Una ciudad feminista

11 de Marzo de 2026

Una ciudad feminista

José Pérez Linares_web.jpg

José Pérez Linares

/

Foto: EjeCentral

La plancha del Zócalo respira de nuevo, pero la ciudad no olvida. Las vallas de tres metros —ese acero gris que durante días clausuró el horizonte—. fueron retiradas en la madrugada con el estruendo de las grúas en la plaza aún oscura. En el pavimento apenas quedan rasguños: cicatrices que el sol de mediodía comienza a borrar. La megaluminaria violeta que proclama “Una ciudad feminista” quizá por orden de Clara Brugada, o por alguna falla técnica, permaneció apagada; pero más de 120 mil voces la encendieron en las calles.

Pasos dispersos cruzan la plaza entre el pregón cotidiano y el murmullo de los turistas. El corazón del país recupera su ritmo después de un fin de semana en que el acero dividió el espacio público. Es la coreografía conocida de la capital: el muro que aparece de noche, la multitud que lo enfrenta y la plaza que amanece sola.

El domingo 8 de marzo, mujeres de todas las edades avanzaron con fotografías al pecho y mantas que el viento hacía flamear como estandartes. Al llegar al Zócalo toparon con el perímetro metálico. Las vallas eran el punto final de una frase que nadie quería terminar de escribir; los cantos chocaban contra el hierro para regresar convertidos en eco. Fue un diálogo imposible. Al caer la tarde, la marea se dispersó y la plaza recuperó esa forma abierta.

En esos rasguños del pavimento se desliza la memoria de la ciudad. Mucho antes de estos blindajes hubo mujeres discutiendo la política del país en calles que hoy parecen ordinarias, a unos pasos de donde los turistas compran café y los meseros apilan tazas en las terrazas. Allí, en la calle de Santa Teresa —hoy Guatemala—, se reunía en 1910 un grupo con un nombre que era más una declaración que un título: el Club Femenil Antirreeleccionista Hijas de Cuauhtémoc.

Lo encabezaba Dolores Jiménez y Muro, periodista de mirada firme que redactaba manifiestos contra Porfirio Díaz mientras la ciudad se engalanaba con luminarias europeas para celebrar el Centenario de la Independencia. Aquellas reuniones no eran tertulias literarias ni círculos de beneficencia: eran deliberaciones políticas en una época en que la ciudadanía era todavía un traje exclusivo para hombres. Mientras el régimen proyectaba orden a la francesa, Dolores y sus compañeras exigían una democracia que no dejara fuera de la urna a las mujeres.

Ese mismo año, Jiménez y Muro encabezó un mitin en la entonces Glorieta de Colón, sobre el Paseo de la Reforma. Bajo el cielo abierto y sin perímetros metálicos, las oradoras denunciaron el fraude electoral que sostenía al régimen. Las palabras circulaban libres entre los fresnos de la avenida, aunque la represión acechara en la sombra de los ministerios.

Más de un siglo después, ese mismo punto geográfico cambió de piel por una ironía que sólo la historia urbana sabe escribir. En 2020 la estatua de Cristóbal Colón fue retirada de su pedestal y el vacío fue ocupado por colectivos feministas y madres buscadoras que transformaron el sitio en memoria viva. Allí apareció la figura morada con el puño en alto, rodeada de nombres que el país no ha logrado olvidar, y el lugar dejó de ser el monumento a un navegante para convertirse en la Glorieta de las Mujeres que Luchan.

La ciudad tardó más de cien años en corregir su mapa. El mismo suelo donde Dolores Jiménez y Muro habló contra el fraude electoral y los derechos de las mujeres, terminó convertido en símbolo permanente de resistencia. Es como si la geografía urbana hubiera guardado ese punto en reserva para reivindicar, con un siglo de retraso, la causa de aquellas Hijas de Cuauhtémoc.

La capital desplaza estatuas, enciende luces violetas y firma decretos ante las cámaras, pero cuando las voces de esa misma lucha se acercan al Palacio para interpelar al poder, la respuesta sigue siendo la muralla. Hace un siglo las mujeres hablaron en plazas abiertas sabiendo que la cárcel podía esperarlas al final del discurso; hoy las vallas se retiran al amanecer y la plancha queda despejada, pero el pavimento conserva una memoria incómoda.

Tal vez por eso el Zócalo amanece siempre con una pregunta suspendida en el aire: si el corazón del país está diseñado para proteger el silencio del poder o para escuchar, por fin, a quienes regresan generación tras generación a reclamar su sitio bajo el sol. La plaza vuelve a quedar vacía, pero el eco de aquellas voces —las de ahora y las de entonces—, sigue vibrando bajo la piedra. El sol de marzo ilumina la plancha despejada, aunque todavía no logra calentar del todo su memoria.