La calidad del agua: la diferencia entre un ecosistema vivo y uno condenado a desaparecer

24 de Julio de 2026

La calidad del agua: la diferencia entre un ecosistema vivo y uno condenado a desaparecer

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Miriam Saldaña Cháirez

Antes de que la Ciudad de México fuera una gran urbe, las barrancas eran verdaderos corredores de vida. Sus ríos, manantiales y bosques de encino mantenían un equilibrio ecológico que permitió, durante miles de años, la evolución conjunta de plantas, aves, mamíferos, anfibios, reptiles, insectos y microorganismos. Hoy, ese equilibrio depende de un elemento que muchas veces damos por sentado: la calidad del agua.

De acuerdo con la Secretaría del Medio Ambiente (SEDEMA), el 59 % del territorio de la Ciudad de México corresponde al Suelo de Conservación, donde se localizan las barrancas que permiten la infiltración de agua al acuífero, regulan el clima, capturan carbono y sirven como corredores biológicos. Asimismo, la capital cuenta con 26 Barrancas declaradas Áreas de Valor Ambiental, que abarcan 1,281.17 hectáreas y constituyen una de las infraestructuras naturales más importantes para la seguridad hídrica y la conservación de la biodiversidad. Sin embargo, durante décadas estos ecosistemas han recibido descargas de aguas residuales, residuos sólidos, cascajo y contaminantes que deterioran la calidad del agua y alteran profundamente el funcionamiento del ecosistema.

La consecuencia no siempre es visible, pero sí devastadora: cuando el agua pierde calidad, las especies más sensibles comienzan a desaparecer y con ellas se rompe una red ecológica construida durante miles de años. Para conocer el estado de salud de las barrancas, la SEDEMA monitorea especies bioindicadoras cuya presencia refleja la calidad del agua y del ecosistema. Entre ellas destacan el cacomixtle (Bassariscus astutus), documentado mediante cámaras trampa; el gavilán cola roja (Buteo jamaicensis), que controla poblaciones de roedores y cuya presencia indica barrancas saludables; el gavilán de Cooper (Accipiter cooperii), depredador clave de aves y roedores; el búho cornudo (Bubo virginianus), regulador natural de pequeños mamíferos; el mosquero cardenalito (Pyrocephalus rubinus), que controla plagas de insectos; y la chara pecho gris (Aphelocoma wollweberi), dispersora de semillas que favorece la regeneración natural del bosque.

La calidad del agua también determina la supervivencia de especies únicas del Valle de México, como la Rana de Tláloc (Lithobates tlaloci), un anfibio endémico extremadamente sensible a la contaminación, y el pez mexcalpique (Girardinichthys multiradiatus), cuya permanencia depende de cuerpos de agua limpios y saludables. Cuando estas especies desaparecen, no solo perdemos biodiversidad; perdemos indicadores de que el ecosistema está dejando de funcionar.

La restauración ecológica demuestra, sin embargo, que la naturaleza puede recuperarse si se le brinda la oportunidad. Como parte de los trabajos de recuperación en las barrancas de Tarango y Becerra Tepechuco, la SEDEMA reporta la plantación de 4,425 ejemplares de flora nativa, una estrategia que busca reconstruir las relaciones ecológicas entre plantas, polinizadores y fauna silvestre. Entre las especies reintroducidas destacan árboles como el tepozán (Buddleja cordata), encino (Quercus rugosa), capulín (Prunus serotina), tejocote (Crataegus mexicana), madroño (Arbutus xalapensis), fresno mexicano (Fraxinus uhdei), colorín (Erythrina coralloides) y palo loco (Pittocaulon praecox), además de arbustos como jarilla, muitle, vara blanca, hierba del carbonero, perilla y lantana. Estas especies no fueron seleccionadas por su valor ornamental, sino porque forman parte del ecosistema original del poniente del Valle de México.

Las plantas nativas y la fauna local han evolucionado juntas durante miles de años. El colibrí berilo (Amazilia beryllina) posee un pico adaptado para alimentarse de flores específicas; la mariposa monarca (Danaus plexippus) únicamente puede reproducirse sobre plantas del género Asclepias; mientras que las abejas sin aguijón, los abejorros y numerosas mariposas nativas dependen del néctar y el polen de especies vegetales locales. A su vez, aves insectívoras, arañas y avispas parasitoides mantienen bajo control las poblaciones de insectos, evitando desequilibrios ecológicos sin necesidad de agroquímicos. Incluso organismos microscópicos desempeñan un papel fundamental. Bacterias como Pseudomonas sp. participan en la biorremediación, degradando metales pesados y contaminantes orgánicos presentes en el agua, convirtiéndose en la primera línea de restauración de los ecosistemas acuáticos.

Cuando se sustituye la vegetación nativa por especies exóticas, todas estas relaciones ecológicas comienzan a romperse. Los polinizadores dejan de encontrar alimento, disminuye la reproducción de las plantas, se reduce la disponibilidad de refugio para la fauna y aumenta la dependencia de fertilizantes y plaguicidas. En contraste, recuperar la calidad del agua permite que vuelva la biodiversidad, desde los microorganismos hasta las aves rapaces.

Las barrancas no son terrenos baldíos ni espacios residuales; son la infraestructura natural que mantiene viva a la Ciudad de México.