Mientras millones de mexicanos seguían el Mundial y el país respiraba fútbol, en los cuartos de guerra de los partidos políticos se jugaba otro torneo. Uno mucho menos vistoso, pero infinitamente más trascendente. No hubo estadios llenos ni transmisiones en horario estelar. Hubo reuniones privadas, registros de aspirantes, mediciones demoscópicas, acuerdos discretos y cálculos de poder. Porque, aunque el calendario diga otra cosa, la elección intermedia de 2027 ya comenzó.
La política mexicana dejó de respetar los tiempos electorales hace años. Hoy las campañas no duran 90 días; duran prácticamente todo el sexenio. Gobernar y competir se han convertido en actividades paralelas. Quien espera el arranque formal del proceso electoral simplemente llega tarde.
Los números explican por qué. En 2027 estarán en juego las 500 diputaciones federales, 17 gubernaturas, cientos de presidencias municipales, congresos locales y diversos cargos públicos. Se trata de la elección intermedia más importante del sexenio de la presidenta Claudia Sheinbaum. Su resultado definirá si el oficialismo consolida su proyecto político o si comienza el inevitable desgaste que históricamente acompaña a todo gobierno federal.
Morena lo sabe. Por eso ni siquiera esperó a que terminara el Mundial para mover sus piezas. El partido recibió un número inédito de 277 registros de aspirantes para las 17 gubernaturas que estarán en disputa. La cifra, por sí sola, habla de dos fenómenos: el enorme atractivo que representa competir bajo la marca oficialista y, al mismo tiempo, el riesgo de que la principal oposición de Morena termine siendo Morena misma.
La disputa interna ya no es ideológica. Es territorial. Senadores, diputados, alcaldes, secretarios estatales y exfuncionarios comenzaron una carrera silenciosa por construir estructuras antes de que inicie formalmente el proceso. Las reglas anunciadas por la dirigencia (filtros éticos, prohibiciones al nepotismo y selección mediante encuestas) buscan contener fracturas, pero difícilmente eliminarán las tensiones propias de un partido que concentra buena parte del poder político nacional.
Del otro lado tampoco hay inmovilidad. El PAN enfrenta el reto de redefinir su estrategia electoral tras los resultados de 2024 y la reconfiguración de las alianzas opositoras, mientras busca recuperar competitividad en entidades clave.
Su nueva estrategia consiste en redefinir identidad antes que candidaturas. El mensaje es claro: primero recuperar una narrativa, después aspirar a recuperar gobiernos.
El PRI, al que muchos dieron por políticamente extinto hace apenas unos años, encontró en Coahuila una bocanada de oxígeno. En la única elección estatal celebrada en 2026, la coalición encabezada por el tricolor obtuvo alrededor del 55% de la votación y ganó los 16 distritos de mayoría para renovar el Congreso local, preservando uno de sus últimos bastiones históricos
Movimiento Ciudadano, mientras tanto, mantiene su apuesta por consolidarse como una tercera vía, aunque persiste el debate sobre si competir solo o explorar alianzas en estados donde la suma opositora podría resultar competitiva.
A ese tablero se suma un ingrediente adicional: el Instituto Nacional Electoral autorizó recientemente el registro de dos nuevos partidos políticos que participarán por primera vez en 2027: Somos México y PAZ. Es probable que ninguno altere por sí solo el equilibrio nacional, pero en elecciones cerradas cada punto porcentual puede inclinar una gubernatura o modificar la integración de la Cámara de Diputados.
¿Qué clase de campañas veremos? Si los gobiernos dedican buena parte de su energía en construir candidaturas, inevitablemente disminuye el tiempo destinado a resolver los problemas cotidianos.
La política tiene una regla que nunca cambia: quien mueve primero las piezas obliga a los demás a reaccionar. Eso está ocurriendo hoy en México. Mientras la mayoría cree que aún falta un año para las elecciones, los partidos ya libran la batalla decisiva. Cuando llegue el arranque formal de las campañas, buena parte de la historia ya estará escrita.