Mattathias Schwartz @Schwartzesque mattathias.schwartz@theintercept.com
Dos mil millones de dólares. Ése es el costo estimado de las elecciones presidenciales de este año en Estados Unidos. Eso es mucho dinero, mucho, pero no es una cifra récord. Dos mil millones es una décima parte del presupuesto anual de la NASA, una vigésima parte del presupuesto de Harvard, una trigésima parte de la riqueza personal de Warren Buffett. Buffett es el número dos en la lista Forbes de los 106 estadunidenses que tienen fortunas personales de 5 mil millones de dólares o más: el Club 106. Todos y cada uno de esos multimillonarios son lo suficientemente ricos como para pagar, cada uno, por las campañas de Hillary Clinton y Donald Trump, y aún tendrían 3 mil millones de sobra.
Buena parte del dinero en el Club 106 es dinero familiar. El club incluye a dos Koch, cuatro Walton, tres Mars, dos Newhouse y tres Ziff. Donald Trump también nació en medio de una enorme fortuna. Con un patrimonio que supuestamente alcanza 4 mil 500 millones de dólares, está parado en la puerta del Club 106, esperando entrar a la fiesta. Los Clinton, ambos nacidos en familias con ingresos ordinarios, actualmente tienen un patrimonio de alrededor de 110 millones, lo que los ubica muy lejos del Club 106. En la temporada baja política, los Clinton han usado jets privados de sus amigos y recibido adelantos por sus libros y pagos por sus conferencias que han sumado lo suficiente como para mantener dos residencias, veranear en East Hampton y, según se informa, ayudar a su hija y a su yerno a comprar un departamento de 10 millones de dólares en Manhattan. Los Obama pronto idearán su propio plan para acercarse al mundo de las fortunas de más de mil millones de dólares con un patrimonio actual de 20 millones.
Al menos cuatro de los miembros del Club 106 (Buffett, los Koch y Bloomberg) se han expresado abiertamente sobre quién creen que debe ser presidente. Cinco miembros (Soros, Simons, Cohen, Ellison y Bloomberg) se encuentran entre los 25 principales donantes externos que han inyectado decenas de millones a la campaña. Siete miembros (Bezos, Zuckerberg, Page, Brin, Murdoch, los Newhouse y Bloomberg) son dueños de grandes empresas de medios de comunicación y de Internet –Amazon, The Washington Post, Facebook, Google, Fox News, el New York Post, The Wall Street Journal, Condé Nast y Bloomberg– con el poder de dar forma a la opinión pública. (Un octavo miembro, Pierre Omidyar, fundó la compañía matriz de The Intercept, First Look Media).
Para el Club 106, las elecciones son un juego que pueden darse el lujo de jugar. Una de esas opciones son los Super PACs [Comités de Acción Política, organismos independientes que recaudan dinero para de empresas, organizaciones o particulares, pero que no tienen permitido contribuir o coordinarse directamente con partidos o candidatos]. En el ciclo electoral de 2012, los 100 primeros donantes de Super PACs representaron el 3.7 por ciento del total de donantes, pero dieron un 80 por ciento del dinero, una estructura que refleja aproximadamente la composición de la sociedad estadounidense en su conjunto, donde el uno por ciento de la población tiene la mitad de la riqueza total. Es probable que esa diferencia se acentúe aún más a favor del Club 106 durante el ciclo 2016, gracias a dos sentencias judiciales recientes –McCutcheon y Citizens United– que flexibilizaron los límites de los donantes individuales y abrieron la puerta a que los Super PACs recauden y gasten cantidades ilimitadas de dinero.
A Trump –tomando prestada la retórica del ex rival de Clinton, el senador Bernie Sanders– le gusta decir que el sistema electoral está siendo “manipulado” por los grandes capitales y que él, un multimillonario, es el único candidato suficientemente rico como para trascenderlo. “Me estoy autofinanciando”, dijo en algún momento, lo que no es necesariamente cierto. “No tengo dueño”.
Es fácil pasar por alto esta afirmación de Trump gracias a sus muchas otras declaraciones provocadoras. Trump, por ejemplo, ha calificado al cambio climático de “patrañas” y de “un engaño inventado por los chinos”. Ha descrito su estrategia contra el Estado Islámico como una vía para “sacar al infierno de los campos petroleros”, aunque, como dijo a la junta editorial del Washington Post, “preferiría no hacerlo con nuestras tropas”.
He aquí a Trump en un debate de las primarias, explicando los fundamentos de las finanzas de campaña: “Cuando ellos [los políticos] me llaman, yo les doy… Cuando necesito algo, dos años más tarde, tres años más tarde, yo los llamo. Y están ahí para mí. Ése es un sistema descompuesto… A Hillary Clinton la invité a mi boda y ella vino a mi boda. ¿Saben por qué? No tenía otra opción porque yo he dado”.
Y helo aquí, atribuyéndose la mayor parte de la reforma de financiamiento de campaña durante la convención republicana en Cleveland: “Las grandes empresas, los medios de élite y los principales donantes se están alineando detrás de la campaña de mi oponente porque saben que ella va conservar nuestro sistema amañado en su lugar… Ella es su marioneta, y ellos mueven los hilos… mi mensaje es que las cosas tienen que cambiar”. Trump está exagerando, pero en esencia está en lo correcto: El sistema está amañado. Los demócratas son corruptos. Pero también lo son los republicanos. El libro de Jane Mayer Sobre los hermanos Koch, Dark Money, describe exactamente cómo el dinero privado da forma a la política en el bando republicano.
Un reportaje publicado en New Republic sobre la destreza de recaudación de fondos de Tim Kaine, quien contenderá a la vicepresidencia junto a Clinton, muestra cuán profunda es la influencia de los donantes en el actual liderazgo del Partido Demócrata. A juzgar por sus antecedentes y declaraciones públicas, ni Clinton ni Trump serán capaces de terminar con el control del dinero en la política de Estados Unidos, lo que significa que cualquiera que quiera contender por la Casa Blanca en 2020 o 2024 deberá tener una buena relación con el Club 106.
Los miembros del Club 106 no son como tú y yo, pero tampoco son un monolito. Algunos esquían en Aspen, otros en Davos. Algunos están a favor del aborto, otros están a favor de la vida. Algunos están preocupados por un aumento potencial de 4 grados en la temperatura de la superficie del planeta para el año 2100, otros no. Hay, por supuesto, dos monolitos de riqueza y poder: el demócrata y el republicano. Ha habido años –1968 y posiblemente 2004– cuando las diferencias ideológicas entre los dos han sido tan difusa como la diferencia entre Pepsi y Coca-Cola. Si Jeb Bush o John Kasich fueran el candidato republicano, 2016 podría haber sido uno de esos años.
Pero Donald Trump ganó. Quemó las costumbres tradicionales de su partido hasta los cimientos y llenó la plataforma republicana con su mezcla probada de combate al Islam y xenofobia contra los inmigrantes, el alarmismo nacional al estilo de “la ley y el orden”, el racismo y una postura confusa de arrogancia y aislamiento del extranjero. La plataforma republicana de este año, ahora bajo el dominio de Trump, es sumamente divergente frente a la democrática.
Cuando un pequeño número de donantes ejerce una influencia tan desproporcionada sobre los resultados de las elecciones, cualquier político que no pueda financiar su propia campaña estará obligado a poner a los intereses de unos pocos ricos por encima del electorado estadounidense. Los votantes están tomando conciencia de esto, y están molestos.
Trump es, en parte, la materialización de esa ira. La afirmación de Trump, “Voy a ser su voz”, es falsa, pero inteligente. Refleja las frustraciones de millones para los que ocho años de gobierno democrático han hecho muy poco. Los salarios reales por hora han permanecido estables, como lo han hecho durante décadas. A pesar de las ganancias en producción, productividad y el pago de los CEO, el crecimiento de los salarios ha sido especialmente lento para los trabajadores de nivel inferior, y no van al ritmo de los crecientes costos en educación, salud y vivienda. Éstas son las condiciones que permitieron el ascenso de Trump. El siguiente demagogo en tomar ventaja de ellos probablemente será uno más convincente y competente.
Por supuesto, Hillary Clinton tiene un plan sensato y detallado para la reforma del financiamiento de campaña, el que incluye revocar la decisión de Citizens United que liberó a los Super PACs, poniendo a los fondos públicos al mismo nivel que los pequeños donantes, y el que busca terminar con el “dinero secreto e inexplicable en la política”.
Pero aunque alentadoras, las propuestas de Clinton contradicen a sus acciones, en particular por la actual falta de transparencia en torno a los donantes a la fundación de la familia Clinton.
El precio de acceso al Victory Lounge, un salón muy bien resguardado en el piso superior la convención, cuesta mucho más que el costo promedio de una boda estadounidense.
Los meseros uniformados serpenteaban entre las mesas cargados con charolas con entremeses: Atún ahumado en galletas saladas, carne asada sobre pan tostado, pierogies de papa rellenos, muy a tono con el tema del menú de Filadelfia. La hora de la cena se acercaba.
Hombres altos en trajes oscuros y camisas de algodón a cuadros se reunían en grupos a lo largo de la barra. Su intercambio de tarjetas de visita y de conocimientos sobre el mercado bursátil hacían difícil escuchar lo que sucedía del otro lado del cristal, donde, abajo, en el escenario, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, hablaba sobre el salario mínimo. De este lado, los servicios de catering preparaban sus estaciones: espárragos al vapor, papas asadas, tortellini Alfredo, y una impresionante “porchetta al estilo de Filadelfia del Sur”, en rodajas.
Las convenciones de este año encarnan las dos culturas gemelas estadounidenses: dinero y política, con el dinero fluyendo en una dirección, y los favores y las credenciales en la otra.
El término preferido, usado por Rendell, Coordinador de la Convención de los demócratas, y otros políticos criados en Filadelfia, es “acceso”, el acceso a las salas especiales y a la gente especial, más del que tendría un delegado ordinario, pero menos explícito que un quid pro quo. En el extremo, el acceso puede llegar a ser lo que se conoce en Filadelfia como “pagar por jugar”, que ha llevado a prisión a varios políticos de Filadelfia en las últimas dos décadas, más recientemente, al ex congresista Chaka Fattah.
¿Qué reciben los donantes por su dinero? No siempre es una pieza específica de la legislación. A veces es sólo un oído comprensivo, una llamada telefónica o incluso sólo un sobre con gafetes para tener acceso a las reuniones VIP alejadas de la vista del partido. En Cleveland, los republicanos no me dejaron salir del elevador para caminar por los diversos niveles de la Quicken Loans Arena, donde esas reuniones tenían lugar. Yo sabía sólo los nombres de las salas: el Founders Room, el 45 Club y la Grand Old Party Suite. En Filadelfia, con las credenciales adecuadas colgando de mi cuello, pude ver el interior.
A principios de esa semana, en el vestíbulo del hotel Loews Philadelphia, platiqué sobre mis dudas sobre la Fundación Clinton con un asesor de comunicación afiliado a la campaña de Hillary. “¿Es ilegal?”, preguntó. Le dije que ése no era el punto. Dejé claro que no planeaba votar por Trump y que no pensaba quedarme en casa el día de la elección. “Bueno”, dijo. “Eso es todo lo que queremos”.
Los ricos eran ricos al nivel de Clinton, no de Trump. Después de todo, el Victory Lounge era sólo una de varias “salas VIP” incluidas como parte de los “paquetes de convenciones” ofrecidos por los demócratas a sus donantes. Para tener acceso al nivel más alto, llamado “Rittenhouse Square” en honor a una colonia rica de Filadelfia, los donantes deben recaudar al menos 1.2 mdd o dar 467 mil 600 dólares al partido durante 18 meses.