Tomando el sol en el balcón de Palacio

3 de Abril de 2026

Tomando el sol en el balcón de Palacio

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José Pérez Linares

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Foto: EjeCentral

Para Josefina Tovar de Teresa, Académica Universitaria

Una mujer sale al balcón y se sienta al sol. No grita, no protesta, no irrumpe. Simplemente se acomoda, como cualquiera lo haría en la ventana de su casa, buscando luz en medio del día.

Abajo, el Zócalo sigue su ritmo habitual: pasos apresurados, pregones de los vendedores, turistas que alzan la vista sin comprender del todo qué miran, en cualquier otra fachada la escena pasaría inadvertida. Aquí no: algo se desajusta.

No hay desafío deliberado; solo un gesto doméstico despreocupado. Y con eso basta. Porque ese balcón no es una ventana cualquiera: es el escenario donde la República ha representado durante siglos con solemnidad el ejercicio del poder público. Desde allí se han dictado los rumbos de la Nación, se han saludado multitudes y se ha ejercido la distancia jerárquica que exige el rito del poder.

De pronto, el púlpito se convierte en umbral. El símbolo pierde rigidez y la piedra parece más humana. ¿Profanación o reconciliación?

En México, el poder no solo se ejerce: se representa como en un teatro. Se cuida en los gestos más mínimos, en la altura desde la que se mira a la plaza y en la distancia que separa al gobernante del gobernado. Por eso, un acto tan sencillo como tomar el sol en el balcón genera desasosiego colectivo. Los símbolos, cuando se vuelven cotidianos, no desaparecen: se humanizan. No importa quién sea la mujer en el balcón; importa lo que el gesto toca en nuestra memoria colectiva.

El Palacio Nacional nunca ha sido solo un edificio con oficinas administrativas.Antes de ser sede del Ejecutivo, fue el centro del universo mexica ---las Casas Nuevas de Moctezuma---, luego el palacio virreinal construido con las mismas piedras de tezontle prehispánico, y más tarde sede republicana. Los regímenes cambian, pero el lugar permanece como eje magnético al que los gobernantes acuden para legitimarse.

Atravesar sus patios es entrar en otra dimensión. El bullicio de la plaza se apaga y el tiempo parece detenerse. En el centro del patio principal, una fuente coronada por un Pegaso de bronce, custodiando el silencio.

Guillermo Tovar de Teresa, el gran Cronista de la Ciudad de los Palacios, se preguntó alguna vez qué hacía un caballo alado en el corazón del poder político mexicano. La respuesta es hermosa: encontró que simboliza la elevación del espíritu que debe guiar a quien gobierna. Ese Pegaso no es un adorno, sino la expresión de un viejo ideal: que el gobierno tuviera un sentido superior, que el centro del mundo estuviera habitado por algo más que mera burocracia.

Antes de Tovar, Carlos de Sigüenza y Góngora ya había entendido a la ciudad de esa forma: no como una orilla del mapa, sino como el eje donde convergen todos los mundos, el Axis Mundi. El viejo centro del universo mexica se tradujo a un nuevo lenguaje de bronce proyectándolo hacia el futuro.

Tovar de Teresa no solo estudió esa historia: la entendió y concluyó que en esencia nuestra capital es una ciudad que se escribe y se borra todo el tiempo, pero que guarda siempre algo de lo que fue.

Esa humanidad que respira entre las grietas del protocolo sigue ahí, presente en los balcones. El poder es una representación ritual. El Pegaso custodia los ideales del Estado desde el interior del recinto; en el balcón, una mujer toma el sol. El Pegaso nos habla de la historia; el balcón nos habla de la vida cotidiana.

Entre el mito alado que habla de elevación, y la mujer que simplemente busca el calor del sol en el balcón, el Palacio Nacional reveló su rostro más verdadero: un espacio donde el rito del poder y la vida cotidiana se rozan, a veces con incomodidad, a veces con naturalidad. La liturgia del ritual sigue ahí, presente, acechante. Pero ese día, al menos por un rato, el sol le perteneció a esa mujer.