A la salida del Metro Mixcoac, una marea humana emerge del subterráneo con la fatiga del día. La noche se acumula como hollín sobre el asfalto.
Al borde de la banqueta, una Combi Volkswagen de verde gastado abre las puertas y muestra su mercancía. Donde hubo vinil y tubos para sujetarse, ahora hay anaqueles de madera. Conchas, cuernitos y donas conservan el olor de la mantequilla. El aroma combate con la gasolina, el polvo y el aire viciado.
A esa hora todos llevan prisa. Hay que alcanzar el siguiente camión, llegar a casa, cenar y dormir para comenzar de nuevo. Dos o tres piezas, unas monedas, la bolsa transparente y otra vez la marcha.
La camioneta permanece entre las carrocerías recientes como un resto de otra época. Sobrevivió al reemplazo del parque vehicular y encontró, en la venta de pan, una manera de seguir circulando.
Hubo un tiempo en que estas camionetas de motor trasero no eran puestos ambulantes. Fueron parte de la red que sostuvo a una capital desbordada por su propio crecimiento.
A finales de los setenta y durante los ochenta, el Departamento del Distrito Federal modificó la ciudad con excavadoras, demoliciones y asfalto. Las calles de doble circulación fueron cortadas para dar paso a los Ejes Viales: avenidas de un solo sentido. Los primeros tramos se inauguraron en 1979; en noviembre del año siguiente se añadieron casi cien kilómetros.
Los nombres también cambiaron. Un tramo de la antigua calle de San Juan de Letrán quedó incorporado al Eje Central Lázaro Cárdenas. Otras calles perdieron el nombre de un prócer y recibieron números y puntos cardinales: 3 Oriente, 7 Sur, 1 Norte. La ciudad modificó su trazado y su manera de ser nombrada.
Por esos corredores circulaban las combis verdes. Su verdadera utilidad estaba en los bordes, donde el pavimento terminaba antes que las casas. Entraban en calles estrechas, alcanzaban colonias que olían a tierra mojada y avanzaban hasta donde el camino dejaba de ser camino.
Había ramales que no figuraban en ningún mapa. Existían en la memoria del chofer y en la necesidad de quienes vivían al final de la ruta.
Dentro de la combi cabían seis personas, aunque viajaban ocho o nueve. Iban obreros, estudiantes, señoras con bolsas del mercado y niños uniformados que regresaban a casa con un refresco en una bolsa de plástico y un popote.
La radio no se apagaba. Emmanuel, José José o Flans sonaban en una bocina gastada mientras la unidad avanzaba entre anuncios de neón, puestos de fruta y multifamiliares levantados donde antes había terrenos vacíos.
El pasaje se cobraba en el acto. Las monedas pasaban de mano en mano hasta llegar al conductor. El cambio regresaba por el mismo camino. Nadie necesitaba explicar el procedimiento. La ciudad había aprendido a funcionar así.
Para bajar bastaba un grito en la esquina. Para cerrar la puerta, el chofer jalaba la cuerda atada al marco. La lámina golpeaba contra el bastidor y la unidad volvía a ponerse en marcha. Solo una cuerda, una mano y la costumbre de no detenerse.
Las combis llevaron trabajadores, estudiantes, madres con niños y vecinos de barrios que apenas levantaban sus casas. Llegaron a colonias del poniente, como El Olivar del Conde, cuando la ciudad crecía más rápido que sus rutas.
Después llegaron los microbuses, más grandes y capaces de transportar a más pasajeros. Las rutas se rediseñaron y algunos ramales desaparecieron. Muchas combis fueron a los depósitos de chatarra; otras repartieron garrafones, llevaron productos de limpieza o se volvieron puestos de tianguis.
Esta de Mixcoac eligió la panadería.
El hombre que la atiende habla poco. Acomoda las charolas, recoge las bolsas y asegura los anaqueles. Luego enciende el motor: un sonido ronco, irregular.
No va hacia una terminal. Busca otra esquina donde todavía pueda vender las piezas que le quedan antes de terminar la jornada.
Cuando acelera y deja una nube de humo detrás, parece posible imaginar el pasado: las monedas de mano en mano, una canción de los ochenta y la combi avanzando por el Eje 7 Sur, Félix Cuevas, hacia un destino que ya no figura en sus puertas.
Pero no hay regreso. La ciudad que necesitó aquellas unidades ya no depende de ellas. Permanecen en sus orillas como objetos cuyo uso se ha olvidado, aunque su forma todavía dice algo.
Al día siguiente, el Metro volverá a vaciarse. La gente saldrá con el cansancio de siempre. La camioneta verde estará en la esquina, con olor a mantequilla y motor fatigado.
Un padre señalará la carrocería y le dirá a su hijo:
—Mira. Éstas salían de aquí para Puerta Grande. Ya quedan pocas.
La ciudad seguirá avanzando. La combi también, por un camino secundario, con pan y una parte de la ciudad perdida.