CRÓNICA | Salen a la calle las voces que no se cansan

29 de Junio de 2026

CRÓNICA | Salen a la calle las voces que no se cansan

Tercera Marcha de Acción Global para exigir la aparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa

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Mire la calle. ¿Cómo puede usted ser indiferente a ese gran río de huesos, a ese gran río de sueños, a ese gran río de sangre, a ese gran río?

Nicolás Guillén

MARÍA IDALIA GÓMEZ, ITZEL REYES, GABRIELA RIVERA y JORGE VILLALPANDO

Sus ojos se hacen más pequeños detrás de los gruesos lentes y de las arrugas que acumula en el rostro, pero con su edad su grito se hace más sonoro y fuerte, igual de contundente que el letrero hecho con un retazo de cartulina fluorescente, que aprieta con las dos manos y exhibe, desde la valla, una frase lapidaria, pintada con un viejo plumón negro: ¡Fuera Peña!

No fue la única mujer mayor que acompañó en la marcha a los padres de los 43 normalistas de Ayotzinapa, desparecidos hace 41 días. Fue parte miles que se sumaron a un solo grito de ¡Justicia! y que ayer, por segunda vez en dos semanas, colmó el Paseo de la Reforma exigiendo:

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[su_pullquote]¡Si vivos se los llevaron. Vivos los queremos![/su_pullquote]

Esta vez el caminar cansado, fastidiado de tantas vueltas y tanto andar sin respuesta, pero que sigue avanzando con un paso que no da tregua, que no está vencido ni derrotado, por el contrario, que sigue sumando, estuvo acompañado de decenas de familias, hijos, padres, abuelos, que con pancartas, con gritos, aplausos, canciones y el puño en alto, llorando conmovidos y cada vez más indignados llegaron hasta el Zócalo para arroparlos.

Ayer la bandera mexicana se mostró nuevamente de luto, ondeó durante la marcha en negro y blanco, sin color alguno. También los acompañó la personificación gigante de La Catrina, que declaraba a “Ayotzinapa crimen de Estado” o “Soy estudiante no delincuente”. Había muñecos y dibujos con los rostros de políticos y funcionarios, a los que en sus propios letreros acusaban de corruptos. Y con ellos avanzó la escenificación de angustia y enorme desesperación del cuadro de El Grito, de Edvard Munch.

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Otra vez una sola causa. Otra vez un solo grito. Otra vez una muestra de dignidad ciudadana se escuchó en la Ciudad durante cinco horas. Se dieron cita estudiantes de escuelas públicas y privadas que se declararon en paro; junto con personas con muletas, en silla de ruedas, de bastón o de paso lento por la edad; lo mismo que padres y madres con sus hijos al lado o empujando en su carriola, y las organizaciones sociales de todas las corrientes e ideologías.

#HastaQueLosEncontremos está haciendo más anchas las calles, las protestas se amplifican en cada nuevo llamado para unirse a un movimiento simple, honesto y con un solo objetivo: reclamar a los 43 que hacen falta.

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“Nos quitaron tanto, que hasta el miedo nos quitaron”, se lee en una pancarta que un estudiante escribió y durante toda la marcha exhibe.

Fue una buena tarde para los manifestantes que, de punta a punta su columna alcanzó 6.8 kilómetros y necesitó, nuevamente, cinco horas para que la retaguardia pudiera llegar al Zócalo desde el Auditorio Nacional donde inició el recorrido.

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A la cabeza iban los padres de los 43 estudiantes desaparecidos, portando todos las fotografías de sus hijos, en las que sus rostros aún se ven serios y de rasgos tristes, pero ya no sólo aparecen en blanco y negro, ahora algunos diseñadores e ilustradores los dibujaron y pusieron color, pero esos tonos revelan aún más el dolor.

[su_heading size="25" align="left” margin="50"]DE NUEVO EN LA CASA JESUITA[/su_heading] Formadas, colocaron 43 sillas rojas en la explanad, y en ellas un dibujo y cada nombre: Abelardo, Adán, Jorge Antonio, José Eduardo, Julio César, Cristian Alfonso, César Manuel, Jovany, Luis Ángel, Ariel, Ricardo, Antonio, Jorge Luis…

Allí inició la jornada, en la Universidad Iberoamericana, en la casa de los sacerdotes jesuitas, la misma congregación que el Papa Francisco y la misma Compañía que 1647 participó en la primera movilización universitaria en México, cuando la monarquía española intentó limitar la influencia intelectual y su participación en la educación superior. En ese momento, los alumnos de los Jesuitas, que en su mayoría fueron hijos de empresarios coloniales, protestaron al inicio de un conflicto que concluyó seis años después con la derrota del Virrey.

Ahora, tres siglos después, es la misma Compañía de Jesús la que apoya a los padres de los normalistas y se suma al paro estudiantil y arropa al movimiento. A su lado, se han sumado otras congregaciones e iglesias.

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“No podemos responder violencia con violencia, pero si con acciones que desactiven esa violencia”, alertó Conrado Cepeda, sacerdote Jesuita que encabezó la homilía.

La indignación general de la sociedad civil, harta de que se registren más de 100 mil muertos, más de 25 mil desaparecidos, mueve a la congregación: “Ayotzinapa es la gota que ha derramado el vaso”.

“Desde nuestra fe brota este clamor también, que exige justicia. Creemos que la fe y la justicia están íntimamente unidas y no separadas, de ahí es de donde partimos para realizar todas estas acciones de apoyo”, aseguró el sacerdote.

Un gran número alumnos de la Ibero, alrededor del patio, dibujan figuras humanas de cartón, otros más aguardan sentados en las escaleras. También colocaron una ofrenda dedicada a la suma de agravios: Ayotzinapa, Acteal, la guardería ABC y Atenco.

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A las 2 de la tarde dio inicio la jornada formal. Cuatro padres de familia y siete sacerdotes Jesuitas descendieron por las escaleras para iniciar la ceremonia religiosa.

El sacerdote Conrado Cepeda, con voz serena y firme anuncia: “estamos aquí reunidos por un motivo, que es sí, exigir justicia, pero también desde la paz que nos da certeza de que Dios está con nosotros”.

Luego el tono del sacerdote fue de denuncia: “Ayotzinapa no es una situación aislada. La sociedad civil se encuentra en medio de una guerra sin sentido, una guerra que no hemos pedido y que estamos pagando”.

Y entonces alzó la voz y sus palabras, con la ayuda del micrófono, vibraron en toda la escuela: “hoy nos presentan a dos chivos expiatorios para calmar los ánimos, pero todos sabemos que detrás de los gobiernos estatales y locales está el Estado”.

Ese fue el preámbulo, después los padres hablaron frente a todos los estudiantes. Uno a uno pasaron y cada vez fue más difícil cortar la emoción.

A Narciso Ramón, papá de uno de los normalistas, el llanto le impidió terminar y sus lágrimas se contagiaron a otros padres y madres que se encontraban en el lugar, en respuesta el auditorio aplaudió con la fuerza de la empatía que no es otra cosa que honesta solidaridad.

Tras el micrófono Delfino Zaragoza, otro de los padres, relató que el procurador Jesús Murillo Karam, días atrás les dijo que estaba esperando capturar a una persona nada más para dar con el paradero de sus hijos. Pero ayer, luego de que se diera a conocer la detención de ex presidente municipal José Luis Abarca Velázquez, el mismo funcionario federal les dijo que se había declarado inocente.

“Así nos van a estar engañando todo el tiempo, pero los muchachos, ya son varios días más y se aumenta más la desesperación”, soltó Delfino con mucho enojo.

Ver el rostros de cada uno de los familiares y amigos de los 43 estudiantes desaparecidos, es mirar el cansancio en sus ojeras y el dolor en sus ojos apagados e hinchados.

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“Nuestros hijos querían salir adelante, subían a la sierra y no sabes si regresas, la educación tiene que ir a todos lados”, dice con voz ahogada, casi por quebrarse en llanto, el último de los padres que habla ante el micrófono. Pero no pudo más, su voz ya no se escucha, quedó en silencio, aprieta los labios, pero no pudo contenerse y se le escapa un quejido que lo rebasa, que todos escuchan porque ya no pudo contenerlo y se derrumba entre sus lágrimas.

[su_pullquote]“¡Ayotzi, aguanta la Ibero se le levanta!”[/su_pullquote] Quienes miraban a Delfino, tampoco pudieron contenerse y también derramaron lágrimas, pero todos guardan silencio por unos segundos, aunque pronto se dan cuenta que aplaudir es indispensable como muestra de fuerza y entereza. La emoción más profunda recorre las aulas y un grito las envuelve:

Minutos después, el sacerdote pasó lista a cada uno, nombre por nombre, de los 43 normalistas. Y después de cada uno el clamor de los presentes:

“¡Vivos los queremos!”

[su_heading size="25" align="left” margin="50"]EL METRO, PRIMER LUGAR DE ENCUENTRO[/su_heading] La estación del metro Auditorio se llenó de jóvenes, de batas blancas, de uniformes, de pancartas, de canciones, de gritos, de risas y de esperanza.

“¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos!, ¡Vivos se los llevaron! ¡Vivos los queremos!”

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Se saturaron los andenes, pasillos y escaleras. Pero no se hicieron tumultos, uno a uno, en orden, fueron avanzando y saliendo para tomar su lugar sobre Paseo de la Reforma y estar listos para comenzar.

Así se fueron acomodando los estudiantes de la Facultad de Química, FES Aragón, FES Acatlán, el Sindicato de Trabajadores de la UNAM, la Universidad Pedagógica, todas las escuelas de la UAM, distintos Colegios de Ciencias y Humanidades, Preparatorias, tanto de la UNAM como del Distrito Federal.

Lo mismo eran estudiantes de instituciones privadas que públicas los que fueron preparándose entre sonrisas y charlas, y poco a poco se sumaron las escuelas del Instituto Politécnico Nacional, las de Arte de la UNAM y del Instituto Nacional de Bellas Artes, el Claustro de Sor Juana, del CIDE, del Colegio de México, de la Universidad del Valle de México, del Tec de Monterrey, de la Ibero y casi al final quedó el contingente de la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Se hicieron presentes escuelas foráneas de Hidalgo, estado de México y Morelos, algunos todavía con uniformes porque son de preparatoria y portaban algunos letrero improvisados:“¡Justicia!”.

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Las organizaciones sociales no se quedaron atrás, tampoco tuvieron reparo en juntarse siendo distintas: Greenpeace, Amnistía Interncional, la Unión Popular Revolucionaria Emiliano Zapata (UPREZ), del Partido Comunista de México (PCM), Pueblos Unidos del DF, el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), el Frente Popular Francisco Villa, un contingente de Morena y de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación Oaxaca.

Bastantes ya traían sus pancartas o cartulinas preparadas con dibujos y exigencias, y en ellas hay muchas consignas que se repiten, de distintas formas y con distinta letra, pero todas insisten:

“¡Nos enterraron vivos, pero no sabían que éramos semilla!”, “¡No más indiferencia ante los crímenes de Estado!”, “¡No estamos todos, nos faltan 43!”.

Y a las mismas filas se sumaron ciudadanos extranjeros, que en español o inglés escribieron: “Enough!”.

Hasta un contingente de ciclistas, unos 500, llegaron para sumarse a la marcha, con algunos letreros pegados en sus ropas.

Otros jóvenes más, los que no tuvieron tiempo, escribían aprisa en sus cartulinas, tirados en el asfalto en medio de la calle, usando plumón negro o de colores, sin dudar qué escribir:

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“¡Fuera Peña!”, “¡Ahora se hace indispensable, presentación con vida de los estudiantes y castigo a los culpables!”, “¿Qué cosecha un país que siembra muertos? Estudiantes revolucionarios #TodosSomosAyotzinapa”.

“¡Nos faltan 43!” Eran las 4 de la tarde y comenzó la marcha. A pesar del cansancio, los padres y familiares de los 43 estudiantes desaparecidos estuvieron al frente. Gritaron y alzaron el puño y, de nuevo, se aferraron a las pancartas con las imágenes de sus hijos.

Atrás de ellos, muy cerca, caminaron los alumnos de las diferentes Normales del país, que con con fuerza y rabia entonaban sus cantos:

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“Porqué, porqué, porqué los asesinan si son la esperanza de América Latina”.

Una valla nuevamente se formó y los acompañó a todo lo largo de Reforma. Oficinistas, mujeres mayores y jóvenes, niños y muchas familias. Algunos tomaban fotos, otros gritaban, incluso lloraban, aplaudían o mostraban sus pancartas. Hasta los que van de paso, los que salen del trabajo, no pueden evitarlo, se detienen, esperan, observan la marcha, las cruces de madera, los dibujos, los féretros de cartón y escuchan las consignas y los cantos:

“No nos falta uno, no nos faltan 10. Presentación con vida de los 43”.

Otros más se decidieron por marchar y en un grito que se solidariza se oía: “el Godínez consiente se une al contingente”.

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Una señora de más de 60 años, que gritaba tan fuerte que destacaba entre todos, esperó a que pasaran por el Ángel de la Independencia los padres de los normalistas, para desde allí sumarse y llegar hasta el Zócalo. Su cartulina fluorescente, que ella misma escribió, sólo dice “¡Fuera Peña Nieto!”.

¿Porqué está aquí?, se le preguntó: “Para que aparezcan nuestros hijos. Soy madre y quiero que aparezcan”, respondió entre lágrimas y continuó su paso.

En esa valla espontánea, esta vez las distintas iglesias hicieron patente su presencia, algunos sacerdotes acompañaron a varias familias de seglares y que esta vez gritan más fuerte: “¡la iglesia consciente se une al contingente!”, “Iglesia que marcha, apoya a Ayotzinapa”.

Un grupo, el de la orden de los Mercedarios de México, portando sus hábitos blancos, tenían su propia consigna que no paraban de exclamar: “¡Hermano cautivo, Cristo está contigo!”.

Un poco más adelante unas monjitas con sus hábitos blancos y otras de tonos oscuros, mezcladas entre toda la gente, también forman parte de las vallas y se fueron sumando a la caminata. Algunas de ellas, apretaban entre las manos sus pancartas, unas pequeñas y otras medían un metro:

“Para los administradores de este país soy delincuente, tengo 20 años soy joven…”

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Entre la valla ciudadana está Claudia, con toda su familia, eligieron el monumento a Cuauhtémoc, en el cruce de Insurgentes y Reforma, para apoyar la marcha. Su papá, una persona de la tercera edad, se mantuvo allí todo el tiempo, sentado en uno de los tres bancos que llevaron. En familia gritaron, aplaudieron y se emocionaron, y no se cansaron de sostener su manta:

“¡Si vivos se los llevaron, vivos los queremos!”

Los estudiantes nutrieron el contingente que avanzó sobre Paseo de la Reforma, a veces a paso lento y a veces corriendo con tambores y con consignas. Los gritos se repitieron uno tras otro, sin que los miembros de los contingentes llevaran ya la cuenta de cuántas veces los habían repetido.

También las porras universitarias se gritaron una y otra vez. La de la UNAM, que se modifica con cada marcha, al típico Goya ahora se suman, al final, “Universidad ¡Pública y gratuita!, ¡Científica y popular!”. Durante el recorrido, unos encapuchados se hace presente y tratan de mezclarse entre las filas, cerca de la retaguardia de la marcha. Hacen pintas, pero los estudiantes les piden que no lo hagan, ellos se niegan y siguen, entonces los rechazan, no los secundan y les gritan: “porros”.

Al pasar frente al edificio de la Procuraduría General de la República (PGR), la protesta se transforma en silencio y en el brazo levantado con la “V” de la Victoria. Y unas cuadras más adelante, frente al edificio del Senado, la rechifla es la consigna.

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La macha sigue avanzando, mujeres empujando carriolas, personas de la tercera edad, siguen el mismo paso de los jóvenes y todos atrás de los padres de Ayotzinapa. Y es que es, dice uno de ellos, “una sola lucha”.

“Hasta que cambie” Paseo de la Reforma lleva más de dos horas paralizado, de nuevo la ciudad fue tomada en su principal avenida. El grito de un hombre no cesa, aunque su timbre se escucha desgastado, pero es insistente y no se cansa, sus canas y su cuerpo encorvado revela que supera los 70 años. Se llama José y dice que marcha con toda su familia:

“Yo estuve en la manifestación de 1956, cuando el Ejército entró al Poli, yo era estudiante. Acá están mis hijos, toda mi familia, marcho porque es un gobierno represivo contra estudiantes y hasta que esto cambie”.

Otra señora de mediana edad, que grita insistente que son 43 estudiantes, dice que lo hace “para que escuchen y sepan que los queremos vivos”.

Son las seis y media de la tarde y los padres de los 43 estudiantes llegaron al Zócalo. El grito de “justicia” fue solo uno y cimbró de nuevo los edificios. En el Centro de la Ciudad de México está la marcha por la dignidad, que retumba con indignación:

“Ayotzi vive, la lucha sigue”.

Ya en el templete suben los padres de los normalistas, también líderes sociales y Jody Williams, premio Nobel de la Paz.

Emplazaron al paro nacional para el próximo 20 de noviembre. Insistieron en que sus hijos están vivos, y que sólo creerán en los estudios que lleven a cabo los peritos argentinos y denunciaron hay más involucrados, no sólo el presidente municipal de Iguala detenido.

“Nosotros no podemos quedarnos de brazos cruzados y no podemos permitir que termine este movimiento cuando regresen vivos nuestros compañeros, porque el gobierno nos tiene que garantizar que Guerrero es seguro”, exigió uno de los normalistas.

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Durante 10 minutos tomó el micrófono la premio Nobel, quien aseguró que había más premios nobeles apoyándolos y que “solamente si hay un cambio en todo el sistema pueden todos descansar y vivir tranquilos”.

“Fuera corrupción. Fuera políticos corruptos, militares, policías, los narcos”, exclamó y cerró con un grito al que todos respondieron: “¡Todos somos Ayotzinapa!”.

Mujeres que representaban a 131 organizaciones sociales leyeron un comunicado al que la gente interrumpía con gritos y aplausos: “se equivocan quienes dicen que es un caso excepción, Ayotzinapa no hubiera sido posible si no existiera una política de desmantelamiento y represión de las Normales rurales. Ayotzinapa no es un problema local de seguridad, sino la expresión más aguda de la crisis y descomposición del Estado mexicano”.

Una madre tomó el micrófono, relató cómo su hijo fue asesinado. Se le desgarró la voz cuando gritó, con todas sus fuerzas, “¡Te amo, hijo! ¡Te amo!”. Un muchacho, entre la gente, que le escuchó atento, se mordía los labios y no pudo evitar las lágrimas, pero no quiso que nadie lo viera y, rápido, levantó la cabeza, se limpió las mejillas y se marchó.

Atrás de todos los manifestantes estaban iluminadas dos imágenes revolucionarias, que dan cuenta que llegan los festejos de noviembre, pero que en este caso parecía que miraban y respaldaban la marcha: Francisco Villa y Emiliano Zapata.

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Al final, entonaron el Himno Nacional y poco antes, a lo lejos se escucharon algunas estrofas de la canción que escribieron los normalistas: “me borraron los sueños de ser profesor, me borraron los sueños pinche gobierno opresor”.

Después de las nueve de la noche comenzó a vaciarse el zócalo. Algunos se van en metro y otros avanzan por las calles de camino de regreso a casa, antes de partir un señor besó a sus hijos, sonrió y les dijo “qué bien, aguantaron su primera marcha”.