No hay imágenes del abuso, pero se sabe que la agresión a los ciudadanos fue violenta. El 28 de junio de 1969, entró la redada al bar Stonewall Inn. Los clientes —homosexuales, personas transgénero y drag queens que consideraban ese bar neoyorquino un último refugio— fueron sorprendidos. Pero en esa ocasión, se negaron al arresto, a ser dispersados, a esa invisibilidad que prevalecía como destino para las comunidades LGBT. Se quedaron y lucharon.
Stormé DeLarverie, lesbiana birracial, recibió un macanazo. “¿Por qué no hacen algo?” gritó mostrando la cabeza ensangrentada. Encendió una chispa que avanzó disturbio tras disturbio, símbolo de la liberación LGBT moderna; motivo para que el 28 de junio se celebre el Día Internacional del Orgullo LGBT.
Años antes, el Instituto de Derecho Americano había publicado un “código penal modelo”; apenas recomendaba descriminalizar “la sodomía privada”. No finalizó su texto hasta 1962 cuando Illinois se había adelantado como primer estado en eliminar tal penalización, pero motivando una ola de redadas en otros lugares. Los cambios llegaron después. Por ejemplo, la clasificación de la homosexualidad como enfermedad psiquiátrica no fue removida del Manual de Trastornos Mentales hasta 1973.
La Sociedad Mattachine y organizaciones como Hijas de Bilitis representaban un movimiento gay temprano que abogaba por una estrategia limitada a la “tolerancia” (eso que molesta al filósofo Slavoj Žižek por la forma en que reitera la penosa culpabilidad del diferente y la negación de su visibilidad).
Stonewall exigió una plena integración, protección legal del empleo y eliminar la discriminación en vivienda o la estigmatización de espacios gay como reductos criminales. Para el Frente de Liberación Gay Británico, Stonewall construyó alianzas contraculturales; la base para la resignificación del insulto “queer” hacia una externalización del cuerpo, el arte y la protesta.
Frente a un sistema letárgico y evasivo, Stonewall fue determinante para atender enfermedades entre comunidades que antes se ocultaban y evitaban servicios médicos convencionales. Fue clave en filiación, vínculos de familia, y acceso legal al matrimonio entre personas del mismo sexo.
Ahora bien, los derechos ganados desde Stonewall están bajo asedio. Las sociedades contemporáneas experimentan un repliegue: exenciones religiosas para las leyes antidiscriminación, violencia y erosión de protecciones de vulnerables que intenta que retornen a la invisibilidad.
La actual administración estadounidense fomenta procesos revisionistas. No solo persiste una violencia contra esa población LGBT que determina una propensión nueve veces mayor a sufrir crímenes de odio. Fomenta constantemente una intimidación de bajo nivel, que puede ser igualmente corrosiva.
La Ley de Restauración de la Libertad Religiosa de Indiana (2015) específicamente evita prohibir la discriminación por orientación sexual. ¡Peligro! Una decisión de la Corte Suprema de 2020 erosionó lo avanzado esgrimiendo una supuesta superioridad de la libertad religiosa y de expresión que merma los mandatos antidiscriminatorios.
Rusia, Europa del Este y antiguos estados soviéticos enarbolan principios conservadores tradicionales que violentan la integridad corporal y los derechos de las minorías sexuales. En Europa ya se impulsan referéndums contra el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Pero donde este dragón cierra la pinza con más daño es en África: proliferan organizaciones, principalmente religiosas y estadounidenses, que aprovechan la cara amable de la importante preservación de tradiciones para influir en los liderazgos y suspender las agendas progresistas: “no permitas que tu familia tradicional se trastoque, no permitas que la mujer decida”. Bajo su labor, atacan por igual derechos reproductivos de la mujer, que el avance de cualquier agenda LGBT.
No extraña que en Mauritania, Somalia o Nigeria la homosexualidad esté penada y, tras una ley de 2023, en Uganda puede castigarse con pena de muerte. En ese continente, las fuerzas de seguridad estatales cargan con 80% de los actos de violencia contra la comunidad LGBT y, en cada conflicto africano, el componente de ataque sexual, prolifera exponencialmente.
Es indispensable extirpar ese circuito que alimenta el refortalecimiento de prácticas violentas sobre la persona diferente: la preeminencia de una “normalidad” precedente, entendida como tradicional, incuestionable, por encima del derecho a vivir sin ninguna violencia. Enarbolarla arrebata el derecho a una voz. Lanza un manto reprobatorio por el estigma de un supuesto escándalo también preexistente. Stonewall enseñó que el cambio nacía de hablar y ser visto; de existir. No puede perderse ese ímpetu con base en un nuevo silencio.