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Manuel Lino / Los Intangibles.com

Los temores a las vacunas existen casi desde que éstas se inventaron, hace poco más de dos siglos, y desde antes, cuando se hacían las variolizaciones. La idea de inyectar en un ser humano, generalmente un niño, un derivado del mismo organismo puede ser temible, aun cuando esté demostrado que no puede provocar daño. 

Sin embargo, salvo en contadas excepciones, los temores de ahora casi nada tienen que ver con los de antes ni con lo que son las vacunas en realidad; más bien tienen que ver con un episodio relacionado con la mala comunicación de la ciencia, esa que ahora recibe el nombre de infodemia y cuyas afectaciones, al sumarse a las crisis sanitarias, la recrudecen.

El doctor Wakefield y mister Deer

En febrero de 1998, la prestigiosa revista especializada en medicina The Lancet publicó un “reporte temprano” de una investigación con el título “Hiperplasia nodular linfoide del íleon, colitis no específica y desorden pervasivo del desarrollo en niños”, en donde los autores, encabezados por Andrew Wakefield, trataban de establecer una correlación entre esos tres males con la aplicación de la vacuna triple viral en 12 casos. 

Muchos males, pocos casos no seleccionados al azar y una correlación dudosa hicieron que The Lancet acompañara la publicación con una editorial que invitaba a no confiar mucho en ella; pero el Royal Free Hospital, donde trabajaba Wakefield, organizó una conferencia de prensa para dar a conocer los resultados.

La conferencia ha sido el peor desastre de la comunicación de la ciencia, según Jeremy Laurance de The Independent. El hospital convocó a cinco especialistas en inmunología y virología para hacerle contrapeso a Wakefield; pero de nada sirvió, los reporteros se dejaron llevar por la historia de un “sabio solitario” que se oponía al “sistema” y publicaron que esa vacuna tal vez no era segura.

Tal vez el escándalo se hubiera quedado en el Reino Unido, pero Wakefield continuó su labor destructora. En el año 2000 hizo una gira de medios por Estados Unidos y llegó al influyente programa 60 minutes, donde el entrevistador, Ed Bradley, dejó pasar a Wakefield dos ideas peligrosas, que la “epidemia de autismo que estaba ocurriendo” era debida a la vacuna triple, sin pedir demostraciones de la epidemia ni de la causalidad, y sin fijarse en que ni siquiera todos los 12 casos reportados en el artículo original tenían un “desorden pervasivo del desarrollo” (o autismo) ni acordarse de preguntar por la colitis no específica o las hiperplasias nodulares linfoides del íleon. 

›El reportero Brian Deer, trabajando para The Sunday Times y Canal 4 encontró que todos los datos reportados por Wakefield en el artículo eran falsos o estaban alterados, que nadie había reproducido sus datos y sobre todo, que desde dos años antes de que se publicara el artículo en The Lancet, Wakefield había sido contratado para atacar a la vacuna triple viral por el abogado Richard Barr, quien esperaba presentar una demanda colectiva especulativa contra las compañías farmacéuticas que fabricaban la vacuna.

Por su “trabajo”, Wakefield le cobraba a Barr 150 libras esterlinas por hora (unos 7,100 pesos actuales), que provenían del fondo de asistencia legal del Reino Unido, que tenía la función de dar acceso a la justicia a las personas más pobres. 

12 casos tenía la publicación de Andrew Wakefield que ligaba la vacuna triple viral con hiperplasia nodular linfoide del íleon, colitis no específica y desorden pervasivo del desarrollo (autismo) en niños. Nadie había reproducido esos datos que, después se supo, eran falsos o habían sido alterados.

Las publicaciones de Deer en febrero de 2004 fueron un escándalo en Gran Bretaña, el artículo original se retractó y en 2010 se le retiró a Wakefield su licencia de médico. 

Pero la desconfianza en las vacunas estaba sembrada y para 2019  los casos de sarampión (la más contagiosa de las tres enfermedades contra las que protege la triple viral) se habían cuadruplicado a nivel mundial y cada vez hay más gente, sobre todo en los países desarrollados, que “no creen” en las vacunas o que creen que hacen daño. 

Ciertamente, en los países en desarrollo el movimiento antivacunas, aunque existe, aún no es tan fuerte. Pero tenemos nuestros propios problemas de infodemia que en esencia, se parecen a los que generó Wakefield.

El dato. Hace unos días, la película Vaxxed, de Andrew Wakefield, fue retirada del Festival de Cine de Tribeca por Robert De Niro, fundador del encuentro y quien tiene un hijo con autismo. Su decisión, después de consultar con científicos y productores, fue por considerar que no aportaba nada al debate.

El diablo en el cuerpo

No discutiremos aquí creencias como que las vacunas Covid tienen un chip, ni otras ideas equivalentes a creer que la Tierra es plana, pero sí en todas las que creen que entrañan algún peligro. 

Ejemplos de estas creencias peligrosas son: que la vacuna diseñada por AstraZeneca y la Universidad de Oxford puede generar coágulos que eventualmente podrían ser fatales; que las vacunas de ARN mensajero de Pfizer-BioNTech y Moderna pueden incorporarse al material genético de las personas o que las vacunas Covid en general se hicieron “demasiado rápido” y es posible que “algo esté mal” y que la gente puede morir por algo distinto al choque anafiláctico que en contadas ocasiones puede producir la inyección.

Las vacunas se probaron rigurosamente en decenas de miles de personas, se determinó que eran seguras y la información es pública, incluso en el caso de Sinovac, que no ha publicado sus resultados fase 3 pero se está aplicando bajo vigilancia en distintos países. 

Por otra parte, el enorme financiamiento que tuvieron de parte de los gobiernos, de las propias empresas farmacéuticas y de donantes privados, permitieron que las distintas fases de los ensayos clínicos y esquemas de producción ocurrieran en paralelo, pero ocurrieran. Así mientras, digamos, se medían anticuerpos, se estaban construyendo las plantas de producción. 

Es por eso que lo realmente sospechoso es que algunos países europeos hayan suspendido las inyecciones de la vacuna de AstraZeneca-Oxford por unos cuantos casos de coagulación, cuando el riesgo de muerte por Covid-19 es mucho mayor y bastaba con comparar con el número de casos de coagulación que se producían antes. Cuando la OMS hizo el cálculo resultó que hasta parece que el biológico tiene un efecto protector, pues proporcionalmente hay menos casos de coagulación entre los vacunados. Sin embargo, en Italia, Francia, España y Alemania ya cayó la confianza en la vacuna. 

537,303 niños participaron en un estudio en Dinamarca que no encontró relación alguna entre la aplicación de la vacuna triple y el riesgo de que los pequeños desarrollaran autismo. 

Y el problema no es solamente que caiga la confianza en esa vacuna en particular , sino que se ha demostrado que la exposición a este tipo de temores y teorías de la conspiración tiene efectos que van más allá del tema que se falsea.

Hace unos días, la revista Economic and Political Studies publicó un estudio en el que mostraba que “los sujetos que estuvieron expuestos a una teoría de la conspiración durante sólo tres minutos actuaron de manera diferente en un experimento conductual posterior que los sujetos del grupo de control”, dijo Loukas Balafoutas, profesor de economía experimental de la Universidad de Innsbruck y líder del estudio.

Así, bastaba ver un video sobre la supuesta falsedad del alunizaje de 1969 para que los sujetos fueran mucho más cautelosos en un juego de apuestas que quienes vieron un video sobre el programa del transbordador espacial.

La exposición a una teoría conspiratoria no fue suficiente para hacer que las personas desconfiaran en un juego similar, pero es difícil pensar que sucede lo mismo con una situación, como la Covid-19, de vida o muerte y que ya ha durado un año. 

80 por ciento es la protección que confiere durante al menos seis meses la infección del Covid-19 contra la reinfección, pero se reduce hasta el 47% para las personas mayores de 65 años.

La infección como vacuna

Quizá el mito más peligroso sea que la inmunidad de rebaño se puede alcanzar a fuerza de acumular infecciones. Sobre todo porque ha sido difundido por autoridades de salud en diversos países y ha sido la base de políticas públicas que han generado muertes prevenibles, empezando por Suecia pero con México incluido.

En Suecia, a pesar de que tanto el rey como el primer ministro, ante el elevado número de muertos admitieron en diciembre de 2020 que la estrategia había sido equivocada, el ministro de Salud, Anders Tegnell, ha insistido en que era correcta. 

Tegnell apostó a no hacer confinamientos, a tener camas suficientes en los hospitales y a confiar en la responsabilidad de la gente para adoptar las medidas sanitarias, entre las cuales, hasta diciembre de 2020, no estuvo el uso de cubrebocas en espacio públicos cerrados; pero sí, se hicieron muchas pruebas PCR y seguimiento de contactos.

No fue suficiente: Suecia ronda los 8 mil muertos por Covid-19, unas 20 veces más de los que tiene Noruega, los servicios de salud están al borde de la saturación y tienen una segunda ola de contagios ante cuya intensidad el propio Tegnell dijo estar sorprendido.

El concepto de inmunidad de rebaño es procedente cuando se habla de vacunación, no de infecciones. La evidencia empírica más clara proviene de Dinamarca donde, con base en pruebas PCR, un estudio logró definir que la infección de Covid-19 confiere protección de alrededor de 80% durante al menos seis meses, pero está se reduce hasta el 47% para las personas mayores de 65 años. Los autores concluyen que “se debe vacunar a las personas previamente infectadas porque no se puede confiar en la protección natural”.

6 a 20 veces más rápido se propagan las noticias falsas que las publicaciones confiables en las redes sociales.

En México, un tanto veladamente, se ha buscado la inmunidad por contagio desde un inicio, como cuando el subsecretario de Salud Hugo López Gatell dijo que era mejor que en la escuela se contagiaran 100 niños que uno. 

Apenas el viernes pasado, el funcionario incluso citó mal el estudio danés en la conferencia vespertina, y fue replicado en un comunicado oficial diciendo que el estudio “revela que la probabilidad de reinfección de SARS-CoV-2 es de 1%”.

Si bien es cierto que la cifra del 1% aparece en el estudio danés, lo hace en referencia a otros estudios realizados en el Reino Unido donde ese es el porcentaje de reinfecciones que se han detectado (con una muestra mucho más pequeña que el análisis del 69% de la población danesa con 10.6 millones de pruebas). 

›El resultado de los daneses es claro: si la protección con respecto al placebo es de alrededor del 80, el riesgo de reinfección es el restante 20%, que en el caso de los mayores de 65 años baja al 53 por ciento.

En este terreno, hay otra cifra engañosa. De acuerdo con un análisis hecho por el Instituto Nacional de Salud Pública, para octubre del año pasado, el 25% de la población tenía anticuerpos contra el virus SARS-CoV-2, lo que no necesariamente indica que esas personas estuvieron en contacto con el coronavirus y no indica que sean inmunes a él. 

Además, hay al menos dos estudios en Estados Unidos, país donde ha habido más contagios y muertes según los registros oficiales, que parecen contradecir el número mexicano. Uno de los estudios calcula que al 30 de septiembre apenas el 4.8% de la población (15.9 millones de personas) habían sido infectadas pero resultaron asintomáticas, y el otro estudio calcula una proporción de infectados de uno de cada ocho estadounidenses (el 15%) tenía anticuerpos Covid en octubre de 2020. 

Además, el viernes 19 se publicó  otro estudio donde, al contar la cantidad de anticuerpos neutralizantes contra SARS-CoV que tienen los pacientes que han estado infectados, este resulta ser más de 10 veces superior al conteo que tienen las personas vacunadas.

Un tercer riesgo de confiar en las infecciones como si fueran vacunas es la aparición de variantes de preocupación que, como en los casos de las detectadas en Brasil (P.1 y P.2) y Sudáfrica (B.1.351) logren evadir la inmunidad previa, sea ésta por infección o vacuna. 

Hay vacuna contra la infodemia. En México, a principios de la pandemia, muchos ciudadanos y universidades pusieron ejemplo e iniciaron el confinamiento antes de que lo pidiera el gobierno federal. Debemos seguir así, sin confrontar, sino explicando y tratando de convencer.

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