La Copa del Mundo comienza en tan solo unos días y hay un sentimiento común en torno a esto: no se siente una vibra mundialista de “fiesta” en la ciudad sede de la inauguración. Las críticas a la ostentosa decoración de metro Hidalgo, las pinturas de ajolotes que ya se comienzan a despintar y las dudas sobre el nivel de la Selección Mexicana contribuyen a que este escenario se plague de incertidumbre y preocupaciones en vez de festejo y júbilo.
El futbol ha dejado de ser una práctica recreativa y se ha transformado en una mercancía estandarizada por las corporaciones y los medios de comunicación. Mundial tras Mundial, la transformación de lo que en su momento fue un evento deportivo y diplomático en un espectáculo y negocio de las corporaciones más poderosas del mundo es más evidente.
Los negocios multimillonarios que se hacen a través del Mundial favorecen solamente a las corporaciones y gobiernos que lo organizan. La Copa del Mundo de 2014, en Brasil, tuvo un costo total de entre 15 y 20 mil millones de dólares según Harvard Growth Lab. Según el TCU de Brasil, casi la totalidad de dicha inversión la hicieron los gobiernos locales y federal, y otra investigación de Robert Baumann y Victor Matheson contiene un dato clave: la mayoría de los retornos de inversión de este Mundial no se quedaron en Brasil. El salario de los brasileños se quedó exactamente igual que antes del torneo, mientras que las corporaciones inversionistas extranjeras obtuvieron retornos millonarios. El gobierno invirtió una cantidad astronómica de dinero en un proyecto del que solo lucraron los grandes capitales extranjeros.
El caso de Rusia 2018 es distinto, se trató de un Mundial en donde el retorno de inversión no fue necesariamente económico sino político y mediático. El régimen ruso, según Jeremy Smith en Soccer and Society, utilizó el Mundial para limpiar su imagen internacional – tras la anexión de Crimea – y nacional tras una serie de reformas poco populares ante la opinión pública rusa. En torno a lo económico, la agencia Moody’s señaló que, a pesar de una inversión millonaria, el impacto de Rusia 2018 en la economía rusa fue insignificante. El retorno de inversión fue más político que económico.
Ahora llega el Mundial 2026, donde la sede se reparte entre tres países con realidades muy distintas. En el caso de México, los pronósticos más optimistas anticipan un impacto no mayor al 0.5% en el PIB. Según un reportaje publicado en ESTO, en zonas cercanas al Estadio Azteca ha habido una plusvalía de hasta 22% en el sector inmobiliario, cuando la plusvalía anual promedio en la CDMX es de alrededor del 5%. Según datos de El Financiero, vecinos del estadio denuncian que han sufrido un aumento del 30% en el costo del predial mientras sufren de desabasto de agua. La vida se ha vuelto más cara y de peor calidad para los vecinos del estadio. El Mundial ha empeorado la gentrificación.
En Brasil hubo muchas manifestaciones y protestas en contra del Mundial desde 2013, porque la gente veía la desigualdad que traía el torneo. La Copa del Mundo 2026 no es una edición chafa, sino que los mundiales se han transformado en un negocio que los anfitriones padecen. Mientras los medios especulan si México podrá llegar al quinto partido y anuncian todos los productos en torno al Mundial, la ciudadanía también observa cómo el agua escasea, los costos de la vivienda aumentan, el sistema de transporte público colapsa y los ajolotes recién pintados se comienzan a despintar.