Actualmente, muchas cosas se pueden fingir en redes sociales para manipular la opinión pública: aparente sorpresa, desmedido entusiasmo por un lanzamiento, falsa indignación… Pero también es claro cuando algo ya no se puede fingir, como la falta de amor hacia las celebridades y la decepción que nos provocan cuando sus posturas políticas son incongruentes.
Con tantos problemas que hoy atraviesa México, y destacando la relación tan tóxica con Estados Unidos, lugar donde actualmente reside Alejandro González Iñárritu y donde celebridades como Diego Luna y Gael García Bernal pasan gran parte de su tiempo, ellos prefieren usar sus plataformas para hablar de… fútbol. Se entiende que es un tema de actualidad, con la Copa Mundial en puerta, pero no deja de sorprender la manera en que este trío ha desviado la atención de otros temas más urgentes con un acto que parece sincronizado.
Aún no encuentro ninguna declaración desafiante, o algún cuestionamiento al gobierno en turno (como acostumbraban hacerlo antes), pero lo que sí alcanzo a ver es una estrategia coordinada para mandar el balón a la cancha del oponente. En su reciente visita a la Ciudad de México, González Iñarritu criticó a la FIFA, haciendo eco de previas declaraciones de García Bernal en el Festival de Cannes, y mismo caso con Diego Luna, quien hace unos días presentó México 86, una película de Netflix que quiere aprovechar la actual (inexistente) fiebre futbolera.
Además de lanzarse contra la FIFA como enemigo común, sin atreverse a comentar sobre las muchas deficiencias en las que incurre nuestro país como sede, pretenden alzar la voz cual luchadores sociales que se ponen del lado del pueblo, con temas como los precios de los boletos. Así, también desvían las críticas hacia sus proyectos y el hecho de que ellos no tienen que soportar a diario la negligencia de las autoridades que realizan obras de último minuto en la Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, que nos tienen sumidos en el caos. Se apersonan aquí, pero hablan con distancia.
Aún así, los fans de Alejandro González Iñárritu abarrotaron el foro de la Cineteca Chapultepec donde presentó el libro conmemorativo de los 25 años de Amores Perros. Sus “fans”, como siacaso dirigir películas fuera lo mismo que bailar pop coreano. La relación de los mexicanos con celebridades de la era neoliberal tiene trazos de síndrome de Estocolmo, pues siguen enamorados de una promesa que nunca se iba a cumplir para todos.
¿Por qué el cine solamente es “mexicano” cuando los productores le exigen al pueblo que acuda religiosamente a cada estreno? Pero cuando el público se quiere involucrar de otras maneras o expresar alguna queja, siempre llega el recordatorio de que el cine no es nuestro sino de particulares, como si no tuviéramos ninguna autoridad para opinar.
Iñárritu vino a México a días del Mundial para ser ingresado a El Colegio Nacional por sus aportaciones al cine, pero aprovechó para opinar ante los medios de comunicación que los boletos para los partidos le parecen incosteables. Y lo son. Pero nadie se atrevió a recordarle que los boletos para el cine también son caros para la mayoría de las familias mexicanas. ¿Por qué no habla de eso en lugar de venir hasta acá nomás para hacer una finta?