Italia y la libertad de elegir

23 de Septiembre de 2026

Italia y la libertad de elegir

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Yazmin Jalil

¿Quién tiene derecho a decidir cómo debe vestirse una mujer: su familia, su religión, el Estado o ella misma?

Esa es, en el fondo, la pregunta que está detrás del debate que hoy atraviesa Italia. Y quizá por eso este tema me toca especialmente: Italia no es un país cualquiera para mí. Es un lugar que quiero profundamente y que conozco desde una experiencia personal.

Una de las etapas más bonitas de mi vida fue cuando viví en Roma. Amo Italia: su arquitectura, su comida, sus paisajes, sus tradiciones y, sobre todo, su gente.

Los italianos suelen ser apasionados, familiares, arraigados a su casa, a su mesa y a sus costumbres. Quizá por eso, siendo mexicana, me sentía tan en casa. Entendemos perfectamente esa necesidad de conservar lo nuestro, transmitirlo a los hijos y defender aquello que forma parte de nuestra identidad.

Pero ese arraigo también puede tener otra cara: cuando una sociedad está profundamente apegada a sus costumbres, abrir espacio para quienes llegan de fuera puede convertirse en un desafío.

Y eso es justamente lo que hoy discute Italia.

El gobierno de Giorgia Meloni prepara medidas relacionadas con la integración de estudiantes extranjeros, entre ellas, prohibir el uso del burka y el niqab en las escuelas, limitar la concentración de alumnos extranjeros en determinados salones y exigir a algunos padres que aprendan italiano cuando enfrentan dificultades de integración. No se trata todavía de una ley aprobada; el proceso legislativo continúa.

La discusión, por eso, va mucho más allá de una prenda. Italia está intentando responder una pregunta complicada: ¿cómo integrar a quienes llegan sin sentir que el país pierde su identidad?

Y no es un debate exclusivamente italiano. La inmigración está entre las principales preocupaciones de los europeos. Al mismo tiempo, Italia enfrenta una realidad demográfica contundente: nacen menos personas de las que mueren y la inmigración se ha convertido en un componente importante para compensar esa pérdida de población.
Italia necesita inmigración. Y necesita, al mismo tiempo, integración. Hasta ahí, podemos entender el debate.

Pero cuando hablamos de cómo debe vestirse una mujer, entramos en un terreno mucho más delicado: el de la libertad individual.

No voy a romantizar el burka. Hay contextos en los que cubrir completamente el cuerpo y el rostro forma parte de sistemas de sometimiento. Mujeres a quienes se les impone cómo vestir, dónde ir, con quién hablar y qué pueden hacer. Eso no es libertad.

Y cuando hablamos de niñas, el asunto es todavía más sensible. Una menor obligada a cubrirse merece protección, independientemente de que esa imposición se justifique en nombre de una tradición, una familia o una religión.

Pero también he conocido mujeres adultas que aseguran cubrirse por decisión propia.
Cuando fui a Qatar, entrevisté en una playa a una mujer que llevaba un burquini y estaba completamente cubierta. Su esposo, a lo lejos, nos grababa emocionado al verla frente a las cámaras. Le pregunté si no tenía calor.

Me respondió que entendía perfectamente que, como mexicana, yo no comprendiera por qué se cubría. Pero no lo hacía porque su marido la obligara, sino porque ella creía que era lo correcto y que formaba parte de su manera de vivir su fe.

Y entonces me dijo algo que me dejó callada: ella tampoco entendía cómo en México permitíamos tantos casos de violaciones y feminicidios contra las mujeres.

En ese momento entendí algo importante: ella también estaba mirando mi cultura desde sus propios valores y no podía comprender algunas de nuestras realidades, así como yo no comprendía las suyas.

Yo no tenía que pensar como ella.Pero sí podía respetar que fuera diferente.
Para algunas mujeres, cubrirse no significa sentirse menos, sino expresar su fe, su identidad y su cultura. Son adultas que aseguran haberlo elegido libremente.

Y para muchas personas en Occidente, eso resulta difícil de comprender. Pero que algo nos resulte ajeno no significa automáticamente que sea opresión. Ahí es donde debemos tener muchísimo cuidado.

Podemos combatir la violencia contra las mujeres sin convertir toda expresión religiosa que no comprendemos en violencia. Podemos defender la igualdad sin asumir que toda mujer que lleva un velo integral es una víctima. Y podemos defender la libertad religiosa sin cerrar los ojos ante los casos en los que una tradición es utilizada para imponerles algo a las mujeres.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente: ¿burka sí o burka no? La pregunta debería ser: ¿quién decide?

Si una niña es obligada a cubrirse, el Estado tiene una responsabilidad de protegerla. Pero si una mujer adulta decide cubrirse libremente, ¿puede el Estado obligarla a descubrirse?
Podemos cuestionar una tradición. Podemos combatir una imposición. Podemos defender la igualdad. Pero nunca deberíamos confundir proteger a una mujer con decidir por ella.

Porque la libertad de una mujer no debería medirse por si se tapa o se destapa, sino por algo mucho más profundo:

si tuvo la posibilidad de elegir.