Austeridad para.. ¿Todos?

4 de Septiembre de 2026

Austeridad para.. ¿Todos?

Pablo Reinah_WEB.jpg

Pablo Reinah

Predican austeridad republicana como si fuera evangelio. “No puede haber gobierno rico con pueblo pobre”, repiten. Pero cuando se mira de cerca a varios de los que se dicen de la 4T, lo que aparece son relojes de cientos de miles de pesos, casas de doce millones, hoteles de lujo en Japón y fiestas que cuestan lo que un mexicano promedio gana en años, o nunca. La regla parece clara: la austeridad es para los demás. Para ellos, no.

Tomemos casos recientes y documentados. El senador Gerardo Fernández Noroña, quien durante años criticó los excesos de los políticos, compró una casa en Tepoztlán valuada en unos 12 millones de pesos. Él dice que la paga a crédito y que no tiene obligación de ser austero en su vida personal. Mientras tanto, el discurso oficial sigue hablando de “justa medianía”.

Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente y dirigente de Morena, fue captado en un viaje a Tokio. Se hospedó en un hotel de lujo con un gasto reportado de alrededor de 177 mil pesos y una cena de unos 47 mil pesos. Él aseguró que todo lo pagó de su bolsillo y que usa aerolíneas comerciales. El contraste con el mensaje de vivir sin lujos es evidente.

La pareja de legisladores Sergio Gutiérrez Luna y Diana Karina Barreras ha sido fotografiada con relojes Hublot y Cartier, un anillo Tiffany valuado en más de un millón de pesos, y ropa de marcas como Louis Vuitton y Prada. Asistieron a una fiesta de Fórmula 1 donde el costo por persona rondaba los 8 mil 500 dólares. Ellos hablaron de “cortesías”. Sus salarios oficiales no alcanzan para explicar esos objetos.

Ricardo Monreal ha usado helicópteros privados para traslados, con costos estimados de 5 mil dólares por trayecto, y fue visto en un restaurante de un hotel de cinco estrellas en Madrid. En el Senado se mantuvo un salón de belleza para las legisladoras. Y hay reportes de uso de jets privados en giras de dirigencia.

Estos no son rumores aislados. Son hechos publicados por distintos medios a lo largo de 2025 y 2026. En casi todos los casos la respuesta es la misma: “lo pagué yo”, “es mi derecho”, “no confundamos austeridad personal con política pública”. El problema no es que alguien gaste su dinero. El problema es el doble discurso. Se exige al pueblo y a los adversarios un estándar que ellos mismos no están dispuestos a tener y menos a demostrar.

La austeridad se volvió un eslogan cómodo. Sirve para atacar al pasado y para justificar recortes, pero se afloja cuando toca el bolsillo o el estilo de vida de los cercanos. Mientras se habla de “pobreza franciscana”, aparecen bolsos de decenas de miles de pesos, casas en zonas exclusivas y viajes que la mayoría de los mexicanos solo ve en series de televisión.

No se trata de envidia. Se trata de coherencia. Un movimiento que llegó prometiendo terminar con los privilegios no puede normalizar que sus figuras vivan rodeadas de lujos mientras el discurso oficial sigue predicando lo contrario. Cuando la austeridad solo aplica a los bueyes del compadre, deja de ser principio y se convierte en teatro.

Al final, la gente no pide que los políticos vivan en la miseria. Pide que no mientan y que el sueldo que pagamos sea para favorecer a la ciudadanía, no a su estilo de vida. Que no usen la palabra “austeridad” como arma mientras disfrutan de lo que critican. Porque cuando el ejemplo viene de arriba y se contradice a sí mismo, la confianza se erosiona. Y sin confianza, cualquier transformación se queda en el discurso.