Esta semana se celebra el Día Internacional del Vehículo Eléctrico y, aunque la fecha suena muy bien para quienes estamos metidos en el mundo de los autos, la verdad es que tengo sentimientos encontrados. El tema es tan amplio y, al mismo tiempo, tan desigual, que me pregunto si realmente hay mucho que celebrar. Pero esos son sólo ”mis piensos”.
He tenido la oportunidad de manejar varios vehículos eléctricos y debo reconocer que algunos me han dejado con muy buen sabor de boca. Son silenciosos, rápidos, cómodos y tienen una forma de entregar la potencia que puede resultar adictiva. Además, cada vez hay más modelos y marcas que están apostando fuerte por esta tecnología. Hasta ahí, todo bien.
El problema comienza cuando dejamos las presentaciones de prensa, las pruebas de manejo, los lanzamientos espectaculares y las cifras que nos comparten las diferentes marcas, y me pongo en los zapatos del consumidor común. México todavía tiene mucho camino por recorrer. La infraestructura de carga sigue siendo insuficiente. En las grandes ciudades encontramos cada vez más cargadores, pero basta salir de las rutas principales para comenzar a preguntarnos dónde vamos a conectar el auto.
Y aquí aparece otro detalle importante: no todos viven en una casa con cochera. ¿Qué pasa con quien vive en un departamento? ¿Dónde carga su automóvil? ¿Qué sucede con quienes estacionan en la calle? ¿Y con aquellos que recorren largas distancias por trabajo? Para ellos, un vehículo eléctrico puede convertirse en una decisión mucho más complicada.
También está el precio. Es cierto que ya existen eléctricos más accesibles, pero todavía hay modelos que cuestan considerablemente más que un automóvil de gasolina con características similares. Y no todos los mexicanos pueden darse el lujo de pagar más por una tecnología que todavía requiere modificar algunos hábitos.
El tema de la batería no es menor. Hablamos mucho de autonomía, de aceleración y de tecnología, pero poco de lo que sucederá cuando la pila llegue al final de su vida útil. También habría que hablar de reciclaje, de los materiales utilizados para fabricarlas y de qué tan preparada está nuestra industria para enfrentar ese problema. Y hay una pregunta que tampoco debemos dejar de lado: ¿de dónde viene la electricidad con la que cargamos estos autos?
Porque si la energía utilizada para mover un vehículo eléctrico proviene de fuentes contaminantes, la historia no es tan sencilla como decir que estamos conduciendo un auto “limpio”. No quiero que se entienda mal. Estoy convencido de que el vehículo eléctrico es parte del futuro de la movilidad. Lo que no comparto es la idea de que sea la solución mágica para todos.
La transición debe ser ordenada, accesible y, sobre todo, realista. El consumidor necesita más opciones, mejores precios, una red de carga confiable y mucha información para tomar una decisión. Porque comprar un eléctrico sólo porque está de moda puede ser tan mala decisión como comprar cualquier auto sin saber para qué lo vamos a utilizar. Y aquí viene, una vez más, el lema de mi programa de radio ”Prueba de Manejo”: No hay coche malo, hay mala elección. Incluso cuando ese auto sea eléctrico.