En política, cuando un proyecto está construido sobre convicciones, principios, causas e ideales, regularmente sus integrantes cierran filas en los momentos difíciles; pero cuando está construido sobre intereses, complicidades, redes criminales y corrupción, lo primero que aparece es la traición.
Eso es precisamente lo que hoy ocurre dentro de Morena. El reportaje publicado por The New York Times, que da cuenta de acercamientos entre funcionarios y legisladores del partido oficialista con autoridades estadounidenses para proporcionar información sobre otros integrantes de su propio movimiento, confirma algo que desde hace años era evidente: el régimen comenzó a devorarse a sí mismo.
En Morena no hay lealtades, no hay confianza y, por supuesto, no existe la disciplina política que siempre presumieron.
Resulta que quienes durante años acusaron a la oposición de conspirar en el extranjero y de ser “vendepatrias”, hoy buscan acuerdos privados para salvarse. Quienes exigían obediencia absoluta ahora señalan a sus propios compañeros. Quienes hablaban de transformación hoy corren para no hundirse junto con el barco, porque el agua ya les llegó al cuello.
Los mexicanos hemos visto acumularse, uno tras otro, episodios profundamente vergonzosos asociados directamente con el narcogobierno de Morena: el escándalo del huachicol fiscal; los señalamientos contra narcogobernadores, presidentes municipales y funcionarios del oficialismo; las investigaciones abiertas en Estados Unidos y el retiro de visas a integrantes del régimen. Cada nuevo episodio ha sido respondido con la misma estrategia: negar, victimizarse y descalificar a quien cuestiona.
Lo que hoy observamos es consecuencia directa de la irresponsabilidad criminal de Morena en el gobierno y de haber permitido que los cárteles del crimen organizado penetraran estructuras gubernamentales en todos los niveles, estableciendo un pacto destinado a fracturarse ante la menor adversidad. Por eso ahora se señalan unos a otros. Por eso buscan convertirse en informantes. Por eso intentan adelantarse a investigaciones que temen puedan alcanzarlos el día de mañana.
La historia latinoamericana ofrece demasiadas lecciones para ignorarlas. Los proyectos políticos que toleraron o permitieron la captura institucional por parte de intereses criminales terminan consumidos por sus propias contradicciones. Ocurrió en Venezuela con Chávez y Maduro; en Bolivia con Evo Morales; acaba de ocurrir en Colombia con Gustavo Petro y es evidente que el tiempo también le está llegando a Morena. Porque ningún gobierno es invencible cuando pierde legitimidad y cuando sus propios integrantes comienzan a abandonarlo para salvarse individualmente.
México no puede recorrer ese camino. Nuestro país merece instituciones fuertes, gobiernos profesionales y autoridades capaces de poner orden y devolver la paz a nuestras calles. Merece servidores públicos que respondan ante la ley, y no operadores que busquen acuerdos privados cuando aparecen las investigaciones y los señalamientos.
La gran tragedia nacional es que, mientras Morena se consume en disputas internas y en una creciente desconfianza mutua, millones de mexicanos siguen padeciendo la violencia, la extorsión y la inseguridad todos los días.
Lo cierto es que la verdad siempre sale a flote y, cuando eso ocurre, quienes construyeron su poder sobre la corrupción y los oscuros acuerdos suelen salir corriendo, esconderse y delatar a quienes ayer llamaban compañeros. Como dice el dicho: “cuando el barco se hunde, las ratas saltan primero”.