El partido comienza en casa

8 de Julio de 2026

El partido comienza en casa

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

Dedico mi reflexión semanal a la memoria de mi tío Eduardo Zamora Rangel, quien partió hace un año -en julio de 2025-, era el mejor arbitro “del mundo mundial”, excepcional forjador de la ingeniería petrolera y me enseño pacientemente las reglas del futbol.

Cada fin de semana millones de personas ven un partido de fútbol convencidas de que podrían arbitrar mejor que quien está en el centro de la cancha. Basta una tarjeta amarilla, un penal o un fuera de lugar para que las redes sociales se llenen de descalificaciones. En ocasiones, la inconformidad va mucho más allá de la crítica deportiva y se convierte en insultos, campañas de odio e incluso amenazas.

Esto también ha sucedido con la árbitra mexicana Katia Itzel García, quien pese a convertirse en una de las máximas representantes del deporte nacional y arbitrar en la Copa Mundial de la FIFA 2026, también ha enfrentado la parte más oscura del deporte: la violencia que nace cuando dejamos de entender que las reglas existen para proteger el juego. Esta historia no trata solamente de fútbol.

Tampoco trata únicamente de una árbitra; habla de algo que comienza mucho antes de que alguien tome un silbato, vista una toga o asuma cualquier responsabilidad pública, habla de la familia.

LA EDUCACIÓN FAMILIAR

Con frecuencia pensamos que la educación familiar consiste en enseñar buenos modales o inculcar valores. Existe igualmente, una enseñanza más profunda: aprender que no siempre tendremos la razón, perder también forma parte de la vida y respetar una decisión es indispensable para convivir en sociedad.

El primer contacto con las reglas no ocurre en un estadio, ocurre en casa. Es ahí donde una niña o un niño descubre que existen límites, que las consecuencias tienen sentido y que la autoridad no se ejerce desde el miedo, sino desde la congruencia. Cuando esa formación existe, el deporte deja de ser únicamente una competencia y se convierte en una escuela de ciudadanía.

QUIEN ARBITRA, JUZGA

Quizá por eso no resulta casual que muchos de los valores que se exigen a un árbitro sean exactamente los mismos que esperamos de un juzgador: preparación, independencia, autocontrol, imparcialidad y capacidad para decidir bajo presión. En ambos casos siempre habrá alguien inconforme.

El árbitro marca un penal y una tribuna protesta. El juez dicta sentencia y una de las partes considera que la decisión fue injusta. Ninguno de los dos está llamado a satisfacer expectativas. Su obligación consiste en aplicar las reglas. El derecho familiar vive esa realidad todos los días.

En los juzgados familiares se desenhebran conflictos profundamente emocionales: un divorcio, la custodia de los hijos, una pensión alimenticia o un régimen de convivencia. Es comprensible que cada persona llegue convencida de tener la razón; lo que no sería aceptable es que la decisión dependiera de quién grita más fuerte, de quién tiene mayor influencia o de quién recibe más aplausos.

La justicia, igual que el deporte, necesita de autoridades que resistan la presión.

Por ello, resulta significativo que Katia Itzel García haya complementado su formación deportiva con estudios universitarios y actualmente curse la licenciatura en Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es un recordatorio de que la autoridad no se improvisa, se construye con preparación, disciplina y aprendizaje permanente.

Pero antes del deporte y antes de la universidad existe otro espacio que muchas veces olvidamos reconocer: La familia.

Las madres, los padres y quienes participan en la crianza no solamente educan para aprobar exámenes o conseguir un empleo. Las familias forman personas capaces de aceptar una derrota sin recurrir a la violencia, de expresar desacuerdos sin destruir al otro y de comprender que una regla justa protege a todos, incluso cuando en un momento determinado no nos favorezca.

Quizá ahí radique el verdadero desafío de nuestro tiempo: México reclama ahora mejores deportistas, mejores abogados, mejores personas juzgadoras, y también está forjando mejor ciudadanía.

Ciudadanía que entienda que ninguna diferencia deportiva justifica una amenaza; que perder un partido nunca vale más que la dignidad de una persona; y que el respeto por las reglas comienza mucho antes del primer silbatazo.

Porque la cancha es solamente el escenario, el partido más importante se juega todos los días dentro de nuestras familias.

Y es ahí donde se decide sí las próximas generaciones aprenderán a resolver sus diferencias con violencia… o con justicia.