En los últimos días hemos visto un amplio debate público entre los presidentes de Estados Unidos y México, sobre cómo abordar el combate al crimen organizado. Lo único que ha quedado claro es que no estamos frente a un escenario de cooperación armonioso y categórico, como si ambos personajes estuvieran jugando partidas de ajedrez en tableros distintos, dando pie a una parálisis diplomática tan perfecta que sólo el crimen organizado podría celebrar con entusiasmo.
Mientras la Casa Blanca desempolva la Doctrina Monroe con la nostalgia de quien recupera un viejo manual de intervención, en Palacio Nacional se insiste en un espíritu humanista que pretende sofocar el incendio criminal con diagnósticos moralistas y manuales de sociología, con narcotraficantes que no leen tratados de ética. Queda la sensación que se intenta detener un tráiler sin frenos con un discurso de buenas costumbres, dejando la seguridad nacional en un limbo de esperanza. La estrategia de “abrazos y no balazos” -de la que aún quedan máculas para no confrontar de frente a los criminales-, ha sido vista por diversos especialistas como una especie de “Pax Mafiosa”, que permitió al crimen organizado infiltrarse en los más altos niveles políticos y económicos.
Las piezas del ajedrez revelan la distancia lejana que hay entre los dos mandatarios y la desconfianza mutua: México siempre ha sido sensible a una eventual injerencia estadounidense en los asuntos internos, en tanto que, Estados Unidos exterioriza malestar y desconfianza hacia México, por la alta criminalidad que descuella en el país y sus nexos internos.
La caída del capo Nemesio Oseguera, El Mencho, es un ejemplo de que la paciencia de Washington se agotó y que la presión está dictando la agenda operativa. México se ha visto forzado a realizar extradiciones masivas y operativos mediáticos de impacto, para evitar sanciones arancelarias. El abatimiento de El Mencho es una victoria relativa; los descabezamientos de los capos (kingpin strategy), suelen generar escisiones, reacomodos y guerras por la sucesión. Un ejemplo es la violencia actual en Sinaloa -desde 2024-, entre Los chapitos y La mayiza, tras la entrega a Estados Unidos del líder criminal Ismael El Mayo Zambada.
A pesar de que México no fue convocado el pasado 7 de marzo a la cumbre Escudo de las Américas contra el narcotráfico -al igual que Brasil y Colombia-, a la que asistieron 12 mandatarios de América y el Caribe, esto no significa que la lejanía mexicana sea permanente; como país vecino México es una variable imprescindible para la seguridad de Estados Unidos y el combate a estos flagelos; por su frontera porosa de tres mil kilómetros y puertos aduaneros de alta corrupción. Lo cierto es que el mandatario estadounidense tuvo a bien integrar a países de confianza y afines política e ideológicamente, que no representen obstáculo a las decisiones del grupo creado.
Los expertos en seguridad proponen un enfoque integral para el combate al crimen organizado, que combina inteligencia, fortalecimiento institucional y cooperación transnacional. El escenario parece ideal, pero es un manual de intenciones; como si contáramos con una vara mágica para convertir la pólvora en protocolos diplomáticos de la noche a la mañana; algo así como intentar desactivar una bomba de tiempo con un poema sobre la paz. Proponer estas soluciones hoy, sin los recursos ni la voluntad política de ambos lados, es un idealismo que se estrella de frente con la realidad.
El Escudo Americano no será la solución total en tanto no se atienda el problema principal: el consumo estadounidense. Este es el factor económico que alimenta la maquinaria del narcotráfico. Mientras Washington no entienda que su propia demanda es el combustible de la maquinaria, cualquier despliegue militar será solo pirotecnia electoral. Si bien va, la maña solo podrá administrarse -no abatirse-; como realismo mágico, con un toque de cinismo político y un crimen organizado ordenado y discreto.