Antes que campeón del mundo, padre

29 de Julio de 2026

Antes que campeón del mundo, padre

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Rosalinda De León Zamora.

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Foto: EjeCentral

Hay fotografías que recorren el mundo entero. La de Marc Cucurella con su rizada cabellera levantando la Copa del Mundo con España es una de ellas. Millones de personas vieron al futbolista y figura de la selección española celebrar el momento más importante de su carrera: el sueño que cualquier niño o niña imagina cuando empieza a jugar futbol.

Sin embargo, existe otra imagen que difícilmente aparecerá en las portadas: la de un padre acompañando a su hijo en un proceso que está transformando la vida de su familia.

Ese Marc Cucurella es mucho menos conocido y, probablemente, sea el más admirable.

Hace algunos años, Marc Cucurella y su esposa comenzaron a notar que el desarrollo de uno de sus hijos era diferente al de otros niños de su edad. No respondía a su nombre, evitaba el contacto visual y todavía no hablaba. Con el tiempo, llegó el diagnóstico de trastorno del espectro autista.

A partir de ese momento, la vida cambió por completo. Las terapias, la búsqueda de especialistas y la elección de una escuela adecuada dejaron de ser una preocupación más para convertirse en la prioridad de la familia.

Esa experiencia también transformó la manera en que Marc Cucurella entiende el éxito profesional. En una entrevista reciente reveló que, cuando un club muestra interés en ficharlo, una de las primeras cosas que él y su familia investigan no es el estadio, el contrato o la ciudad, sino si ese lugar ofrecerá las condiciones necesarias para que su hijo continúe con su desarrollo.

Después resumió esa forma de ver la vida con una reflexión que vale tanto para un campeón del mundo como para cualquier madre o padre: “Tener a tu familia feliz te ayuda a ti también a estar feliz. Una vez que tienes eso, ya te puedes centrar en tu trabajo, en hacer bien tus cosas y en disfrutar también la experiencia”.

Quizá ahí se encuentre una de las lecciones más valiosas de esta historia.

Durante años nos enseñaron que el éxito consistía en llegar cada vez más alto: un mejor sueldo, un mejor puesto, un mayor reconocimiento. Bajo esa lógica, la vida familiar debía adaptarse a las exigencias del trabajo.

En cambio, Marc Cucurella parece haber invertido el orden. Antes de pensar en el siguiente contrato, piensa en su familia; antes de valorar un nuevo destino profesional, se pregunta si ese lugar ofrecerá las condiciones que necesita su hijo. Su prioridad no comienza en el estadio; comienza en casa.

Esa decisión no lo hace menos competitivo ni menos ambicioso. Lo que revela es una escala distinta de prioridades. El éxito profesional sigue siendo importante, aunque ha dejado de ocupar el primer lugar.

Tal vez por eso su historia trasciende, porque muchos padres y madres toman decisiones parecidas todos los días.

Algunos rechazan un ascenso porque implicaría pasar menos tiempo con sus hijos. Otros cambian de ciudad buscando una mejor atención médica, una escuela incluyente o un entorno donde su familia pueda vivir con mayor tranquilidad. Hay quienes reorganizan sus horarios, aplazan proyectos personales o renuncian a mejores ingresos porque entendieron que existen momentos en la vida que no vuelven.

Desde fuera, algunos podrían pensar que esas decisiones significan renunciar al éxito. En realidad, representan una forma distinta de entenderlo, porque el verdadero éxito pierde sentido cuando se alcanza dejando atrás a quienes más amamos.

El trabajo es indispensable. Gracias a él sostenemos a nuestras familias, construimos un patrimonio y abrimos oportunidades para nuestros hijos. Aun así, debe estar al servicio de la familia; la familia nunca debería estar al servicio del trabajo.

La historia de Marc Cucurella demuestra que ambas dimensiones no tienen por qué enfrentarse. El mundo seguirá recordándolo por la fotografía en la que levantó la Copa del Mundo, una imagen que quedará en la historia del futbol.

Existe, sin embargo, otra imagen que quizá nunca veremos: la de un padre esperando a su hijo al salir de terapia, celebrando un pequeño avance, buscando la mejor escuela para él y tomando decisiones profesionales pensando primero en el bienestar de su esposa y de sus hijos.

Esa imagen no ocupará la portada de un periódico ni dará la vuelta al mundo, aunque probablemente sea la que más orgullo le produzca.

Porque los campeonatos llenan vitrinas, y la familia llena la vida.