Hace unos días vi una imagen que parecía sacada de una historia infantil: una mamá, un niño y un pato, los tres caminaban juntos. La escena genera una sonrisa inmediata, pero detrás de esa fotografía hay algo más profundo que una imagen curiosa para redes sociales.
La madre sale a trabajar todos los días para sostener a su familia; entre semana lo hace sola, porque además de generar ingresos tiene una responsabilidad que nunca termina: la crianza de su hijo. Como ocurre en miles de hogares mexicanos, debe organizar su tiempo entre el trabajo, la escuela, los cuidados y las obligaciones cotidianas. El niño (como lo afirma la madre) únicamente la acompaña cuando no tiene clases, pues la educación y el desarrollo del menor siguen siendo una prioridad, y junto a ellos suele estar un tercer integrante de la familia: un pato, llamado Merlín.
Precisamente en días pasados, el Estado de México dio un paso importante al incorporar en su Código Civil el reconocimiento de las llamadas familias multiespecie. La reforma ha generado comentarios de todo tipo, algunos la celebran, otros la consideran exagerada, algunos la toman con humor.
Hubo una época en que únicamente se reconocían como familias a aquellas formadas por un hombre, una mujer y sus hijos dentro del matrimonio. Luego, se comprendió que la realidad era más compleja; se reconocieron las familias mono parentales, las reconstruidas, las ensambladas, las formadas por abuelos y nietos, las derivadas del concubinato y, posteriormente, las familias integradas por parejas del mismo sexo.
En cada uno de esos momentos hubo resistencia. Siempre existió quien afirmaba que la familia tenía una sola forma posible, y la realidad terminó demostrando lo contrario.
Ahora la discusión llega a otro terreno, millones de personas en México conviven diariamente con animales que forman parte de su vida afectiva. Hay perros, gatos, aves, conejos y muchas otras especies que ocupan un lugar especial dentro de los hogares, no son simples objetos, ni son muebles que pueden sustituirse por otros. Estos animales son seres sintientes que reciben cuidados, atención y afecto, es ahí donde el pato de esta historia adquiere relevancia.
No porque sustituya el papel de una persona, ni porque la ley pretenda equipararlo a un hijo. El verdadero valor simbólico del pato radica en que nos obliga a mirar una realidad que ya existe. Nos recuerda que los vínculos familiares no se construyen únicamente mediante documentos, actas o formalidades jurídicas, también se construyen a través del cuidado cotidiano.
Y sí hay una palabra que define esta historia es precisamente esa: cuidado. La madre cuida a su hijo mientras trabaja para sostener el hogar. Ella organiza sus actividades alrededor de los horarios escolares. Ella sale sola a vender durante la semana porque sabe que la crianza implica responsabilidades que no pueden delegarse fácilmente.
Cuando el niño la acompaña, lo hace únicamente en aquellos momentos en que sus actividades académicas lo permiten, pero el cuidado no termina ahí.
El cuidado también existe hacia ese pato que forma parte de la dinámica familiar. A Merlín se le alimenta, se le protege y se le integra a la vida cotidiana de la familia. Quien ha convivido con un animal (con un ser sintiente) sabe que estos vínculos no se generan por obligación, sino por afecto.
Quizá el mayor mérito de esta reforma sea recordarnos algo que la vida cotidiana sabe desde hace mucho tiempo: las familias son mucho más amplias, diversas y complejas de lo que alcanzan a describir los códigos.
Por eso, la imagen de - mamá + niño + pato - describe claramente al Derecho Familiar contemporáneo. Ahí está una madre que trabaja para sostener su hogar y que entre semana sale sola a vender porque también es responsable de la crianza. Ahí está un hijo que estudia y que la acompaña únicamente cuando no tiene clases. Y ahí está un pato que forma parte de afectos, rutinas y de la historia de su familia.
Algunos verán un pato, otros veremos una transformación social muy importante, porque las familias no se explican por apariencias; se explican por responsabilidad, afecto y solidaridad.
El amor familiar nunca ha entendido de especies. Un aplauso para Karla, Cristhian y su maravilloso pato. La transformación del Derecho Familiar contiene componentes insospechados, como lo ha demostrado Merlín.