Raúl García Araujo

La violencia sigue imparable en la Ciudad de México. No conecta entre la ciudadanía el discurso de las autoridades capitalinas de que se está haciendo algo en este tema.

La postal casi a diario es de ejecuciones, secuestros, asaltos y demás hechos violentos.

La muerte, la semana pasada, de dos ciudadanos israelíes –presuntamente involucrados con el crimen organizado- en un restaurante de Plaza Artz habla de la descomposición institucional de las instancias de seguridad y procuración de justicia de la capital, cuyos titulares dedican su tiempo a culpar a sus antecesores en lugar de dar los resultados que tanto demanda la ciudadanía.

No habían pasado ni 24 horas de estos hechos violentos cuando en parajes de la zona del Ajusco, en la alcaldía Tlalpan, fueron encontradas otras 4 personas ejecutadas.

Los noticieros nocturnos apenas daban a conocer detalles de estos acontecimientos cuando, la noche del pasado viernes, una nueva balacera en las inmediaciones del Metro Tacuba ocupó sus titulares por la muerte de un menor que presuntamente estuvo involucrado, junto con un grupo de personas, en un asalto a un elemento activo de la Policía Federal.

Ahí no quedó todo. Habría que esperar la noche del pasado domingo para sumar a las estadísticas la muerte de otras dos personas en el barrio bravo de Tepito.

La última postal de violencia ocurrió la mañana de ayer en la alcaldía de Iztapalapa. De nueva cuenta la imagen una balacera. Un automóvil en el que iban cuatro personas terminó lleno de balas.

Lejos quedaron esos tiempos en los que se consideraba a la Ciudad de México como una de las más tranquilas y con mejor calidad de vida del país.

Ahora la capital vive sumida en una grave crisis de inseguridad y no se ve para cuándo vaya a salir de ella.

Sus autoridades, encabezadas por la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, siguen obstinadas en afirmar que cuentan con el mejor proyecto para hacer frente al crimen.

De verdad que Sheinbaum no tiene claro o no quiere darse cuenta de que tanto su jefe de la policía, Jesús Orta, como la procuradora, Ernestina Godoy, no están a la altura de las circunstancias de lo que requieren los habitantes de la Ciudad de México en este tema que ya parece un peligroso cáncer.

La morenista prometió que en el segundo semestre del año cambiaría la percepción en materia de seguridad pública. Dijo que todo iba a cambiar y que, para ello, su gobierno estaba invirtiendo tiempo y dinero.

Lo cierto es que nada de eso se ha cumplido y a unas horas de llegar al mes de agosto, la situación de criminalidad se agrava.

La soberbia y la política de oídos sordos son lo que ha inundado al gobierno de Claudia Sheinbaum.

Su arrogancia no le deja ver que es urgente un cambio de timón o de política pública para emprender una lucha sin cuartel contra la delincuencia que le está cobrando factura. Las diversas encuestas publicadas señalan que los capitalinos no están de acuerdo en la forma tan blanda como se está atendiendo el tema de seguridad.

Debe entender la jefa de Gobierno que tanto el secretario de Seguridad Ciudadana como la Procuradora capitalina se han convertido en un lastre para su administración y su imagen.

De nada sirve que ella dedique todas las mañanas para atender este tema, cuando los que deben ejecutar las acciones y mover a los miles de policías para detener al crimen no lo hacen ya sea por desconocimiento o mediocridad.

Recuerdo los tiempos en los que Andrés Manuel López Obrador era jefe de Gobierno y al frente de la policía estaba el ahora secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, que llenó las prisiones de la ciudad de criminales que acechaban a los ciudadanos, y también al entonces procurador, Bernardo Bátiz, que resolvió, junto con su entonces subprocurador, Renato Sales, importantes casos de los cuales la ciudadanía pedía respuestas.

Claro, ellos tenían personalidad propia y eran funcionarios de carrera, no como los improvisados de Claudia Sheinbaum. Duele en verdad ver lo que está pasando en la Ciudad de México.

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