Diana Loyola

El psicólogo francés Claude Steiner desarrolló una teoría que llamó poderosamente mi atención: la “Teoría de la economía de caricias” que sostiene que los humanos para desarrollarnos necesitamos fundamentalmente de la caricia externa. La caricia entendida mucho más allá del contacto de la piel con otra piel, la caricia como mirada, como sonrisa, como gesto amable, como oído atento, como retroalimentación, la caricia como signo de validación o reconocimiento de nuestra presencia.

“Las emociones son universales, aunque ciertas culturas enfaticen algunas de ellas, todos los humanos las compartimos. El apetito de caricias es como el apetito de comida, lo tenemos y no lo podemos variar. Si no comemos suficiente morimos de hambre, si no tenemos suficientes caricias, nos deprimimos”, dice Steiner en una entrevista. Me hizo eco pues la constante en todas las terapias es lograr amarse a uno mismo, la autoaceptación, el sentirse bien en la propia piel no importa qué, si bien no estoy peleada con eso, somos seres gregarios, lo aceptemos o no, y esta teoría me gustó porque implica la caricia del otro.

Para entender nuestras propias emociones y eventualmente entender las emociones de los demás, es necesario saber cuál es la emoción que se experimenta, con qué intensidad se vive, cuál es la causa que la genera. Esto se logra a través de aprender la empatía. Una vez que se aprende a reconocer las emociones, es necesario aprender a controlarlas de una manera que tengan un efecto positivo, por ejemplo, comunicar las emociones ayuda a amortiguar el efecto que tienen sobre nosotros, porque el otro nos escucha, nos mira, y puede que hasta nos apoye.

Como decía William Faulkner “Entre el dolor y la nada, prefiero el dolor”, es decir, los humanos preferimos el dolor a la nada, preferimos el dolor a no existir. Con las caricias como forma de reconocimiento sucede algo similar, cuando no sabemos cómo obtener caricias positivas, hacemos lo posible para obtener caricias negativas, preferimos el dolor antes que no tener ningún tipo de reconocimiento. Esta disfunción, como tantas otras, no la generamos de manera consciente. Obtenemos la atención del otro cometiendo errores inconscientes para provocarlo. Clamamos nuestra necesidad de existir, en pareja, en grupos de trabajo, en familia, entre amigos… “pégame pero no me ignores”.

La rebeldía es constantemente una forma desesperada de llamar la atención. Desde ahí, la lectura que podemos dar a comportamientos disfuncionales, tóxicos, obsesivos o retadores, es de una necesidad de existir para el otro, de buscar su reconocimiento o su desaprobación, pero en el fondo es una invitación a crecer juntos –decía Steiner-.

A partir de la premisa de que todo ser humano necesita para sobrevivir caricias positivas, en el momento de entrar en relación con nuestros pares, nuestra ascendencia, nuestra descendencia, o cualquier persona con la que entablemos trato, no sirve de nada recurrir a los insultos, a la presión innecesaria, a la humillación, al sometimiento, al acoso moral o de cualquier otro tipo, porque todas estas maneras dañinas de relacionarnos tienen varias consecuencias, aunque la primera impresión sea de una falsa eficiencia, a mediano y largo plazo la curva de rendimiento se vendrá abajo. La “motivación negativa” no rinde frutos. Y esto aplica para cualquier tipo de relación que tengamos, laborales, familiares, amistosas…

Cooperar, acompañar, acariciar de maneras amorosas y armoniosas, apoyar y trabajar persiguiendo un mismo objetivo son maneras de decirle al otro que existe, o que tiene el otro para decirnos que existimos. En este sentido, la competencia es una cuestión personal, de superarnos a nosotros mismos, de ser mejores de lo que fuimos, se trata de nuestra propia excelencia. No hay comparación con el otro, somos simplemente diferentes.

Si no aprendemos a compartir nuestras emociones y a recibirlas de los demás, nuestras relaciones tenderán a ser nocivas para nuestra salud emocional y anímica. Porque sí, todos necesitamos caricias positivas.

@didiloyola

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