“Vamos a ir tras de ti”: el precio de informar

11 de Septiembre de 2026

“Vamos a ir tras de ti”: el precio de informar

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Pablo Reinah

Basta

Basta de periodistas que se van callando, uno tras otro, porque el miedo pesa más que la verdad.

En México, ejercer el periodismo es una actividad de alto riesgo. “Vamos a ir tras de ti” es la frase que todos hemos escuchado al menos una vez. No importa el tamaño del medio ni la ciudad. No importa si tienes un espacio nacional o local. El odio no distingue.

El caso reciente de Enrique Acevedo, amenazado abiertamente por un senador, es un recordatorio. Antes estuvo Ciro Gómez Leyva, que sobrevivió a las balas en 2022. Y antes y después están los nombres que casi nadie recuerda: el reportero de provincia que cubría extorsiones, la colega de un medio digital que denunció corrupción local, el fotógrafo que documentaba fosas. Todos amenazados. Muchos muertos. Casi ninguno con justicia.

Las cifras son brutales. Artículo 19 documenta cerca de 175 periodistas asesinados desde el año 2000 por posibles motivos ligados a su trabajo. La impunidad ronda el 98%. Cada investigación que se estanca, cada expediente que se archiva, es un mensaje claro: se puede amenazar, se puede matar, y casi nadie pagará.

Pero hay algo más peligroso que la amenaza misma: la falta de empatía. Mientras no protestemos todos, las amenazas seguirán. Solo el gremio unido —sin importar medio, ideología ni alcance— podrá detenerlas. Solo cuando cada amenaza se sienta como propia y cada silencio se convierta en grito colectivo, el poder y el crimen entenderán que ya no somos blancos fáciles.

Lo que duele no es solo la violencia. Es la normalización. Que un senador pueda escribir “vamos a ir tras de ti” y luego disculparse como si hubiera sido un error de tono. Que las investigaciones avancen a cuentagotas mientras los periodistas locales siguen trabajando con el miedo de no llegar a casa. Que el Estado, en todos sus niveles, no logre romper el círculo de impunidad que protege a quienes mandan callar.

Esta no es una columna más. Es un recordatorio de que cada amenaza y cada muerte sin resolver no solo apagan una voz: apagan el derecho de todos a saber. Mientras no haya resultados reales —no solo detenciones de sicarios, sino de quienes ordenan—, el mensaje seguirá siendo el mismo: informar puede costarte la vida.

Nosotros seguimos escribiendo porque el silencio es más caro. Y porque un país que no protege a quienes cuentan su historia termina por no tener historia que contar.