Hannia Novell

México inició un peligroso juego de política exterior. Al otorgarle asilo político a Evo Morales, expresidente de Bolivia, el gobierno mexicano emerge con un liderazgo integracionista en América Latina, pero también se enfrenta a los intereses que Estados Unidos tiene en la región.

Por primera vez en su sexenio, el presidente Andrés Manuel López Obrador tomó la batuta de la política exterior —que había dejado en manos de su canciller, Marcelo Ebrard— y determinó participar proactivamente en la crisis de uno de los países latinoamericanos.

Se trata de una jugada de dos bandas cuyas consecuencias aún son impredecibles. Un peligroso juego en el que México se verá obligado a permanecer en las aguas del doble discurso.

Durante décadas, el derecho al asilo ha sido un baluarte de la política internacional mexicana. Desde Lázaro Cárdenas hasta Felipe Calderón, el gobierno de México ha dado asilo a miles de perseguidos políticos de España, Líbano, Perú y Argentina, así como a figuras controversiales.

León Trotsky, impulsor de la Revolución Rusa llegó a México en 1936; el sha de Irán, Mohammad Reza Pahleví, y su familia tuvieron que refugiarse en tierras mexicanas después de la revolución islámica; Hortensia Bussi llegó a México tras el golpe de estado contra su esposo, el presidente de Chile, Salvador Allende; y Manuel Zelaya, el exmandatario de Honduras, llegó a tierras mexicanas durante el sexenio de Felipe Calderón, en 2009, luego de ser víctima de un golpe de Estado.

En Bolivia corría peligro la vida de su expresidente Evo Morales. Ese fue el argumento legal utilizado para solicitar y conceder el refugio. Resulta extraña, por cierto, la indiferencia del presidente López Obrador ante la crisis política de Venezuela. Lo que no es fortuito es la condena enérgica de México al “golpe de Estado que se perpetró contra Evo Morales”, un presidente que perdió las calles y el apoyo popular antes de ver el desvanecimiento de su poder político.

Desde el principio, México vio en la crisis de Bolivia la oportunidad para liderar el espíritu integracionista de los países de América Latina y así concretar el tan anhelado frente común de los países de la región, contra el imperio estadounidense.

Lo que los analistas han cuestionado en las últimas horas es si México consideró entre sus planes que con EU tiene una asociación económica estratégica y que se encuentra en el punto álgido de la renegociación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC).

Parecería que el presidente López Obrador y su canciller Ebrard han apostado a que el tremendo embrollo del impeachment contra Donald Trump tiene entretenido al presidente de EU, sin considerar el carácter lioso del hombre más poderoso del mundo.

Es cierto que la polémica en torno a Evo Morales distrajo la atención de los problemas internos de México, como el estancamiento económico y la creciente espiral de violencia. Pero sería ingenuo suponer que Donald Trump permanecerá indolente.

En cuestión de horas, el presidente de Estados Unidos volverá a enfilar sus baterías contra México; lo mismo para insistir con la construcción de un muro en la frontera, reiterar la propuesta de enviar a sus tropas militares para librar la guerra contra el narcotráfico en territorio azteca, repetir su amenaza de imponer nuevos aranceles y hasta cancelar las negociaciones en torno al T-MEC.

Será en esos escenarios cuando se mire el talante y determinación del gobierno de México para resolver problemas concretos sin atavismos ideológicos. 

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