Los divorcios existen: son personas

28 de Abril de 2026

Los divorcios existen: son personas

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

El divorcio, hasta hace poco tiempo, había cargado con una narrativa simple: alguien falló. Y muchas veces, ese “alguien” tenía género; había quienes declaraban “culpable” al hombre y pensaban que la “víctima” era la mujer y las parejas de un mismo sexo ni siquiera aparecían en el escenario como posibles personas divorciadas.

Al hombre se le colocó en un lugar casi automático. A la mujer, en otro, como sí todas las historias fueran iguales. Como sí el conflicto siempre fuera de la misma forma, pero no es así. Hay historias de “amor” que se convierten en reseñas de “corazones rotos” sin que para ello exista un conflicto mayor, o incluso sin que en ello exista un conflicto real.

El Derecho ha avanzado más rápido que muchos prejuicios, nuestro sistema jurídico ha evolucionado hacia un modelo que privilegia la voluntad de las personas y reconoce que la permanencia en el matrimonio no puede imponerse. La ley dejó de preguntar quién y cómo falló, y empezó a reconocer que simplemente, hay vínculos que terminan. Hay divorcios sin causa, divorcios incausados.

Esta transformación, implica dejar atrás a una visión de castigo en el divorcio y asumir una visión más cercana a la libertad individual. Implica también reconocer qué, el conflicto no siempre puede traducirse en culpa, y que no todo lo que termina es, por definición, un fracaso.

Porque el divorcio no es exclusivo de un tipo de pareja, ni responde a una sola forma de relación. Se presenta en distintos contextos, en distintas realidades, con dinámicas diferentes y específicas, esto incluye a parejas LGBTQ+, que, como cualquier otra pareja, construyen vínculos, enfrentan conflictos y, en su caso, toman la decisión de terminarlos.

Sin embargo, socialmente se insiste en simplificar lo que es profundamente complejo, se piensa en el divorcio como una ruptura con culpables claros. Como una historia lineal en la que alguien abandona y el otro resiste. Pero en realidad, lo que hay son relaciones que cambian, que se desgastan, que enfrentan dinámicas difíciles –mayormente invisibles – y que no siempre pueden sostenerse sin afectar las vidas que impactan (incluidos hijos, gathijos y perrhijos).

También hay hombres que viven violencia y no la nombran, hay mujeres que deciden irse sin tener que justificarse, y parejas que enfrentan conflictos que el Derecho apenas empieza a reconocer en toda su complejidad.

Y todas esas historias de “desamor”, distintas entre sí, llegan al mismo punto: la decisión de no continuar casados.

En los juzgados familiares de la Ciudad de México, esa realidad no es teórica, es cotidiana. Hay personas que no llegan a destruir, sino simplemente a terminar. Que no buscan ganar, sino terminar. Que no están pidiendo permiso: están ejerciendo un derecho. Y ahí es donde la distancia entre el Derecho y la sociedad se vuelve evidente. Porque mientras la ley reconoce la libertad, la mirada social castiga la decisión, se “mide” el valor de una persona por su capacidad de permanecer, aunque ello implique desgaste, violencia o renuncia personal.

Hay además una dimensión que pocas veces se aborda con serenidad: la presión social por sostener vínculos que ya están agotados. No siempre proviene de la ley, sino del entorno: familia, trabajo, círculos sociales que siguen viendo la ruptura como un error terrible. Esa inercia cultural no solamente castiga, también prolonga conflictos que terminan por escalar y afectar, en muchos casos, a quienes menos deberían cargar con ellos.

Pero permanecer, a cualquier costo, no es virtud. Y terminar a tiempo, no es fracaso. El divorcio no es una sanción. No es una etiqueta. No es una derrota. Es una figura jurídica que reconoce algo elemental: que la voluntad no puede forzarse y que la dignidad no puede negociarse. Por eso, cuando una persona se divorcia – sea quien sea, ame a quien ame – no se convierte en algo distinto, sigue siendo lo que siempre ha sido: una persona.

Hace falta decirlo con claridad, y hay que decirlo sin rodeos: Nadie pierde valor por irse de una relación insostenible. Nadie se vuelve menos por terminar un matrimonio. Nadie debe ser reducido a una etiqueta por ejercer su libertad. Porque el divorcio no rompe a las personas, rompe la ficción de qué quedarse siempre es lo correcto. Y a veces, aunque incomode, irse no siempre es el problema, puede ser la solución.