Mencionarlo resulta obvio: existen mil y un factores que unen a México y a España. Idioma, historia, religión, cultura y tradiciones conforman, en buena medida, un mismo tronco. Una diferencia, sin embargo, salta a la vista: la percepción que cada una de nuestras dos naciones tiene de Hernán Cortés, villano y héroe a la vez, dependiendo del lado del océano desde el que se observe.
Dos afortunados viajes parecen empezar a desdibujar el innecesario distanciamiento que la administración de López Obrador, a través de distintos actos, impulsó en la relación hispano-mexicana: el viaje reciente de la presidenta Sheinbaum a Barcelona, y el que hoy realiza la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, a la Ciudad de México. Enhorabuena.
Por la dimensión e importancia de México y España, y por el intercambio social y económico que a lo largo de la historia ha existido entre ambas naciones, la idea de buscar y lograr un nuevo acercamiento entre ambos países debe ser siempre bien recibida, por distantes que puedan ser los pensamientos ideológicos de sus respectivas representaciones políticas.
Entre 1936 y 1939, México recibió a entre 20 y 25 mil españoles –refugiados de la Guerra Civil– que encontraron en nuestro país un suelo fértil en el cual emprender su carrera o desarrollar sus negocios. Impulsores de la cultura, la educación y la actividad económica, encontramos nombres conocidos e importantes, como Juan Grijalbo, Rafael Giménez Siles o José Pagés Llergo, fundadores de Editorial Grijalbo, Librerías de Cristal y la revista Siempre, respectivamente, cuyo impacto sigue vigente hasta nuestros días.
La huella de España permanece impresa en el alma de los mexicanos con motivo de las aportaciones que la península ha legado a lo largo de más de cinco siglos de historia en común, que comenzaron con la llegada de los españoles a estas tierras, de la que dependió el nacimiento del pueblo que hoy se expresa a través de cada uno de nosotros.
El favor parece jugarse ahora en sentido inverso. Desde la pandemia, España ha registrado el ingreso de entre 35 y 45 mil mexicanos que buscan en Europa una oportunidad de desarrollo similar a la que encontraron quienes llegaron hace casi un siglo a América. Se trata de un flujo constante que confirma la vigencia de los vínculos entre ambas sociedades.
El fenómeno migratorio entre las dos naciones resulta enriquecedor desde cualquier perspectiva, pues los puntos de unión son numerosos y el éxito de la integración, en cualquiera que sea el sentido del flujo humano, encuentra condiciones particularmente favorables en la afinidad cultural.
Circunstancialmente, sin embargo, convergen en esta etapa de la historia intereses comunes para ambos países que deben atenderse con apremio. Siendo destino o puente de flujos migratorios provenientes de regiones vecinas –África sahariana, en el caso de España, y Centroamérica y el Caribe en el de México–, su propia identidad cultural, así como su estabilidad social y económica, enfrentan presiones crecientes que no pueden soslayarse.
Los diarios que circulan en Europa informan con preocupación sobre los efectos de la política de apertura migratoria anunciada por el presidente Pedro Sánchez, que facilitaría la regularización de cientos de miles de personas provenientes del norte de África, cuyos contextos culturales, religiosos y lingüísticos difieren de manera significativa de los europeos, generando tensiones que deben ser atendidas con responsabilidad.
En México, por su parte, se ha anunciado el ingreso de alrededor de mil migrantes haitianos que se encontraban detenidos en Tapachula, cuya intención ya no es atravesar el territorio nacional para llegar a los Estados Unidos, sino establecerse en la Ciudad de México, como lo han hecho previamente comunidades de diversa procedencia, integrándose gradualmente al tejido social.
No debe existir un sentimiento irracional de rechazo hacia el migrante; sin embargo, resulta indispensable impulsar políticas de integración que atiendan la dimensión cultural y social del fenómeno, dentro de los marcos de la hispanidad o de la mexicanidad, según corresponda, y que permitan preservar la cohesión interna de cada nación.
Ante todo, ha de reconocerse que el mundo ya no está por descubrirse, como lo estaba en los inicios del siglo XVI; por el contrario, se encuentra en un proceso acelerado de reconformación económica, social, demográfica y ambiental que exige respuestas coordinadas y de largo alcance.
Países desarrollados o en vías de desarrollo, como los nuestros, con la voz e importancia de la que gozan en el concierto internacional, tienen la responsabilidad de concebir e impulsar agendas que contribuyan a consolidar la democracia y el Estado de derecho como factores indispensables de convivencia, así como a canalizar recursos productivos para la generación de empleo regional. Sólo así podrán atenderse las necesidades humanas en todas las latitudes, pues es precisamente la carencia de oportunidades la que alimenta el fenómeno migratorio que hoy tensiona a buena parte del mundo.
En ese contexto, el diálogo entre México y España no sólo adquiere relevancia bilateral, sino que puede proyectarse como un ejemplo de cooperación responsable entre naciones con historia común, capaces de construir soluciones compartidas frente a desafíos globales.
Que la reunión pacífica y diplomática de México y España sea fructífera y, sobre todo, reparadora. Que nuestros orígenes comunes y destinos convergentes sirvan para encontrar, en el entendimiento mutuo, una aportación valiosa para el resto del mundo.