Hoy recuerdo un pasaje de Los Simpson en donde Bart platica con Lionel Hutz, el abogado farsante del programa. En ese capítulo, Bart comenta a Hutz que, cuando sea grande, quiere ser abogado como él. Hutz celebra y le contesta, con su característico cinismo: “¡Muy bien hijo, por que lo que este mundo necesita… son más abogados!”. Y remata: “¿te imaginas un mundo sin abogados?”, imaginándose al pueblo de Springfield tomado de la mano en una loma mientras canta, haciendo una rondalla bajo un sol que sonríe felizmente.
La broma funciona porque hace una breve y sutil alusión a un prejuicio que la gente tiene de los abogados, a causa de la mala práctica. Una que ha sido tan recurrente y dañina que ha terminado por formar un patrón observable en diversas sociedades, susceptible de ser usado como estereotipo para la comedia. Más específicamente, para el humor negro que, mediante la figura de Hutz, realiza una crítica implícita que rechaza a quien se dice abogado pero, en realidad, traiciona todo lo que la profesión representa.
Así pues, de manera breve pero contundente, el pasaje denuncia a quien se sirve a sí mismo en lugar de servir éticamente la confianza que le ha sido depositada por sus clientes. A quien crea problemas deliberadamente en lugar de prevenirlos o resolverlos. A quien engaña a su cliente para llenarse los bolsillos. A quien echa bajo el autobús a sus pares, incluso inmerecidamente, con tal de obtener aplauso y posicionamiento económico y social. A quien aceita el aparato de justicia para que, en lugar de dirimir el conflicto imparcialmente, sofoque a la contraparte, y obtener así poder de negociación. A quien utiliza la ley para venganzas personales, eludir responsabilidad, amedrentar y aplastar.
En definitiva, el pasaje denuncia que no necesitamos más farsantes. Pero ojo aquí: creo que sí necesitamos más abogacía. De hecho, nos urge más abogacía: profesionistas que no pierdan de vista que el ejercicio del derecho es la puesta en práctica de la noción de “Rule of law”, ese concepto que a la mayoría suena lejano y vacío pero que es toral, no solo para quienes ejercemos, sino para todos los gobernados, pues busca una sociedad desprovista de la ley del más fuerte, del capricho y de la arbitrariedad. Profesionistas conscientes de que velamos por los intereses del cliente, sí, pero que, al hacerlo, también robustecemos la cultura de la legalidad y de la correcta impartición de justicia. Y, sobre todo, practicantes que ejerzan bajo la premisa de que estamos en presencia de relaciones fiduciarias, esto es, basadas en la confianza que los demás depositan en nosotros. Una confianza que es preciso honrar y defender.
Hoy se conmemora el día de la abogacía en México. Un día que, mas allá de las críticas a sus orígenes por decreto, constituye un buen pretexto para echar luz, aunque sea en términos generales, a lo que es y no es la profesión. Para distinguir entre abogacía y charlatanería y para recordarle a usted, querido lector, que a sus abogados les aplican estándares precisos que puede exigir al contratarlo (¿actuará mi abogado como lo haría una persona prudente, previsora, cuidadosa y sensata en un asunto y contexto como este? ¿defenderá el abogado que contrate mis intereses con la misma prudencia, diligencia, ética y lealtad con la que un colega se conduciría en situaciones similares?). Y, en definitiva, para hacer consciencia de que la profesión implica tomar el caos en nuestras manos… y volverlo orden.