J. S Zolliker

El poder transforma, no le cabe la menor duda. Ha sido testigo de cómo le brinda vigor, le proporciona brío, le inyecta lozanía, pero también, reconoce, el sediento y desecado receptor ha embebido igualmente algo de engreída soberbia y petulancia, como suele suceder con cualquier juventud, real o contrahecha.

La reflexión le ocurre, porque encuentra que no sabe cómo hablar con su nuevo jefe, el gobernante triunfante, el apabullante líder, el transformado. Ese, al que ahora nadie le niega nada. Aquél a quien todos le aplauden en su círculo inmediato. Ese, al que tratan como un iluminado infalible. El mismo que, habiendo vivido con evangélica mesura en su vida privada, decidió bajo pretexto de una mal entendida austeridad, irse a vivir a un palacio virreinal donde antaño se ejercía el poder despótico y se congregaban las aspiraciones aristocráticas de la nueva burocracia revolucionaria, sus cachorros más ambiciosos y su pequeña burguesía cortesana. 

Le preocupa, que hoy ya nadie se atreve a incordiarlo con preguntas de conciencia, con objeciones sustentadas, con debate abierto y franco y sin malas intenciones, sino únicamente para hacerlo reflexionar. ¿Dónde están todos los que, como él mismo, vivieron esa época donde a la gente ni le importaba ir a votar porque siempre ganaba el partido oficial? ¿Dónde están los demócratas que, con la sangre de luchadores sociales y con la inteligencia de la academia más pensante y rigurosa, dotaron al país de las herramientas necesarias para garantizar la alternancia? 

Con tristeza, observa que ahora están rodeados de personas que solo anhelaban el poder para atesorarlo, un puesto para lucirlo, una influencia para sobresalir del promedio, privilegios para despuntar del resto, dinero para culminar fantasías de historicidad, reflectores para distinguirse y con ello, intentar confirmar la moral postiza que les recata un alma ansiosa de resarcimiento. 

Le preocupa, que sólo él parece darse cuenta y sobre todo, que por mera lealtad, ni él mismo se aventura a controvertirlo ni en privado. Lo conoce de toda la vida y le da miedo molestarlo.

Le genera aprensión, que por un berrinche del que solo es capaz quien no conoce reciente refreno, se ponga en peligro a todos los necesarios organismos reguladores y autónomos que toman decisiones basadas en dictámenes, estadísticas y datos verificables, para abrirle campo y cancha, de nuevo, a la toma de decisiones grillas, por mohines y conveniencias personales.  

Teme, que de seguir así se le marque para siempre en la frente, la inflamada vena autoritaria y no quiera sujetarse a lo que comanda la ley para no influir en las elecciones. Y todavía peor, que quiera encomendar a todos los medios afines y públicos –incluido el ahora deplorable Canal 11–, a que violenten el estado de derecho y hagan veladas campañas proselitistas con la cargada del estado, hasta que no haya vuelta y se conviertan en lo que justo deploraban  cuando eran un grupillo de jóvenes idealistas: victimarios totalitarios. 

–Andas muy serio –le bromea cuando se quedan solos en el despacho.

–Ando pensando, jefe.

–¿En qué tanto piensas? –le pregunta con su conocido tono cantado y socarrón. 

–En nada importante, jefe, no pienso en nada… 

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