Andy decidió escribirle al presidente de Estados Unidos porque le cancelaron la visa. No como ciudadano inconforme, sino como si fuera una autoridad mexicana con facultades para exigir cuentas a Washington. Insultó a funcionarios estadounidenses, acusó a Marco Rubio y Christopher Landau de comportarse “al estilo Hitler”, los llamó “jefes de pandillas” y hasta sugirió que Trump debería preguntarse si tendría que destituirlos.
Todo esto lo escribió un hombre que no ocupa un solo cargo en el gobierno mexicano.
Andy no es canciller, no es senador, no es diputado, no es embajador. Ni siquiera tiene todavía un cargo de elección popular. Es un dirigente de Morena que dejó la Secretaría de Organización para buscar una diputación federal por Tabasco en 2027. Su mayor credencial política sigue siendo ser hijo de Andrés Manuel López Obrador.
Y ahí está el tamaño del ridículo.
Porque Andy parece haber confundido el parentesco con la investidura. Se comporta como si haber heredado el apellido de su padre significara haber heredado también su autoridad política.
No funciona así.
La realidad es bastante menos épica. Andy dejó la Secretaría de Organización de Morena el 25 de mayo para buscar una diputación federal por Tabasco. Hasta hoy no ha ganado una elección de mayoría ni ocupa un cargo obtenido en las urnas. Su carrera se ha construido dentro de la estructura de Morena.
En Coahuila tampoco hay una victoria que presumir. Participó durante meses en la operación territorial de Morena y renunció 13 días antes de los comicios. El 7 de junio, Morena y el PT perdieron los 16 distritos de mayoría. No logró convertir la maquinaria partidista en una victoria.
Ese es el expediente político reciente de Andy. No una elección ganada, no un cargo conseguido en las urnas, no una operación electoral para presumir. Y desde esa posición decidió escribirle a Trump como si fuera un estadista.
La desproporción sería cómica si no revelara una vieja práctica política mexicana, convertir el apellido en una credencial de poder.
Andy intenta construir una carrera propia, pero cada paso suyo ocurre bajo la sombra de su padre. Su primera candidatura sería en Tabasco, por el Distrito VI. Ahí tendrá que demostrar que puede obtener votos por su nombre y no únicamente por la marca política de su familia.
Tampoco ayuda la estela de cuestionamientos alrededor de sus amigos. Jorge Amílcar Olán, identificado públicamente como amigo cercano de Andy, estuvo vinculado a contratos millonarios de Quintana Roo, incluido uno por más de 304 millones de pesos para medicamentos y material de curación. Hubo denuncias y cuestionamientos públicos, pero no una condena contra Andy.
Lo grotesco de su misiva es que se presenta como víctima de una persecución política sin haber demostrado todavía que puede construir una carrera sin el apellido López Obrador.
Andy asegura que no le interesa volver a Estados Unidos, describe al país como un lugar dominado por odio, racismo y drogas y, al mismo tiempo, reclama a su presidente haberle quitado el privilegio de entrar.
Es berrinche con membrete político.
La visa era personal. La carta quiso convertirla en asunto de Estado. México no le dio esa representación y los mexicanos tampoco lo eligieron para hablar en su nombre.
Su padre construyó una carrera política durante décadas. Puede ser de nuestro agrado o no.
Andy heredó una plataforma.
Todavía le falta demostrar que puede convertirla en poder propio.
Mientras tanto, debería empezar por algo más sencillo que escribirle a Trump.
Ganar una elección sin que su apellido sea el candidato.