Salvador Dali, genio del surrealismo, bautizó así, a una de sus obras más importantes.
La memoria, para no olvidar, no olvidar , para no repetir.
En estos días, autoridades federales dieron a conocer cifras que apuntan a una reducción del 48 % en los homicidios dolosos durante lo que va de la actual administración. La disminución se atribuye a la coordinación entre los tres niveles de gobierno y a la estrategia nacional de seguridad aplicada en los primeros 22 meses del sexenio.
Sin embargo, entender las cifras de la violencia en México nunca ha sido sencillo. Homicidios, desapariciones, delitos de alto impacto, registros oficiales, datos de organizaciones civiles y conteos de colectivos suelen ofrecer panoramas distintos. Lo único que permanece constante es la magnitud del problema.
Detrás de cada porcentaje hay historias, familias y vidas truncadas. Por eso, cuando hablamos de estadísticas, conviene no perder de vista la dimensión humana del fenómeno.
Aun así, los números importan. Y mucho.
Si hoy celebramos una reducción importante, también estamos obligados a mirar hacia atrás y recordar de dónde venimos. La comparación inevitable conduce a una cifra estremecedora: cerca de 200 mil homicidios durante la administración anterior. El dato, por sí mismo, explica buena parte del debate nacional.
La pregunta surge de manera natural: si una cifra semejante se hubiera registrado durante un gobierno priista o panista, ¿la narrativa política sería la misma? Es una interrogante legítima que vale la pena formular.
Las sociedades que conviven durante años con la violencia terminan desarrollando una peligrosa capacidad de adaptación. Poco a poco, lo extraordinario se vuelve cotidiano y lo inadmisible comienza a parecer normal.
La historia ofrece ejemplos reveladores. A mediados del siglo XX, Estados Unidos vivió una de las guerras más mediáticas de todos los tiempos: Vietnam. Fue la primera gran derrota militar de aquella potencia y, al mismo tiempo, detonó un poderoso movimiento social que cuestionó el envío de miles de jóvenes a una guerra distante y ajena.
El saldo fue devastador: 58 mil 220 soldados estadounidenses muertos.
La cifra es terrible. Sin embargo, cuando se coloca junto a los casi 200 mil homicidios registrados en México durante un solo sexenio, adquiere una dimensión distinta. La comparación resulta inevitable por una razón fundamental: México no estaba en guerra.
Algo parecido ocurrió con la pandemia. También ahí terminamos normalizando números que deberían seguir estremeciéndonos.
En México murieron cerca de 800 mil personas a causa del COVID. Para poner el dato en perspectiva, basta mirar a Japón, una nación con alrededor de 122 millones de habitantes. Ahí, los fallecimientos fueron inferiores a 75 mil.
La pregunta permanece abierta: ¿qué hicimos mal? ¿Por qué una diferencia tan abrumadora?
En justicia, también hay que reconocer los esfuerzos actuales. Tengo la impresión de que la administración de la doctora Claudia Sheinbaum está intentando enfrentar algunos de los rezagos más profundos heredados por el país.
En materia de salud, por ejemplo, la desaparición del Seguro Popular y el accidentado proceso de sustitución dejaron un sistema con carencias evidentes. Hospitales deteriorados, infraestructura insuficiente y problemas de abasto de medicamentos exigen recursos, planeación y voluntad política.
Los desafíos son enormes. Y quizá el mayor de todos sea que, además de resolver los problemas del presente, el gobierno debe cargar con buena parte de las consecuencias acumuladas durante años.
Las cifras son importantes. Nos ayudan a medir avances o retrocesos. Pero también pueden engañarnos cuando olvidamos que detrás de cada número existe una historia humana.
Por eso conviene mirar los datos con atención, sin triunfalismos, pero también sin prejuicios.
Veremos.