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Luis Alfredo Pérez

El asunto me dio risa. Entré en la librería donde suelo tomar café y encontré una pila de ejemplares de un libro de Karl Ove Knausgård, acompañada por una silueta en tamaño natural del autor.

Si no lo ha visto o googleado, no imagine nuestro escritor latinoamericano tradicional, pasado de peso, vestido con traje y lentes anticuados, presto para hablar de mitos griegos. Imagine más bien una mezcla de lo salvaje de Indiana Jones, lo atormentado de Ernest Hemingway y la belleza de Ingrid Bergman en masculino.

Antes de ver esta propaganda, perdón, esta fotografía, ya habían caído en mis manos tres o cuatro reseñas de sus libros y su vida; todas incluían fotografías diferentes pero donde proyectaba lo mismo. Como si dijera, “No puedo negarlo, lo que tengo que decir te va a interesar.”

En 2009 Knausgård publico el primer volumen de una obra a la que provocadoramente llamó Mi Lucha ––igual que aquel otro libro cúspide de la literatura universal––, que se ha convertido es el último fenómeno literario en el mundo.

Algo bueno tienen los países escandinavos que su presencia en la literatura mundial no concuerda con su tamaño ni con el número de personas que hablan noruego y sueco. Aventuremos hipótesis. Una razón es, por supuesto, la importancia que dan a los libros: son dos de los países con uno de los índices de lectura más elevados. Otra, que son sociedades con un alto nivel de vida general, y cuando eso ocurre los ciudadanos que desean dedicarse a algo artístico generalmente no se mueren de hambre –– a menos que se sientan malditos o lo consideren un performance. Y por último, la presencia de los Premios Nobel es una poderosa influencia, que recuerda a los ciudadanos que el arte y la ciencia son importantes más allá del impacto que tengan en nuestra cuenta corriente.

La popularidad de los libros de Knausgård resulta más interesante aún porque se trata de una especie de autobiografía de seis volúmenes. En ellos habla de sí mismo y de lo que le rodea: su familia, su paternidad, la muerte de su padre, la idiosincrasia de sus tíos, lo blando de los suecos, sus ideas y tormentos, y por supuesto sus deseos sexuales y frustraciones. Knausgård no ahorra detalles ni se preocupa por lo que pensarán de él los lectores o las personas de quienes habla, lo que, en sus propias palabras, ha supuesto venderle su felicidad al diablo a cambio de tener de qué escribir.

Alguien despistado podría interpretar que su obra es una muestra más del espíritu de nuestra época, determinado por redes sociales donde millones de personas informan sobre sus desayunos, vacaciones, opiniones y neurosis, y documentan con fotografías y videos todos los detalles de su vida.

Pero si estamos en la época de los ciento cuarenta caracteres, ¿por qué diablos la gente lee una obra de tres mil quinientas páginas, por más detalles morbosos que contenga, más guapo que esté su autor, y más magistral que sea la campaña de mercadotecnia detrás de ella?

Este es un buen ejemplo de por qué la narrativa no ha muerto, a pesar de todas las pantallas que nos rodean.

La obra de Knausgård no viene en pastillas: es un ladrillo sólido. Leerla demanda tiempo, por supuesto, pero también concentración para seguir sus ideas, apreciar la manera en que sus temas se enlazan, sumergirse en lo que está contando. Además del placer estético que experimenta, quien lo consigue se encuentra con un medio que proyecta su inteligencia como muy pocas otras experiencias lo consiguen, y que además toca la fibra de los temas que nos producen insomnio. No sólo de dónde venimos y a dónde vamos, sino qué diablos hacemos casados, criando hijos, intentando escribir novelas, lidiando con padres difíciles y vecinos impertinentes; por qué a veces nos sentimos infelices y otras veces contentos, y pasamos la vida esforzándonos a pesar de saber que un día vamos a morir y ahí terminará todo, sin importar que seamos noruegos, holandeses o mexicanos.

Hasta ahora es algo que ni Facebook ni Twitter ni Instagram consiguen ofrecernos.

Twitter: @luisalfredops

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