La La Land: entre el amor y el odio

25 de Mayo de 2024

La La Land: entre el amor y el odio

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SALÓN ROJO | La columna de Alejandro Alemán

Siete Globos de Oro, catorce nominaciones al Oscar y más de cien premios por todo el mundo. En pleno 2017 un musical, “La La Land” (USA, 2016), es la cinta que nos tiene hablando a todos, generando lo mismo entusiasmo que odio exacerbado por parte de sus detractores que la tachan de ser una película absurda y banal.

¿Realmente La La Land es ese dejo de virtudes que tanto premio presupone?, ¿realmente es un producto aborrecible como insisten sus detractores?

Lo cierto es que se necesita tener la piel muy dura para no ceder ante el encanto de La La Land. La nueva cinta de Damien Chazelle (apenas 32 años) no es más que una continuación de su obsesión autoral cuya línea argumentativa sigue siendo la misma: el arte como único medio de trascendencia, el sacrificio como única moneda de cambio para alcanzar la excelencia.

En La La Land, conviven la era dorada de Hollywood con la Nouvelle Vague, el jazz con el musical típico de Broadway, la comedia romántica y el drama, la energía del showman con la sensibilidad del artesano, un artesano -Chazelle- que deja en claro su conocimiento sobre cine.

La fuerza optimista propia del género va in crescendo a cada número musical que a su vez se acompaña de un flujo inverso, melancólico, que terminará por tomar por asalto la cinta hasta llegar a un final devastador que inevitablemente acribilla a la audiencia.

La música, que en un principio endulza el oído y maravilla la vista con números de baile perfectamente ejecutados, se convierte en una navaja incisiva en aquel solo de Emma Stone que no es sino el resumen de la crueldad inherente de la cinta.

Esto último es lo que probablemente tiene tan enojados a los detractores de La La Land. Para una generación como la millenial (a la que Bret Easton Ellis bautizara como “generación pusilánime”) acostumbrada a la satisfacción inmediata de los likes, les resulta aberrante que un musical (¡un musical!) venga a decirles que toda meta requiere un sacrificio, que la única vía para trascender es el trabajo, que todo sueño tiene un costo.

Tal vez por eso enoje tanto La La Land, porque lo suyo no es la nostalgia que vende por romántica, es una nostalgia que enfrenta a una generación pusilánime donde el sacrificio es impensable y la gratificación inmediata es la meta diaria. Esta cinta es para otros soñadores, aquellos que saben del costo de sus propios sueños.

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