Este febrero, el álbum Yanga, de la mexicana Gabriela Ortiz, con la Filarmónica de Los Ángeles, el Ensamble Tambuco y bajo la batuta de Dudamel, rompió con fuerza en los Grammy. Ganó “mejor compendio clásico”, “mejor interpretación coral” y “mejor composición clásica” (este último por la obra Ortiz Dzonot). Merecidísimo.
Sin duda hay que oír esta obra que está accesible en línea. Es contundente en potencia, ritmos e innovaciones sonoras para llegar a las mismísimas colinas veracruzanas y descubrir al esclavo Yanga. También hay que admirar el diseño del álbum como objeto palpable. Esto me conmueve aún más porque en 2024 tuve el gusto de hablar ante líderes de la UNESCO y la Unión Africana, para proponer la inclusión de Gaspar Yanga como uno de los videojuegos —sí, videojuegos—, en su estrategia “African Heroes”.
La UNESCO lanzó varios juegos de contenido histórico para promover su Historia General de África y propiciar un mejor conocimiento del continente (algo en lo que se involucró otra mexicana, Gabriela Ramos, subsecretaria de la organización). El proyecto eleva figuras como Soundiata Keïta (fundadora del Imperio de Malí), la reina Nzinga, Shaka Zulu y los guerreros Agojie. También incluye a Louverture, figura haitiana y al brasileño Zumbi. Entonces ¿por qué no también Gaspar Yanga, el mexicano, primer luchador antiesclavista de toda América?
Por otra parte, desde 2018, el dramaturgo Jaime Chabaud escribió la obra de teatro Yanga, que incluso se representó el año pasado en Dallas con el Cara Mía Theatre. Su pluma se compromete con esa psique libertadora, amorosa, ideal, a la par de una dura descripción del esclavismo con genuinos sablazos en la voz de sus personajes y corifeos. Una parte sensible de la historia de Yanga está ahí; más aún está en Niaaba la pareja de Yanga. Es una esclava yoruba, símbolo maternal que permite conectar con nuestro tiempo. También he propuesto que la Unión Africana y la UNESCO, apoyen la representación de Yanga en suelo africano; esperanza que no muere.
Tengo el privilegio de ser amigo de Gabriela y Jaime, los admiro profundamente. Si sumo el libro del antropólogo veracruzano Alfredo Delgado El costo de la libertad (INAH, 2023), no sería difícil decir que Yanga, figura antes olvidada, ha resurgido. Lo ha hecho con la claridad que nos ofrece Delgado para entender que era parte de movimientos cimarrones en Veracruz que, durante la temprana Colonia, motivaron flujos de fugitivos hacia zonas con mejor trato.
Yanga abre la tierra cuando, en la música de Gabriela Ortiz, suenan el batá, los güiros africanos, el sẹ̀kẹ̀rẹ̀, y la cabasa que echaron raíces en América Latina; cuando entran los versos de otro dramaturgo, Santiago Martín Bermúdez y cuando el coro incorpora cantos congoleses que producen enlaces inesperados. Curiosamente, la obra de Jaime Chabaud usa también la música clásica y en un momento escuchamos la tercera sinfonía de Bruckner como guiño cáustico. Yanga, en fin, levanta su mano en rebeldía contra el olvido en voz del personaje sacerdote de Chabaud, Fray Lorenzo, quien nos recuerda que el negro cuando muere “como presa de caza, no es más que historia no vista”.
Y a todo esto, ¿quién fue Yanga? Mucho está dicho; difícil añadir algo fuera de que probablemente nació en 1545 en Gabón; fue esclavizado en la plantación de caña de azúcar de Nuestra Señora de la Concepción. Lideró una fuga exitosa hasta crear un asentamiento en tierras altas, una comunidad independiente. Fue invencible y las autoridades españolas tuvieron que negociar. Parece que Yanga logró concretar un acuerdo hacia 1618, real a partir 1631, creando San Lorenzo de los Negros, hoy nombrado justamente “Yanga”. Ahí hubo autogobierno negro con cierto tributo a la corona española. Fue así el punto cumbre de resistencia y libertad africana en América, mucho antes de la independencia de Haití.
Gabriela, heredera de los folkloristas y Jaime, casado con la maravillosa y aguerrida Marisol Castillo (la mejor voz para hablar de mujer y afrodescendencia), tienen todas las herramientas para escarbar hacia las raíces de México y su negritud, y hacernos entender que no importa tanto quién fue Yanga, sino que todavía es y que está fuerte y vivo en sus obras, aquí y con nosotros.