Hannia Novell

El pasado domingo 11 de marzo, en Chile se dio un traspaso de poder inédito y ejemplar que estuvo precedido por reuniones entre las autoridades salientes y entrantes, durante varias semanas.

Esto permitió que Michelle Bachelet entregara nuevamente la banda presidencial a su sucesor, el empresario derechista, Sebastián Piñera, y confirmara que en ese país sudamericano la transición llegó para quedarse.

En 2010 ganó Piñera y le precedió Bachelet. Después de su primer mandato, ninguno de los dos logró mantener el poder. Eso ocurre en las democracias maduras. El electorado evalúa y ratifica o quita de los gobiernos a los partidos y candidatos.

Por supuesto que hay acusaciones y señalamientos propios del debate político. Pero al final, se dirimen por la única vía que ofrece la democracia: las urnas.

Todo esto viene a cuento por una justificada inquietud sobre el ambiente de encono que ha prevalecido en el periodo de intercampañas y que anticipa la guerra intestina que se desatará a partir del 30 de marzo, cuando arranquen formalmente las campañas.

Por un lado está el misil lanzado desde la PGR contra Ricardo Anaya por su presunto involucramiento en una operación inmobiliaria que implicaría lavado de dinero. Ahí, ni la dependencia ha consignado el expediente, lo que implicaría el inicio de un proceso legal formal; ni Anaya Cortés ofrece pruebas contundentes que le permitan deslindarse de los señalamientos.

Esto ha provocado que el presidente Enrique Peña Nieto sea señalado de tener las manos metidas en el proceso y de que el enfrentamiento ya no sea entre el candidato de la coalición Por México al Frente y José Antonio Meade, sino contra la institución presidencial.

Y por otro lado está la advertencia/amenaza que lanzó Andrés Manuel López Obrador, abanderado de la coalición Morena-PT-PES, durante su intervención en la 81 Convención Bancaria.

“Si las elecciones son libres, son limpias (y pierdo) me voy a Palenque, Chiapas, tranquilo”. Pero inmediatamente acotó: “Si se atreven a hacer un fraude electoral, yo me voy también a Palenque, y a ver quién va a amarrar al tigre. El que suelte al tigre, que lo amarre. Ya no voy a estar deteniendo a la gente”.

La idea era transmitir un mensaje de tranquilidad sobre el respeto a los resultados electorales, pero los señalamientos del tabasqueño tuvieron un efecto absolutamente contrario y el fantasma de una “resistencia civil pacífica” como la de 2006, con el bloqueo de Paseo de la Reforma, regresó.

El problema es que el ambiente político nacional está enrarecido, lo que me lleva a una pregunta: ¿cómo gobernará el futuro presidente? No es algo que debamos soslayar: si este primer domingo de julio los resultados son cerrados y la diferencia es mínima, como todo parece indicar, esto se reflejará en el Congreso donde, nuevamente, no habrá mayorías.

Con esta beligerancia, no imagino cómo será la relación entre los poderes Ejecutivo y Legislativo a partir del 1 de diciembre. Menos aún si López Obrador llegara a Los Pinos. No veo capacidad de entendimiento y eso puede generar ingobernabilidad, inestabilidad en los mercados y una crisis económica que nadie, en su sano juicio, quiere volver a padecer.

Deberíamos voltear hacia abajo. Ver cómo en Chile se consolida una democracia con una verdadera alternancia y dirime en paz —con orden y de forma institucional— sus diferencias. México tendría que amarrar sus tigres y no sacarlos a pasear.

Compartir