Las reglas del Derecho según las reglas del Mundial

29 de Junio de 2026

Las reglas del Derecho según las reglas del Mundial

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Raymundo Espinoza Hernández.

La celebración del Mundial de Fútbol en México, lejos de ser un evento puramente deportivo, se ha revelado como un complejo fenómeno que pone a prueba las tensiones entre la soberanía nacional, el poder corporativo global y la realidad social del país. A través de una mirada crítica, es posible ver este evento como una expresión de la capacidad del poder corporativo global para imponer el orden jurídico comercial trasnacional por encima del Derecho local, en detrimento del interés público y el espacio urbano.

Uno de los aspectos más invisibilizados del evento es la subordinación del marco jurídico local a los intereses de la FIFA y sus socios nativos. La Federación Internacional de Futbol Aosicado es un actor del capitalismo mundial, con una influencia económica y política que desafía la capacidad regulatoria de los Estados nacionales. Esto se manifiesta de manera tangible en la preponderancia de la propiedad intelectual y la suspensión del derecho de propiedad en detrimento de los terratenientes y la pequela burguesía mexicana.

Las estrictas normativas sobre el uso de marcas y derechos de transmisión no sólo limitan la libertad comercial, sino que privatizan la experiencia del evento, al exigir licencias incluso para la difusión pública en establecimientos comerciales. La gestión de los estadios ha demostrado cómo incluso los derechos de propiedad privada, como los relativos a los palcos, quedan supeditados a reglamentaciones externas, lo que altera la naturaleza del derecho de los dueños bajo los lineamientos organizativos del mundial.

La transformación de la Ciudad de México para el evento ha evidenciado una marcada tendencia a la exclusión. El Mundial ha servido como catalizador para la llamada “turistificación”, como variante de la gentrificación del espacio público, pero en general como parte de un proceso de aburguesamiento de ciertos entornos. Por ejemplo, mientras el gobierno busca proyectar una imagen de ciudad cosmopolita, los vendedores informales, que constituyen una parte sustantiva de la economía de subsistencia en la CDMX, enfrentan el riesgo de ser expulsados y la imposibilidad de acceder a permisos para trabajar en las zonas de mayor afluencia. Por otro lado, la narrativa popular del fútbol como deporte de masas se desmorona ante la realidad de los costos. La elitización de los estadios, con boletos fuera del alcance de la mayoría de la población, convierte al evento en un espacio segregado que poco tiene que ver con sus orígenes populares, como una forma de convivencia y socialización de los obreros y el proletariado en términos más amplios.

La coyuntura del Mundial generó una tremanda presión sobre el gobierno de la CDMX y el federal. El evento se ha convertido en un escenario de disputa donde confluyen demandas históricas, como la derogación de las reformas neoliberales a las pensiones (ISSSTE), con la necesidad gubernamental de mantener la estabilidad y evitar la provocación. Las autoridades han tenido que navegar entre el respeto a los derechos fundamentales de manifestación y la presión internacional por garantizar un evento sin sobresaltos. Esta situación refleja el desafío mayor de un gobierno de izquierda: la dificultad de desmantelar estructuras neoliberales heredadas en un contexto de escasez de recursos y presiones geopolíticas externas.

En este sentido, el Mundial funciona como un prisma que no sólo refleja las contradicciones del México contemporáneo, sino que puede exacerbar problemáticas estructurales. Por un lado, la pasión futbolera actúa como un mecanismo de distracción y legitimación política; por otro, la realidad jurídica y económica subyacente nos recuerda que, bajo la fachada de la “fiesta futbolera”, operan lógicas de mercado que con frecuencia priorizan el beneficio corporativo sobre el bienestar social y la equidad urbana. El verdadero reto para el país, más allá del resultado deportivo, reside en la capacidad de las instituciones para gestionar estas tensiones sin traicionar la justicia social que exige su base ciudadana.