente las palabras que repiten. López Obrador construyó buena parte de su liderazgo alrededor de la corrupción y los privilegios. Sheinbaum parece estar construyendo el suyo alrededor de la defensa de la soberanía nacional frente a presiones externas y frente a lo que considera intentos de injerencia extranjera en la política mexicana. Esa narrativa ocupó un lugar central en su mensaje y revela mucho sobre el momento político que vive el país.

La presidenta ya no gobierna desde la expectativa. Gobierna desde la responsabilidad. Ya no se le observa como la candidata ganadora ni como la heredera de un liderazgo popular. Se le observa como la principal responsable del rumbo nacional.

Esa transición parece sencilla, pero es enorme.

Durante meses, buena parte del análisis político estuvo atrapado en una pregunta equivocada: cuánto se parecía Sheinbaum a su antecesor. Hoy la pregunta relevante es otra: qué está haciendo la presidenta con el poder que recibió.

La respuesta muestra claroscuros.Y ahí aparece el gran desafío del sexenio.

La seguridad continúa siendo la asignatura pendiente del Estado mexicano. Más allá de los datos oficiales, la percepción cotidiana de millones de ciudadanos sigue marcada por la violencia, la extorsión y la presencia del crimen organizado en diversas regiones. Ningún gobierno puede considerarse plenamente exitoso mientras la seguridad permanezca como la principal preocupación nacional.

La primera mujer presidenta de México ha dejado de ser noticia por ser mujer. Lo que hace dos años representaba un acontecimiento histórico hoy forma parte de la normalidad democrática. Ese cambio cultural es quizá uno de los logros más profundos de esta etapa. La presencia femenina en la máxima responsabilidad política del país ya no es una excepción; es una realidad asumida por la sociedad mexicana.

Por eso el segundo aniversario del triunfo de Claudia Sheinbaum tiene un significado distinto al primero.

Ya no se trata de celebrar una victoria electoral. Se trata de medir una administración.

La multitud que la acompañó en la Plaza de la República mostró que Morena conserva capacidad de movilización y que la presidenta mantiene un liderazgo sólido dentro de su movimiento. Unas 130 mil personas acudieron al acto, según cifras oficiales de la Ciudad de México.

Pero la historia suele ser indiferente a las multitudes. Lo que finalmente permanece no son los mítines, los discursos ni las celebraciones. Lo que permanece son los resultados.

Y precisamente ahí comienza la etapa más compleja para cualquier gobernante: el momento en que el poder deja de ser prestado por una victoria electoral y se convierte en propiedad de sus propias decisiones.

Ese momento ha llegado para Claudia Sheinbaum.