Luis M Cruz

1. En 2009, tras la gran crisis financiera global, cundió por el mundo un movimiento de indignación por los tremendos costos de la misma, que fueron transferidos linealmente a los trabajadores y clases medias nacionales. Así en Francia como en España, en Estados Unidos, Brasil, Perú o México, la disminución del nivel de vida trajo aparejada la exigencia del cambio. Esa primera gran prueba para la globalización produjo la ruptura del statu quo pero también el resurgimiento de nacionalismos y la sensación de que cada país debía hacer frente a sus problemas sin esperar demasiado del resto del mundo.


2. Ahora, dice Dani Rodrik (profesor en la John Kennedy School de Harvard), con la pandemia del Coronavirus (Covid19), la globalización recibe otro rudo golpe, quizá el más grande en su historia, pues detuvo en seco el comercio mundial y ha causado el desplome del producto global en una escala que no se veía desde la Gran Depresión de hace 90 años. La pandemia, dice el economista, ha funcionado como una especie de amplificador de todas las tensiones latentes en la economía acumuladas durante décadas y está mostrando el sesgo erróneo de las prioridades. No sólo bastaba crecer y ampliar las rutas o espacios comerciales, sino que era necesario distribuir e invertir en bienes intangibles, como es el sistema de procuración de la salud, la educación, el medio ambiente; en fin, en todo aquello apto para una buena resiliencia, que es la capacidad de resistir y adaptarse de un sistema, en este caso, los sistemas público y social, además del aparato económico.

3. La gran pregunta ahora es si buscamos una globalización más sana e inclusiva o si se opta por el unilateralismo al estilo Trump, algo que es más bien proteccionismo e hipernacionalismo, con políticas insensatas y agresivas que no benefician ni al país que las impone ni a sus socios. La pandemia en sí no produjo todos los problemas que estamos observando, muchos ya venían de antes, eran producto de la propia crisis de la globalización, como las tribulaciones de la Organización Mundial del Comercio y el antagonismo entre los Estados Unidos y China, así como con otros bloques comerciales de Asia y Europa e incluso el de América del Norte.

4. Lo interesante, señala Rodrik, es que en lo que viene no habremos de volver a la hiperglobalización finisecular, cuando en el 2000 un nuevo milenio auguraba el gobierno mundial y el fin de las fronteras. Lo que habrá, es más regionalización en el comercio y un uso mucho más activo de políticas públicas, como la política industrial, la transición energética y el cambio climático, así como más tensiones en las áreas tecnológicas, donde las naciones vanguardistas tratarán de construir muros en torno a sus sistemas de innovación, ciencia y tecnología. Tampoco volveremos a los años treinta del Siglo XX, ni a la búsqueda de espacios vitales que impliquen grandes conflagraciones, si bien la rivalidad entre varios grandes bloques comerciales y tecnológicos será más que palpable.

5. Lo relevante, concluye Rodrik, es el resurgimiento del Estado-Nación, pues ahora queda de manifiesto que cuando hay una crisis, son los gobiernos nacionales quienes la enfrentan. Tras ello, sigue el tipo de régimen, si autoritario o democrático, entendiendo el primero como la toma vertical de decisiones, en tanto el segundo usa la información disponible y comparte los costos. Hace dos años, fue evidente que la idea de que los regímenes autoritarios respondían mejor porque permiten a sus líderes tomar decisiones rápidas al no tener que negociar y llegar a acuerdos no se sostenía ante sistemas más democráticos que cuentan con mecanismos en los que todos los sectores de la sociedad pueden presentar sus puntos de vista, con lo que las decisiones, así sean severas, cuentan con más consenso.

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