Cada día que pasa la situación económica de nuestro país cobra mayor importancia en todos los ámbitos: desde la conferencia mañanera de la Presidenta, hasta el día a día de la informalidad que viven millones de mexicanos que, desde el Zócalo de la CDMX -el lugar más emblemático de México-, cuando no hay espectáculo hay informales, como en todo el país.
Uno de los no diría grandes, pero sí interesantes problemas que tenemos hoy, no solo en México sino en todo el mundo, es que en asuntos de economía -y quizás en otras áreas más- la profusión de datos, informes y opiniones hace que la verdad sea muy difícil de encontrar, sobre todo si a esto le agregamos el componente ideológico de quien analiza o informa el dato.
Nos encontramos en un momento en que, dependiendo de la orientación que queramos darle, la situación económica de nuestro país es buena, regular o mala. Y aquí radica uno de los mayores problemas para entender lo que está pasando.
Veamos algunos ejemplos. Recientemente, Pedro Aspe, quien fue secretario de Hacienda del presidente Salinas, publicó un análisis sobre lo que está ocurriendo actualmente en nuestro país, y para ello utilizó datos reales y oficiales, en el que se ve que hoy tenemos una baja inversión, un déficit elevado, una deuda externa como hace mucho no teníamos, una crisis de las empresas públicas, empezando por Pemex, y un gasto social creciente.
Varios analistas y expertos le han respondido que este estancamiento no empezó en 2018, sino que viene de su época y de las decisiones que tomaron al firmar el Tratado de Libre Comercio con EE. UU. y Canadá, que en realidad nos integró sin crear empresas o desarrollo de tecnologías propias. Nos basamos meramente en maquilar y aprovechar la cercanía geográfica y, sobre todo, los bajos salarios.
Frecuentemente vemos en las mañaneras a grupos de industriales nacionales y extranjeros informando de inversiones cuantiosas y crecimiento del empleo, fundamentalmente a través del llamado Plan México, y muchas veces escuchamos a la Presidenta negar o restar importancia a la información económica dura que indica que no vamos tan bien.
La semana pasada, el Banco de México redujo de 1.6 % a 1.1 % su estimación de crecimiento de la economía nacional para este año, argumentando “un desempeño de la actividad económica en el primer trimestre del año considerablemente más débil de lo esperado”.
Asimismo, dos de las agencias calificadoras mantienen a México a un escalón del grado especulativo, y otra con perspectiva negativa. Y así podríamos seguir mencionando datos que contradicen el optimismo gubernamental: cuando se habla del empleo sin tomar en cuenta la informalidad, que supera el 50 % y representa a personas que no gozan de ninguna protección de salud, salario mínimo ni fondo de retiro, o cuando se mencionan las inversiones extranjeras, siendo que más del 95% del monto es meramente reinversión de utilidades, es decir, no es dinero nuevo que llega del extranjero.
Creo que el gobierno debe hacer un alto en el camino -a pesar de que cada día se siente obligado a anunciar alguna buena noticia-y plantear un plan económico para lo que se avecina, una difícil negociación del T-MEC, que será muy diferente al actual; una inversión privada paupérrima, debida fundamentalmente a la incertidumbre del tratado, pero también al error cometido en la reforma al Poder Judicial; y un incremento de los programas sociales que han sido la bandera de los gobiernos de la 4T y han servido para mejorar el nivel de vida de millones de mexicanos, pero que sin crecimiento económico se ve cuestionado su mantenimiento.
Para un nuevo plan económico se necesitan audacia y una ruptura con algunas de las ataduras del neoliberalismo, paradójicamente aplicadas a rajatabla en estos dos gobiernos de la 4T.