Juan Antonio Le Clercq

Cada transición de gobierno ha tenido su sello particular y sus propios problemas. Cuando estos modelos de transferencia del poder adquirieron visibilidad en el año 2000, Fox se enfrentaba al reto de superar la lógica de campaña y dar forma a un programa que cristalizara las enormes expectativas de cambio derivadas de la alternancia.

Si bien su modo personal de comunicar metió a Fox en algunos problemas durante el proceso de transición, en diciembre del 2000 todavía gozaba de una amplia credibilidad y la ciudadanía confiaba que llegarían muchos cambios y resultados. Las cosas se fueron complicando en el camino, pero esa es otra historia.

Calderón enfrentó un escenario muy distinto. Las dudas sobre la legitimidad de su triunfo polarizaron al país y dificultaron su toma de posesión, pero más allá de la complejidad del contexto generado por el resultado electoral, la transición resultó tranquila y él tampoco se metió en problemas adicionales. Las cosas se complicaron terriblemente en el camino, pero esa es otra historia.

Peña Nieto se benefició de una victoria electoral más amplia y menos cuestionada, pero también de la decisión de las dirigencias panista y perredista de distanciarse de Felipe Calderón y de López Obrador, respectivamente. Esto generó un escenario ideal para que Peña Nieto pudiera afinar los acuerdos para lo que sería el Pacto por México. Todo se pudrió a partir de 2014, pero esa también es otra historia, una más tétrica.

Nadie ha tenido condiciones tan favorables como AMLO, quien llega con votos no vistos desde la candidatura de Miguel de la Madrid y con una mayoría absoluta en ambas cámaras. Sin embargo, ninguno de los presidentes anteriores se había complicado tanto la vida en una transición de gobierno.

Mes y medio después, sólo han pasado siete semanas desde la elección, los problemas no hacen sino multiplicarse. Se cayó la guardia nacional, los foros de diálogo para la pacificación son un desastre, la propuesta de sembrar un millón de hectáreas con árboles frutales y maderables ha sido rechazada por especialistas y comunidades indígenas, la consulta para construcción del aeropuerto provoca cuestionamientos e incertidumbre. En el camino vienen foros para discutir una reforma educativa ya declarada cancelada por el presidente electo y como derrumbada por Elba Esther Gordillo.  A lo que se suman las investigaciones sobre financiamiento electoral ilegal y los nombramientos polémicos.

Lo más delicado, lo que preocupa, es que todos los flancos abiertos han sido resultado de errores propios y no provocados por factores externos. El ansia por gobernar ya, por arrancar de una vez la prometida cuarta transformación, puede más que la prudencia política. Y nada hace pensar que en los próximos meses la dinámica vertiginosa autoimpuesta cambie o que al menos vayan a dejar de dispararse en el pie.

Es difícil pensar que en el corto plazo pierda soporte social un presidente que llegará al poder con un bono democrático sin precedentes. Pero los errores acumulados pueden minar gradualmente la credibilidad del equipo de gobierno y contribuir al desencanto, en especial si no llegan o tardan los resultados espectaculares prometidos. Lo peor de todo es que el desgaste al que se han sometido ha sido voluntario, una extraña disposición a meterse en problemas innecesarios antes de tiempo. Vienen tres meses eternos, el 1 de diciembre es una fecha todavía lejana en el horizonte, en los que el potencial del equipo del nuevo gobierno para dañarse y crear obstáculos a su propio proyecto parece infinito.

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