Raymundo Riva Palacio

1ER. TIEMPO: La gran batalla campal. Finalmente, lo que estaba limitado a la discusión en la prensa política se hizo público. Es el pleito de fondo entre el fiscal general, Alejandro Gertz Manero, y el jefe de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda, Santiago Nieto. Públicamente se quejó Gertz Manero de funcionarios que alteraban el debido proceso, y el presidente Andrés Manuel López Obrador le puso nombre y apellido: el de Nieto. Dijo que se resolverían las cosas, pero lo que no está claro es cómo y para dónde se inclinará la mano presidencial. Nieto se ha convertido en uno de los funcionarios más apreciados por López Obrador, quien lo llama “hijo” y lo recibe con interés cada semana durante dos horas, audiencia que nadie en el gabinete tiene. El jefe de Nieto es el secretario de Hacienda, Arturo Herrera, por cuya puerta no pasa para ver al Presidente. Gertz Manero es respetado por el mandatario, pero el fiscal no ha dejado de expresar discretamente sus molestias desde que inició la administración. De entrada, no quería ese cargo, sino el de secretario de Seguridad, y después, la locuacidad de Nieto le ha venido calentando la sangre. Gertz Manero cuenta con el respaldo de varios de los más cercanos colaboradores del Presidente, que ven en sus declaraciones banqueteras y en las filtraciones a varios medios, un ánimo más promocional —quiere ser fiscal general— que de rigor profesional. Gertz Manero ha dicho que Nieto le habla al oído al Presidente y toca la música que López Obrador quiere escuchar, al hablarle todas las semanas de casos de corrupción que después anuncia en las mañaneras o en las entrevistas afuera de Palacio Nacional, que no tienen sustento para que proceda una investigación. El reclamo de Gertz Manero internamente es que, al no ser información judicializada, la Fiscalía General no puede avanzar. Por tanto, palabras más, palabras menos, Gertz Manero dice que quien queda como incompetente es él, no Nieto. El pleito no tendrá fin. Inició hace más de seis meses y sólo se ha venido agravando. El Presidente se lo ha tolerado al jefe de la Unidad de Inteligencia Financiera porque lo que hace fortalece la narrativa de corrupción de López Obrador, que es más importante que la ley o que los procesos avancen conforme a Derecho. Por tanto, este pleito Nieto lo tiene ganado, hasta que deje de ser funcional al Presidente.

2O. TIEMPO: Conflicto en el Partenón. Como sucede muchas veces en las mañaneras de Andrés Manuel López Obrador, en una de las recientes comparecencias presidenciales, una vieja periodista que dejó el oficio para brincar al otro lado de la barra y dedicarse a la asesoría política, preguntó sobre la publicidad gubernamental para medios digitales y añadió, para subrayar lo que decía era una asimetría en la asignación de ella, a Proceso, a la que dijo le estaban dando mucha publicidad pese a que, parafraseando a López Obrador, “ya no se leía”. El Presidente rió como pocas veces y le pidió a su director de Comunicación Social, Jesús Ramírez Cuevas, que explicara los criterios. La risa del Presidente pareció saber de qué se trataba. La vieja periodista se había prestado a un ajuste de cuentas de Ramírez Cuevas en contra del consejero jurídico, Julio Scherer Ibarra. Este es un conflicto que se viene arrastrando hace tiempo, ante las críticas internas sobre el trabajo de Ramírez Cuevas. Proceso fue fundada por Julio Scherer García, padre de Scherer Ibarra, y aunque éste no tiene incidencia en el manejo editorial, su nombre esta completamente asociado al semanario. La inferencia era la discrecionalidad en la publicidad, pero los dardos eran contra Scherer Ibarra y, de paso, César Yáñez, quien era la persona natural para el cargo que hoy tiene Ramírez Cuevas, pero la difusión de su boda en la revista Hola durante la transición, lo mandó a la congeladora. El Presidente ha ido calentando a Yáñez en los últimos meses e incluso lo ha llevado, como único acompañante, a eventos privados, así como, aunque no termina de perdonarlo políticamente, le ha dado muestras de su cariño. Yáñez, más que nadie, ha sido el compañero de López Obrador en los peores momentos, incluso cuando Ramírez Cuevas ni siquiera existía en el firmamento del tabasqueño. La comunicación del gobierno sí es un problema y la queja generalizada contra Ramírez Cuevas es que sólo hace propaganda y tiene un pésimo trato con los medios, lo que impide que pueda existir una buena relación. El Presidente, sin embargo ha defendido a Ramírez Cuevas, quien le ha resultado funcional para sus propósitos. La forma relajada con la que esquivó la daga que le envió su comunicador a través de interpósita persona reflejó el ánimo que tiene López Obrador para con sus colaboradores. No se resolverá nada de fondo hasta que uno de ellos se vuelva insostenible. Pero con el Presidente, el hilo no siempre se rompe por lo más delgado.

3ER. TIEMPO: La pelea que viene desde 1994. El gabinete del presidente Andrés Manuel López Obrador fue armado de manera ecléctica. Los muy veteranos, amigos de él y compañeros políticos de sus campañas presidenciales, y los muy jóvenes, hijos de personas muy queridas e ideológicamente cercanas a él. Hubo nombramientos por compromiso o que dejó la decisión a sus asesores porque le importaban poco las responsabilidades que tendrían. Hubo otros que consideraba funcionales, los secretarios de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y de Seguridad, Alfonso Durazo. Ambos con funciones transversales. Ebrard le sirve para atender asuntos de otras secretarías como Gobernación y Economía, así como también algunas que le tocan a Seguridad. Durazo hace poco de Seguridad, aunque públicamente es todo lo contrario, y se encarga, dentro de lo que se conoce como “el gabinete de seguridad”, donde es el secretario técnico, de una mesa de negociación política que trasciende siempre a la seguridad. Es decir, también hace una parte de las funciones que competerían a la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero. El Presidente se siente cómodo con ellos, pero entre los dos hay fuego. A diferencia del resto de los pleitos en el gabinete, el de Ebrard y Durazo se remonta a la sucesión presidencial en 1993 y a las secuelas de 1994. Durazo era el secretario particular del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio —aunque estaba a punto de ser despedido por los conflictos que le generaba dentro de su equipo—, y Ebrard era el operador político de Manuel Camacho, que disputó la candidatura con Colosio y que le costó meses para procesarla y aceptarla. Aunque Colosio y Camacho finalmente se arreglaron, los equipos quedaron enfrentados. Las “viudas de Colosio”, como se conoce a quienes estaban muy cerca del candidato o lucraron con su memoria y construyeron mentiras para hacerse importantes, quedaron muy resentidos con el expresidente Carlos Salinas y con Camacho, a quien Durazo prácticamente corrió de la funeraria cuando quiso dar el pésame a Diana Laura Riojas, la viuda de Colosio. Los rencores siempre duran cuando viven en el estómago, y el que se incubó en aquellos años nunca se pudo salir. No ha habido esfuerzos por acercarlos, porque los amigos comunes saben de la profundidad en donde Durazo los alberga, pero a diferencia de otros pleitos en el gabinete, han mostrado ser políticamente profesionales. Es decir, podrán estar enfrentados, pero no se sabotean, como otros, en el mismo equipo de López Obrador, hacen cotidianamente.  

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