Hay escenas que parten la vida en dos: antes y después. Para mí, una de ellas ocurrió afuera de mi casa.
Era el conductor que con frecuencia me llevaba y me traía. Un hombre de alrededor de cuarenta años. Decente, amable, trabajador. De esas personas que uno llega a reconocer sin realmente conocer.
Ese día llegó como siempre a recogerme al aeropuerto. Conversamos durante el trayecto. Nos contó que después de dejarme iría por las hijas de otro cliente a un antro, que esa noche trabajaría hasta tarde. Habló de su hija, que estaba estudiando, y de que en Navidad le tocaba organizar la fiesta familiar en Cuernavaca. Nada parecía fuera de lugar.
Llegamos a mi casa. Me abrió la puerta, amable como siempre, sonriendo. Y ahí empezó a sentirse mal.
Le ofrecimos agua. Le preguntamos si quería pasar a la casa y recostarse. Dijo que no, que estaba bien. Nos despedimos y entramos, pero al ver las cámaras notamos que seguía afuera. Le mandamos un mensaje para preguntarle si necesitaba ayuda. No respondió. Así que bajamos.
Se veía adolorido. Primero mencionó una hernia. Luego dijo que le dolía el estómago. Quería ir al baño, pero no podía caminar. Yo no sabía qué tan grave era. Imaginé que era la espalda.
Entonces apareció una sensación que todavía no puedo olvidar: la de no saber qué hacer.
Llamamos al 911. Buscamos ambulancias, patrullas, lo que fuera. Pedimos ayuda en los chats vecinales de Naucalpan. Nadie respondía. Mientras tanto, él seguía quejándose.
Intenté pedirle el teléfono de algún familiar, pero me decía que no con la mano.
Lo que siguió fue una carrera contra el tiempo que, al menos desde donde yo estaba, pareció una carrera abandonada. Tardaron mucho en responder en el 911 y, cuando finalmente logré comunicarme, tomaron los datos y me colgaron. Sin más. Parecía que el mundo entero había cerrado. Nadie llegaba.
Nuestros amigos y vecinos vieron la desesperación en los chats y llegaron a apoyarnos. Ya era de madrugada. Todos marcábamos y buscábamos ayuda. Nada.
Seguimos esperando hasta que dejó de quejarse, bajó los brazos y quedó en silencio.
Yo veía que todavía respiraba, o al menos eso quería creer. Pasó alrededor de una hora. Se sintió como mucho más. La ambulancia no llegaba.
Una hora puede parecer poco cuando uno está viendo una serie o tomando un café. Pero una hora es una eternidad cuando alguien lucha por mantenerse con vida.
No puedo explicar exactamente lo que sentí. Miedo. Mucho miedo. Me sentí muy pequeña. Quería ayudarlo con todas mis fuerzas, pero no sabía qué más hacer. Ahora, con la cabeza fría, pienso en otras alternativas: llamar a algunos contactos, subirlo a mi coche y llevarlo yo misma a un hospital. Pero en ese momento estaba paralizada.
Yo, que siempre resuelvo, organizo y planeo, no podía reaccionar más allá. Recuerdo haber empezado a rezar. Pedí que se salvara. Pedí que llegara alguien que sí supiera cómo ayudarlo.
Cuando finalmente llegó la ambulancia, la impresión que me dejaron los paramédicos fue devastadora. No vi urgencia. No vi la prisa que uno esperaría cuando una vida depende de minutos.
Vi cansancio. Vi burocracia. Vi una distancia enorme entre la emergencia que nosotros estábamos viviendo y la respuesta que recibimos. Yo preguntaba si seguía respirando y me respondían con desgano: “Permítame”.
Los veía caminar hacia la ambulancia. Buscar cosas. Despacio. Se justificaban diciendo que los sábados había muchas emergencias, como si eso pudiera explicar lo que estaba ocurriendo frente a nosotros.
Murió.
No soy médica. No puedo afirmar qué habría ocurrido si la ayuda hubiera llegado antes. Nadie puede saberlo con certeza. Pero es imposible no hacerse la pregunta.
Después llegaron los procedimientos. La policía llegó mucho más tarde. Les pedí que revisaran las pertenencias que estaban en el coche. Lo único que quería era que sus cosas llegaran intactas a su familia.
Me dijeron que eso no era su asunto, que le correspondía a la fiscalía. Fueron descorteses, me tomaban fotos sin autorización y me decían que ellos habían hecho su trabajo como debía ser, pese a que llegaron dos horas después de que los solicitamos.
Una persona acababa de perder la vida y, sin embargo, todo parecía girar alrededor de una burocracia cruel y despiadada, donde se pasaban la responsabilidad unos a otros.
La enseñanza para mí es que no podemos depender de una sola opción cuando ocurre una emergencia. Tenemos que tener un plan B. Un médico de cabecera, un botiquín, una ambulancia privada. No asumir que la ayuda llegará a tiempo.
Mientras tanto, yo no podía dejar de pensar en cosas mucho más simples. ¿Qué pasa con las pertenencias de alguien cuando muere así, de repente? ¿Quién toma su teléfono? ¿Quién busca a sus familiares? ¿Quién recibe esa llamada que divide una vida en dos?
Desde entonces he recorrido una y otra vez el mismo territorio. Si hubiera sabido primeros auxilios. Si hubiera reaccionado antes desde que mencionó la hernia. Si lo hubiera llevado yo misma a un hospital.
Los “si hubiera” son un lugar peligroso. Nunca terminan.
La realidad es que hice lo que supe hacer en ese momento, con el miedo y el tiempo encima. Pedí ayuda. Busqué ayuda. Confié en que la ayuda llegaría.
Nunca imaginé que un hombre joven y aparentemente sano fuera a perder la vida así. Minutos antes había estado conversando, sonriendo y haciendo planes para el resto de la noche.
Lo que más me duele es recordar que detrás de cualquier nota roja hay una persona. Un hombre que tenía una familia, una historia y un futuro que no llegó. Alguien que salió a trabajar y nunca regresó a casa.
Hay una familia que recibió una llamada que jamás olvidará.
Y yo me quedé con una hora que tampoco olvidaré nunca.
Porque una hora puede ser muchas cosas.
Aquella noche fue una hora para morir.
Descansa en paz, Iván.