Simón Vargas

“La violencia es el último recurso del incompetente.” Isaac Asimov

Mucho se ha especulado sobre las elecciones de este 2021, sobre todo por el número de espacios que están en juego, pero además por lo trascendente que dichos lugares representan para las fuerzas políticas de nuestro país.

El próximo 6 de junio las urnas definirán el destino de México, ya que en todos los estados se elegirán posiciones a nivel municipal, estatal y federal, aunque cabe precisar que no en todos se realizarán en los tres órdenes de gobierno; paradójicamente la importancia de este proceso electoral ha sido ensombrecida algunos casos por la violencia.

De acuerdo a datos de la consultora Etellekt, quien a inicios de este mes presentó el Cuarto Informe de Violencia Política, estas elecciones se han colocado como las segundas más violentas desde el año 2000, este análisis presenta un registro de 476 hechos delictivos con un saldo de 443 víctimas, 79 políticos, 28 familiares de políticos y 91 servidores públicos sin militancia, es decir, un total de 198 víctimas mortales ligadas a la política y al servicio público durante el proceso electoral.

Al igual que la elección de 2018, las amenazas han constituido una de las principales herramientas para agredir, las cuales se hacen principalmente a través de redes sociales y mensajería de celular, derivado de este acto intimidatorio hasta el cierre del análisis mencionado se contabilizaron 17 aspirantes que renunciaron a sus candidaturas, después de haber recibido amenazas en contra de su integridad y la de sus familias, cambiando algunos incluso de residencia por miedo a represalias.

Por otro lado, los secuestros han sido otro método utilizado constantemente, se han registrado 25 víctimas, de las cuales el alcalde de Temósachic, Chihuahua, perdió la vida y el aspirante a la alcaldía de Mezquitic, en Jalisco, continúa desaparecido. Las otras 23 víctimas fueron liberadas.

Al parecer convertirse en candidato a cualquier puesto político se ha transformado en un acto donde la propia vida y la de familiares compiten también en las boletas electorales; sin embargo, los constantes actos de agresiones quizá deberían orillarnos a pensar más allá de lo evidente; porque no podemos negar que la influencia del narcotráfico sigue presente en todo el territorio nacional, o que los delincuentes persisten en sus actividades, sin embargo, hay otra pregunta que necesitamos hacernos, ¿podría ser que la convicción de mujeres y hombres con valores, que el sentimiento creciente de combate a la corrupción y que el anhelo de la erradicación de células delictivas, entre otros factores, hayan comenzado a sembrar el miedo en los criminales y narcotraficantes?

Es posible que las amenazas lleven implícitas un rastro de temor a la incorruptibilidad, a la lealtad hacia las buenas prácticas, a la honestidad de las propuestas y a la integridad de las y los candidatos; quizá un poco de esperanza ha comenzado a surgir y la sociedad cansada de la presencia del miedo, ha decido enfrentarse a los criminales y ha osado pronunciar el “Yo no tengo miedo” del último spot publicitario del caso que conmocionó a México, el del candidato Abel Murrieta, aspirante al Ayuntamiento de Cajeme, Sonora, mismo que fue ejecutado a plena luz del día.

La escalada no para y conforme la fecha límite se acerca quizá la situación sea más crítica; mientras redactaba este documento el día de ayer, sucedieron dos actos que suman a esta terrible ola criminal: Omar Plancarte Hernández, candidato a la Presidencia Municipal de Uruapan, Michoacán, fue secuestrado al salir de su propiedad por un grupo de hombres armados, y Alma Barragán, candidata a la alcaldía de Moroleón, Guanajuato, fue asesinada durante un acto de campaña; desafortunadamente, hasta el cierre de este escrito Plancarte Hernández aún no ha sido localizado.

Se deben dejar al margen los colores de los partidos a los que se pertenece o bien cuáles sean las propuestas políticas que se impulsen, hoy es imprescindible que la impunidad comience a ser exterminada, que se esclarezcan los delitos, que los responsables sean llevados ante la justicia y que recordemos que la vida es el bien más preciado, por lo que usarla como moneda de cambio nunca debería ser una opción.

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